- Vieja, una vieja soy. Sí, más vieja que Matusalén.
¡Qué mierda hacerse viejos! Tendríamos que palmarla cuando empiezan los
achaques, morir felices y no alargar y alargar esta vida sin razón alguna.
Antes la gente se moría a tiempo, no como ahora. Ahí está mi padre, que fumó
todo lo que quiso y cuando empezaba a fallarle el fuelle enganchó una pulmonía
y se fue al hoyo; tan a gusto él.
Retrolicaba sin parar la señora Martina, recostada en
un sofá sin atender a la televisión, que emitía uno de esos seriales
venezolanos de tanta audiencia. Hermenegilda, sorda y ciega, no sabemos en qué
mundo se movía, pero desde luego no en el mismo que Martina. No le replicaba
nada, era su complemento ideal. Otros ancianos pululaban por la estancia, unos
con su taca-taca, otros apoyados en muletas, pero todos al fin y al cabo
renqueantes de los males que la vida y los años traen.
- Mira que bien lo hicieron mis padres, ¿eh? –volvía la
señora Marina con su tema preferido-. Él cascó a los sesenta, o ni eso, que me
parece que no los había cumplido. Ella, pobrecita mía, que Dios la tenga en su
gloria, qué perra era, los palos que nos pegaba, y a mi padre, un santo varón,
no lo dejaba ni a sol ni a sombra; lo que hacen los celos. A lo que iba, mi
madre murió con poco más de cincuenta. Bueno, pues aquí estoy yo…
¡Hermenegilda, Hermenegilda, que te duermes, leches, ni que hablara para las
paredes! …como iba diciendo, ochenta y ocho los que hice el mes pasado. Es una
locura; envejecer sin sentido no sirve para nada.
Se mira en el espejo y no se reconoce, ante esa cara
llena de arrugas, de piel ennegrecida, sembrada de lunares y manchas oscuras por
todas partes.
- ¿Desde cuando tengo yo esas ojeras? Ni hablar, esa
no soy yo. Alguna de estas víboras me engaña. Seguro que mi nuera malmete a las
enfermeras. O a lo mejor es mi hija, que es una pécora de cuidado. Se creerá la
muy zorra que con tenerme metida en esta residencia ya ha cumplido con sus
obligaciones como hija. Ella en su casita, que no la molesten, sola con su
maridito, un cretino el tío. Ya viste, Herme, cómo vino el otro día con un ramo
de flores. Va y me dice: toma mamá, para que las pongas en tu mesilla y así te
acuerdes de nosotros. Creerá que me puede comprar con unas flores que vete a
saber de donde las habrá sacado. ¿Te crees que las ha comprado? Ni hablar, ese
las ha robado. Con el dinero que tiene, nadando en la abundancia, con negocios por
todas partes. Si lo sabré yo que el otro día vinieron los parientes de ésta y
hablaban que le habían comprado un piso nuevo. No los vigilaba, no te lo creas
Herme, es que aquí todo se oye. ¿No ves que las paredes son más delgadas que el
papel de fumar?
Cuando estalló la guerra Martina acababa de cumplir
dieciocho años, por eso, a pesar de los acontecimientos, valía la pena vivir.
Pero todos los mozos se fueron al frente, los reclutaron a la fuerza, ni uno
solo quedó en el pueblo. Luego pasó lo que pasó, que no volvió ni la cuarta
parte de los que se fueron, y para colmo envejecidos y malhumorados. No había
quien hablara con ninguno, por eso se fue a buscar novio a otra parte.
- ¡Hermenegildaaaaa! ¿Me oyes? Te estaba diciendo que
el otro día vinieron a verme las hijas y yo no les hice ni caso, porque no se
lo merecen, están media vida sin aparecer y ahora que una es vieja se presentan
aquí; eso es porque quieren coger algo cuando me muera, pero están listas, no
les voy a dejar ni una perra, por abandonarme. Pero aquel muchacho, ¡ay, si lo
hubiera encontrado!; mira que lo busqué después que acabó la guerra, pero no
hubo manera de encontrarlo, ni vivo ni muerto. Se llamaba Ezequiel y me dijo
que era de un pueblo de cerca de Guadalajara. Yo pregunté por todos los pueblos
de la provincia, vi a muchos ezequieles, pero ninguno era el mío, es como si se
lo hubiera tragado la tierra.
