Llegábamos a la
aldea en un viejo coche Seat 1500 conducido por el taxista de nuestro pueblo,
un tal Casimiro, hombre de rostro hirsuto y piel color caramelo, salido de Dios
sabe donde con aquel aspecto tan ajeno a la tierra que le vio nacer. Todos los años, no bien el calendario dejaba
caer el último número de los días del mes de julio, se ponía en marcha la
maquinaria del traslado hacia tierras gallegas en busca de lugares frescos,
escapando de las tórridas noches de la meseta. En realidad era mi madre la que
controlaba minuciosamente todos los preparativos, y desde un par de semanas
antes de la fecha señalada se la veía de un lado para el otro apilando ropa,
sacando toallas del fondo de los baúles y preparando las conservas y los
embutidos que luego ayudaban a componer las cenas, pues como íbamos a media
pensión, sólo hacíamos la comida en casa de Manolo. Penosamente para mí, jamás
olvidaba los aburridos libros de deberes veraniegos editados por Santillana,
que suponían un suplicio que no alcanzaba a saber porqué tenía que soportar
habiendo aprobado todo en junio.
Casimiro era
hombre abundante de palabras y nos obsequiaba con las innumerables anécdotas
habidas de sus muchos viajes, en ocasiones “incluso al extranjero” como él
gustaba recalcar elevando la voz.
- Sí, a Francia
y también a Alemania he llevado gente este año; aquellas sí que son carreteras
y no éstas de mala muerte, fijaos cómo está el piso y aún no hemos llegado a
Puebla, ya verá usted, don Emilio, cómo nos vamos a ver para subir el
Padornelo.
El coche llegaba
finalmente a su destino y ni el Padornelo, ni la Canda , ni el mismísimo
Satanás hubieran sido capaces de frenar aquel artilugio de cuatro ruedas capaz
de llegar al fin del mundo si fuera preciso, a pesar de no quedarle –al
artilugio, claro- ni una sola pieza de las que llevara al principio de los
tiempos. Y como siempre, a pesar de las escasas luces del caserío, nuestra
llegada, por esperada, era recibida con alborozo por pequeños y mayores, que
escoltaban el coche tumultuosamente hasta la fonda de Manoliño, junto a la
iglesia del lugar.
He vuelto muchos
años después buscando el tiempo pasado, ese que uno cree encontrar en las
imágenes o estampas vividas, o en el color sepia de las viejas fotos que
merodean por los cajones. Cuando el letrero de la nueva carretera, asfaltada,
sin un solo bache, me ha despertado de la ensoñación en que venía, he
comprendido de golpe la inutilidad de la búsqueda. Esta vez el vals que se
marcaba el coche, envuelto en el aroma de los eucaliptos y el terciopelo de las
primeras nieblas del anochecer, a pesar de la belleza de los lugares que
aparecían y desaparecían con parsimoniosa lentitud, era incapaz de retrotraerme
al encanto de los últimos kilómetros de cada viaje en la infancia. He vuelto a
notar esa especie de gusanillo inquieto revolviéndose en el estómago y una
tristeza indefinible se me iba agrandando dentro al contemplar las primeras
casas, el caserón, la iglesia con su cementerio y la ría, que ahora parecía
haberse empequeñecido al igual que todo. La gente vagaba por las calles con
indiferencia y el paso de mi coche no era más que el caminar de una
insignificante hormiga por cualquiera de las corredoiras que vagan medio
adormiladas entre los bosques de pinos y castaños.
Manoliño era un
gallego afable, dicharachero, bajito y panzudo, con unos lustrosos mofletes a
punto de reventar de puro hinchados y enrojecidos.
-
Es que los aires de la ría son muy sanos, doña
Esmeralda, - se defendía cuando cada año, a nuestra llegada mi madre le
reprendía al ver que mofletes y barriga iban en progreso galopante.
La señora Laura era
el polo opuesto a su marido, tan delgada que apenas parecía un suspiro de sí
misma, alta, rubia, de ojos azules y vivarachos como todo su cuerpo, que se
movía entre los platos de la cocina y las berzas del huerto como una lagartija.
Componían una pareja que a mí se me hacía feliz, aunque sólo fuera porque
estaban el día entero juntos, él en las labores del bar y la fonda, ella, como
ya dije, entre la cocina y el huerto. Y todo eso, acostumbrado a no ver a mi
padre, médico rural de un pueblo perdido de Castilla, más que en ocasiones de
fiesta, pues fiesta era verlo sentado comer tranquilamente y presidiendo la
mesa, todo eso de la pareja de gallegos, como digo, me parecía que debía ser el
colmo de la felicidad. La mala suerte era que no tenían hijos y ahora, al
estacionar el coche delante de “A la reira” me ha venido a la mente un retazo de
recuerdo, alguna que otra frase olvidada en mi memoria, oída a uno y otro,
haciéndole culpable al contrario de la desgracia de no tener descendencia. Pero
esas cosas, con diez o doce años, aunque las oigas, no las integras sino muchos
años más tarde, cuando afloran de nuevo como un guardián dormido que
despierta.
Ocupábamos las
dos mejores habitaciones de la fonda, reservadas como privilegio al rango de mi
padre, pues ambas daban al huerto y a la ría. Así, cada mañana, cuando
despertaba aturdido aún por el desasosiego del día pasado, trajinando sin parar
con los chavales del pueblo, la primera estampa que ocupaban mis ojos era la de
la señora Laura cavando entre los surcos o quitando las malas hierbas que no
tenían otro oficio que hacer que destrozarle la cosecha de habas a la buena
señora. Pero inmediatamente, como con la
rapidez y la fuerza de un rayo, impactaba en mi retina la silueta lejana de
Carmiña, no podía ser más que ella, la mariscadora tuerta del ojo izquierdo a
causa de una rija impenitente que le moqueaba sin cesar desde su más tierna
infancia, si es que tal había tenido. Yo
la saludaba levantando y batiendo la mano y ella me devolvía el saludo,
pues ya conocía por el color del día la hora en que yo me asomaría al balcón
para verla. Algunos días la niebla espesa o el batir de la lluvia me hurtaban
su presencia, pero como Carmiña estaba allí, yo la saludaba y ella, apostaría
mi alma, también lo hacía respondiéndome al instante.
Recuerdo, como
si lo estuviera viviendo, la imagen del huerto una tupida mañana en que la
niebla estaba especialmente pesada y su huida renqueante hacia el monte alto se
demoraba más que otros días. Sería casi la hora del ángelus cuando por fin
despejó lo suficiente para poder contemplar el huerto desde los ventanales del
comedor, contiguo a nuestras habitaciones. Todo parecía haber sido arrasado por
un vendaval, algunos troncos de berza rotos, las hojas de otras muchas
desgajadas y esparcidas por el suelo; en resumen un auténtico desastre. La
señora Laura nos lo había comentado en el desayuno, indignada con el “jabalí”
que según ella, había reducido a puros despojos un montón de berzas y algunos plantones
de habas. Manolo atendía sus obligaciones sin hacer caso de los suspiros que
exhalaba la pobre mujer y ésta parecía haberla tomado con él. Deja a Manolo en
paz, que él no tiene la culpa, mujer. Mi madre se empeñaba en aplacar los ánimos, aunque con
escaso éxito. “Ese es igual, otro jabalí y de los peores”. La señora Laura no
se calmaba por nada del mundo y pasó toda la comida echando pestes del marido y
del animal que le había desbaratado media huerta. En la tarde Manoliño
recompuso como pudo la situación y yo me lo pasé bomba ayudándole a sujetar y
apuntalar las plantas; la cosa quedó tan lustrosa que al anochecer todo había
vuelto a su sitio, eso sí, cuando mirabas desde el ventanal aquello parecía una
procesión de cojos y perniquebrados con las piernas entablilladas y alguna que
otra cabeza desmochada.
El corazón del
pueblo, a pesar de los malos augurios que provoca la moderna entrada, permanece
idéntico al que conservaba en la memoria; la iglesia con su excesivo portal
neoclásico adosado el campanario sin apenas formar parte del conjunto, las
paredes mugrientas y agrietadas invadidas por la humedad verde; el camposanto
como si fuera un jardín que rodea el conjunto entero de la iglesia, pero con su
propia verja tan enmohecida como las letras imposibles que explican el contenido
de cada tumba, y varios santos y ángeles en pose mayormente displicente,
acompañando para la eternidad al muerto, algunos sin la espada ya, o faltos de
un brazo e incluso del ala entera, pues estos ángeles gallegos disponen de alas
de envergadura, y en mi infancia los veía volar de lápida en lápida en las
noches de galerna, cuando el mar atronaba contra los acantilados cercanos y
hasta la fonda llegaban los aullidos del viento y el chillido de las gaviotas
espantadas por el temporal.
La plaza sigue
ahí, con unas pocas casas de piedra sustentadas sobre arcos que dejan paso a
los viandantes, y el imponente Caserón del Náufrago, un gran edificio,
ostentoso hasta el disloque, repleto de escudos de una supuesta nobleza, que se
mandó construir un indiano -según se explicaba Manolo- natural del pueblo y gran trabajador que había hecho fortuna
por otro Santiago, al parecer de la isla de Cuba. El tal indiano no llegó a ver
su caserón o palacio, bellamente adornado de glicinias trepadoras y yedras de
varios colores, pues se lo llevó al fondo de la mar el barco en que volvía a la
patria, justo a la altura en que la costa deja de ser portuguesa.