- Señora Martina, tómese usted el prozac y el
tranxilium, venga mujer, que si no se lo toma se pone usted imposible.
- No me da la gana, me oyes, no me da la gana.
Vosotras lo que queréis es envenenarme, que os conozco, seguro que mis hijas
están detrás de esto.
- Pero señora Martina, le hemos dicho mil veces que
usted no tiene hijas; es soltera y no tiene familia, sabe de sobra que todos
murieron en la guerra, y de eso hace más de sesenta años.
- ¡Mentirosa, más que mentirosa!
- Está bien, haga usted lo que quiera.
- Naturalmente, faltaría más. No sé que iba diciendo,
me habéis hecho perder el hilo. ¡Ah, si, ya me acuerdo…que la guerra también
pasó por mi pueblo. Yo tenía veinte primaveras. ¡Qué guapa estaba! Entonces no
tenía arrugas ni manchas. Aquella sí que era una cara digna de ver y no esta
del espejo. Así se quedó prendado de mí el soldado, el Ezequiel. Era como un
ángel, pobrecito, qué bueno, qué cariñoso conmigo. La primera vez fue en el
pajar, en un abrir y cerrar de ojos: pasó lo que tenía que pasar. Luego no
teníamos ni tiempo, todo el que podía robarle a la Compañía era para mí.
Pero se fueron, se fueron todos, él también. No vino a despedirse, seguro que
no pudo, o le dio pena, o lo mandaron por delante sin avisarle al pobre. Porque
él me quería, lo sé, eso se veía en sus ojos cuando me miraba extasiado. ¿Y su
sonrisa? Me enamoré de él por su sonrisa: nada más ver su sonrisa comprendí que
no podría decirle que no a nada que me pidiera.
- Martina, a ti lo que te ocurrió es que te dejó
preñada el primero que pasó por tu pueblo y tus padres te mandaron a la capital
para que soltaras la criatura y la dejaras en la inclusa.
- ¡Maricona, puta, requeteputa! Eso es lo que eres,
Marciana. Lo que te pasa es que te da envidia no haber tenido un hombre como el
que yo tuve.
- Un mes que tuviste al hombre ese y parece que fuera
toda la vida
- Mejor es un mes, que no haber tenido a nadie en toda
tu vida, como te pasa a ti, que eres un marimacho, no hay más que verte, con
esos bigotes y esa calva.
- Estaos quietas, no enredéis con las discusiones de
siempre, venga, a ver la tele, que ahora va a salir lo de la boda.
- A mí la boda esa me importa un carajo, ya ves, con
la cantidad de gente que se casa cada día. Lo que yo voy a hacer es volver a la
guerra, al frente, que es el único sitio donde no me he atrevido a ir a buscar
a Ezequiel. Voy a ir al frente y lo voy a encontrar, seguro.
En la taberna la tarde avanzaba lentamente a través de
la escasa luz que se colaba por el ventanuco. Los hombres jugaban a las cartas
apilados en las mesas cercanas a la chimenea, al amparo de la tronca que ardía
con parsimonia.
- Juega Ezequiel, que parece que te haya dado un aire
hoy.
- No sé qué me pasa, estoy algo distraído esta tarde.
- Ya te vemos, ya; no pienses en tus hijos, que no
vale la pena. Ellos estarán tan a gusto en Alemania, con las alemanotas esas
con las que se han casado. Ya ves, aquí estás en tu pueblo, en tu casa, con los
amigos de siempre.
- Sí Joaquín, ya lo sé, no le echo la culpa a nadie,
me vine porque quise; allí no podía estar, sobre todo desde que me jubilé.
Hasta entonces, mal que bien, con el trabajo me distraía, pero después aquello
fue un infierno. Iba a ver a los hijos y las nueras me miraban con extrañeza.
Preguntaban, ¿pasa algo? Qué había de pasar, como si visitar a los hijos fuera
un acontecimiento.
- Pero tenías nietos, hombre. Podías haberte distraído
algo.
- Con los nietos era peor, ni siquiera me entendían.
Aunque en parte la culpa fue mía por negarme a aprender ese idioma tan extraño.
Por eso me vine, ya lo sabéis, pero estas fechas son muy malas, se acuerda uno
de ellos, no puedo por menos.