- Prrobablemente
morreu tranquilo pos andaba en la contemplación de a sua terra, - dijo
Manolo creyendo sus propias palabras, contestando a mi padre que le tiraba de
la lengua.
- Dicen los malpensados
que el náufrago traía una mulata como parte de su botín caribeño y que la novia
que dejó aquí, al saberlo, le echó un conjuro que parece que hizo mella.
- Habladurías,
don Emilio, que la gente no tiene mejor cosa que hacer.
- ¿No crees en
los conjuros, Manolo?
- Conxuros haberlos ailos, como as meigas que tamen as hay, mais nadie dice
haber echado o mal de ojo a nadie o haber vistos a santa compaña, y no seré
yo el que lo diga.
La casa sigue ahí,
sin nadie que venga a decir “es mía”, aunque al cabo de los años pasó a ser
propiedad del Ayuntamiento. Manolo tuvo la disparatada idea de usarla como Casa
Consistorial, pero la señora Laura se opuso en redondo.
-
Por meu pai e
todos os meus mortos, Manolo, tú estas tentando al diablo con semejante
ocurrencia.
-
Que no pasa nada, mujer, al fin y al cabo no
es más que una casa como cualquier otra, solo que más grande.
-
Es una casa
embruxada y tú lo sabes.
El pobre hombre no podía hacer nada en contra de
la opinión de la mujer. A todo esto, olvidaba decir lo más principal: Manolo
era alcalde pedáneo del pueblo, algo que yo no llegaba a comprender del todo.
-
Pues que como el
pueblo es pequeño, depende de otro más grande, donde está el alcalde, y aquí,
para llevar las cosas de la aldea está…¿cómo diría yo?...un alcaldillo.
No entendía para
nada las explicaciones de mi padre y se me hacía que Manolo más parecía
alcaldón que alcaldillo, con aquella panza prominente y esos hombros anchos
cual armario de cuatro puertas. Ahora me entra la risa al contemplar el caserón
y recordar las anécdotas del pasado y mi aspecto debe ser muy cómico, pues en
los tiempos actuales va siendo raro que una muchachita que camina bajo el
pórtico se pare a mirarte como si fueras un bicho raro o algún loco escapado
del manicomio.
Por loca de
remate pasaba Carmiña, era cosa dada por tan cierta que no merecía discusión.
Pero no era de esos locos que dan miedo, al contrario, la gente la quería, pero
sobre todo los niños. Se tenía por causa de su sinrazón una afección de las
meninges que debió padecer de muy niña, aunque otra versión achacaba su
desvarío a la historia del novio desaparecido, muy arraigada en estas tierras.
Se ganaba la vida mariscando en la ría y vendiendo por el pueblo o llevándolo
hasta Cangas a una pescadera que le compraba a bajo precio, a la que llamaba “a ladrona de Cangas”. Amiga de los
pájaros, la veíamos al atardecer rodeada de gaviotas que se le posaban en la
cabeza, adornada a veces de una guirnalda que se hacía con flores; les daba
peces y las gaviotas se los arrebataban al vuelo, mientras ella reía con
grandes carcajadas. La chavalería pululaba a su alrededor y ella bailaba
contenta y cantaba a voces su cantar preferido, dando vueltas y más vueltas
subiéndose las faldas y dejando que el viento las bamboleara. Su casa, pequeña
y desvencijada, con las paredes encaladas cien años atrás y ahora de un color
indefinible, siempre estaba abierta, y los niños acudíamos en tropel en busca
de cuentos o historias de hadas o de brujas. Nos sentábamos haciendo corro a su
alrededor y permanecíamos callados mientras ella desgranaba historias de
malvados o de príncipes, pero que siempre acababan bien. A veces teníamos que
espantar a las gaviotas, que se adueñaban de la casa y saltaban por la cocina arrebañando
entre los platos o disputándose el botín.