- Es lo que tiene la Navidad , que ahonda en
todos los males; a mí tampoco me gusta nada. Pero déjalo ya, hombre, y tómate
una copa de sol y sombra, verás como se te pasa la morriña.
La mujer vagaba por el pueblo de su infancia,
recorriendo las calles en busca de los gatos que habían sido sus amigos. Aquél
de color blanco, que cada noche se colaba por la ventana entreabierta y dormía
a sus pies, o la gata que cada día se presentaba a la hora de la comida en
busca de las sobras.
Vio la escuela y comprendió que estaba vacía, - hace
años que se cerró, le dijo un joven. Luego encontró la casa, aquella que fuera
su hogar, y le vino a la memoria la cara de su padre, que un día desapareció,
como otros hombres del pueblo; no se supo más de ninguno. La madre murió de
tristeza, -de qué iba a ser si no, mal no tenía ninguno. El hermano salió vivo
de la guerra pero de poco le sirvió, lo mandaron con la División
Azul y hasta hoy. Pero la casa seguía allí, con el rosal
trepador que plantara la madre, ahora lleno de escarcha por el frío de la
noche, y una adelfa, - qué barbaridad, lo que ha crecido en estos años desde
que no la veía.
Ezequiel dejó a los amigos con la excusa del dolor de
cabeza, aunque lo que de verdad le dolía era el alma, recordando a su mujer,
aquella con la que forjara un hogar al poco de acabar la guerra, - pobrecita,
que murió tan lejos de nuestra tierra y allí quedó, mira que no poderme traer los restos cuando vine al pueblo. Ahora
la casa se le ha hecho grande, tanta habitación, - este salón descomunal no hay
forma de que se caliente, y eso que tengo encendida la chimenea día y noche.
Lo único que le gusta es el jardín, en él pasa las
horas sin darse cuenta, dedicado al cuidado de la plantas. Allí está el pozo
que tanto le costó horadar en esta tierra dura; tardó en ver manar el agua de
tan profunda como dormía.
La movilización fue dura. Horrorizaba ver aquellos
trenes atestados de soldados con apenas un chusco para comer en todo el día.
Paraban en las estaciones a recoger más y más soldados. Ezequiel recuerda aquel
manzano en un huerto mínimo de una mínima estación. A sus ojos el rojo de sus
frutos era una tentación irresistible. Saltó sin pensarlo dos veces, se
encaramó de un brinco al árbol y trepó
por una de sus ramas. ¡Qué hambre tenía! Pegarle un muerdo y dejar un
diente en aquella manzana, dura como el pedernal, fueron todo uno. Ahora sonríe
mientras observa la escena aparecida en su imaginación, olvidado del dolor de
muelas que le supuso un añadido al frío y hambre reinantes.
La vieja anda
merodeando por las calles, pide limosna y se resguarda bajo algún portal cuando
llega la noche; alguien le ha dado una manta para que se cubra con ella, y la
lleva todo el día puesta sobre la cabeza, yendo y viniendo de acá para allá.
Los de la Residencia
de ancianos no han mandado aviso a nadie, la mujer no tiene familia, a quién
van a informar, si acaso al cuartelillo de la Guardia Civil , pero ya se sabe,
no ha aparecido ni han visto a nadie con esas señas por estos andurriales.
Perdimos la guerra, todos la perdimos, y más los que
se quedaron en el frente o en las cunetas, qué hubiera sido de nosotros sin
guerra, imposible adivinarlo. Pero ya da lo mismo, seguro que hubiera seguido
con las ovejas, el esquilado, los quesos. No habría podido ganar ni una décima
parte de lo que gané y seguro que ahora tendría una casita pequeña y una
jubilación de nada. Pero quién sabe si no habría sido más feliz quedándome,
aunque la verdad es que no pude, porque ahora todo está tranquilo pero cuando
acabó la guerra, yo, que era de los que la perdieron, seguro que habría
terminado en la cárcel. Por eso escapé, no por miedo al hambre sino a las
represalias. Ahora es distinto. Estos amigos con los que juego al tute
estuvieron en el otro bando y sin embargo es como si no hubiera pasado nada
entre nosotros. Bueno, me haré unas sopas para cenar, como en los buenos
tiempos, así se me calentará un poco el estómago, que estoy algo destemplado.
La mujer, maltrecha, sin fuerzas casi para tenerse en
pie, hablando a solas, ha visto el pozo. La cancela de la puerta solo tiene un pestillo echado,
el jardín es suyo. Balanceándose para un lado y para otro, sorteando los
rosales y los macizos de pensamientos, llegó hasta el brocal del pozo. Al
arrimarse cayeron al fondo unos pequeños cantos de piedra, haciendo ondas de
tonos oscuros y plateados en el agua. Respiró hondamente y como por casualidad
se asomó al interior del pozo.
- ¡Es él! ¡Es él! Veo su cara, no puedo equivocarme,
es Ezequiel, tan joven, tan guapo. Sí, lo veo en el pajar de nuestra casa, y él
me mira, me mira…y me sonríe.
El agua está a punto, hirviendo y dando brincos
saltarinos. Ahora le echaré los ajos y un poco de jamón, sí, que con jamón está
mucho mejor, y al colesterol que le den dos duros. ¿Y si escalfo un huevo en
medio? Sí, señor Ezequiel, hoy te vas a zampar una cena como dios manda. Me voy
a sentar junto a la lumbre, que se está mejor, esta noche va a caer una helada
de aquí te espero. ¡Hombre, Mimosa, dónde te habías metido que no te he visto
en todo el día; debes estar con el celo y claro, solo te interesa ese feo
gatorro que tiene el vecino. Vaya como te refriegas, amiga, qué quieres, que te
de algo de la cena, ya lo veo. Pero casi no veo, qué oscuridad se ha puesto
esta tarde, cómo se notan los días, tan pequeños. Abriré la ventana, o quizás
no, para qué si ya está anocheciendo y apenas va a entrar una miaja de luz.
Mejor será encender la lámpara. Aunque a decir verdad algo me atrae hacia la
ventana, no sé. Parece que con ella cerrada el ambiente asfixia, es como si el
aire fuera tan denso que apenas se pudiera respirar. Bueno, abriré la ventana,
total, para lo que cuesta.
Se levantó a abrir, y al mirar instintivamente hacia
el jardín creyó ver una silueta de alguien que estaba apoyado junto al pozo. Le
extrañó, pero se acercó al aparador a coger las gafas de miope, que en casa no
usaba, y poniéndoselas a la par que apretaba los ojos, vio cómo una mujer
miraba hacia la ventana. De repente todas las vivencias, acumuladas durante
años en un rincón olvidado, afluyeron a su cabeza. Aquel rostro era el mismo,
aquella era la muchacha que amó en aquel pueblo conquistado, aquella era la
muchacha que los sueños le trajeron día tras día, pues con los sueños no hay
quien pueda. Era ella, sin duda, esos ojos, esa mirada, esa sonrisa no podían
ser de ninguna otra.
Bruscamente, como si el cuerpo esculpido de artritis
por los fríos nórdicos se hubiera convertido en una pluma, dio un salto en pos
de la puerta de salidas. Se encontró con el cuenco de sopa, que se interponía
en su camino primero y volaba por los aires después, yendo a caer encima de una
pierna, escaldándole la pana y la piel. A pesar de todo, sacando fuerzas de
donde no las había, alcanzó el porche y corrió hacia el pozo. Llegó al brocal
jadeante, casi sin aliento, pues también los pulmones tenían algo que decir de
aquellas canteras de granito que habían constituido su trabajo y su bienestar.
Sosegado un poco, miró alrededor buscando aquella imagen, aquella aparición.
Pero allí no había nada, nadie. Era todo como un sueño. El viento helado
aplastaba los pensamientos amarillos y morados contra la tierra, mientras los
rosales se cimbreaban a uno y otro lado. Miró al interior del pozo y vio cómo
las hondas del agua fluían hacia arriba trayendo la imagen de la persona amada.
Pero la noche caía con una lentitud anunciada desde siempre, y las ondas y los
ecos fueron perdiéndose hasta que la oscuridad del pozo y la de la noche fueron
una sola.
Ezequiel, cansado, congelado por el frío y por la
humedad escarchada de las sopas, enderezándose como pudo, volvió sobre sus
pasos, dirigiéndose a la casa por la misma ruta que había venido, pero con la
parsimonia de los años que le habían caído encima, de golpe, en un instante.
Tras él se cerró la puerta y ya todo fue nada.
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