Aparqué el coche
delante de la iglesia, y tras contemplar uno por uno todos los edificios que
enmarcan la plaza, me decidí, haciendo de tripas corazón, a entrar en la fonda,
cuyo letrero permanecía impasible a pesar de los muchos años trascurridos. Al
entrar una neblina me empañó las gafas, por la atmósfera cargada de calor y
humedad, dejándome medio ciego por unos instantes. Me arrimé a la barra y con
la ayuda del pañuelo quité el vaho a los cristales, acomodándome de nuevo las
gafas delante de los ojos miopes que Dios me ha dado. Atendiendo la barra había
una mujeruca de mediana edad que por el aspecto bien podía ser una de las
sobrinas de la señora Laura, la hija menor de su hermana Rosa. Pregunté si habría alguna habitación libre y
me dijo que todas las que quisiera pues en este tiempo de fríos y lluvia no
suelen venir viajeros por aquí. Le pedí entonces la habitación pequeña que da
al huerto y está contigua al comedor. Ella quedó muy sorprendida de que
conociera hasta tal punto la casa, pues creía no haberme visto nunca hasta esa
noche. Al decirle quién era, se puso muy contenta y una sonrisa de oreja a oreja
le arrebató la cara, al tiempo que exclamaba ¡ay, doña Esmeralda, tan buena
como era! ¿Y el señor doctor? Un hombre comedido, recto, intachable. En un tris
estuve de no poder contener las lágrimas al oír las palabras de la mujeruca,
que en un arrebato de alegría hasta me estampó un par de besos en las mejillas.
Mientras apuraba la taza de ribeiro que me colocó delante, me vi sorprendido
por un aluvión de preguntas, y en menos de cinco minutos me había sacado todas
las noticias la bendita señora.
Caí rendido
sobre la cama, al final de un día tan ajetreado, víctima del vaivén físico y
mental que me había flagelado. Me quedé adormilado al poco rato, quizás con la
ayuda de los vapores causados por el vino de la cena o el cocimiento que se
traían los jugos intestinales con las dos docenas de navajas que me metí entre
pecho y espalda para que el vino no viajara solo. No estoy acostumbrado a
silencio de tal magnitud y la ausencia del más mínimo atisbo de ruido terminó
por despertarme. Las siguientes horas fueron peores, pues desgrané con el viejo
reloj del campanario cercano las doce campanadas del nuevo día y seguí
haciéndolo cada hora, acompañando rítmicamente los tañidos de la campana vieja,
la que da al sur, a la ría. El ulular de una lechuza me tuvo algún tiempo alerta,
pero desapareció con un revoloteo suave seguido de un chillido casi
imperceptible, seguramente de un topillo o ratón caído bajo las garras de la
estrambótica señora de vestimenta blanca y grandes gafas transparentes. Sería
ya la amanecida cuando caí dormido de verdad, aunque tuve un sueño en parte
acogedor, en parte tétrico, pues me vi acompañando al Sochantre de Pontivy, que
esta vez no amenizaba a la tropa
fantasmal de muertos bretones, sino que iba él mismo, fantasma de huesos con el
bombardino bajo el brazo, de romería a San Andrés de Teixido; desperté helado
por el sudor del miedo y por el frío ambiente de la habitación y me juré a mí
mismo que no acabaría mi viaje por tierras galaicas sin visitar en vida a San
Andrés, no me fuera a pasar lo que a muchos muertos que tuvieron que andar de
feria con su osamenta por no cumplir el rito mientras andaban en carnes.
Desde el
ventanal se contemplaba la ría envuelta a medias en la bruma, apacible la
marea, tranquilas las gaviotas; y el huerto ahora era una nabiza espléndida,
rodeado por tapias que daban cobijo a las camelias reventando de colores rojos
y blancos. Irreal, completamente irreal me parecía todo aquello, volver de
nuevo a mi patria, a mi infancia, aunque ahora despoblada de todos aquellos
seres queridos de cuando fue verdad.
El marido de
Leonor, la sobrina y heredera de la fonda, me llevó a la bodega donde guardaba todos
los utensilios de Manoliño. También estaba el lagar en que pisaba la uva negra
para hacer el mosto que tanta fama le había dado.” Mire, doctor, estas uvas son
de su tierra, las de aquí no valen nada, pues a causa del poco sol nacen
anémicas y escasas de espíritu”. También el aguardiente estaba escondido en la
bodega, por la prohibición de hacerlo. En los viejos tiempos recuerdo que venía
un aguardenteiro desde Cangas, con su carro tirado de dos bueyes y encima los
artilugios para destilar el mosto, que parecían sacados de la tienda del
mismísimo Arquímedes. No era muy apreciado el aguardiente oficial y el
alguacil, un tal José pata chula,
gozaba de fama de destilarlo como nadie, aunque siempre estaba al aliento de
los civiles, sobre todo de un cabo mostachón que tenía más olfato que un
perdiguero de Burgos, y localizaba el lugar en que andaban de alquimia, a pesar
de que el pino y las ramas de eucalipto disimulaban el olor de los espíritus
salidos del destilado.
He desayunado en
el comedor, tranquilamente, contemplando y siguiendo con la cabeza el vuelo de
las gaviotas reidoras y también sus peleas por los restos de pescado que roban
al mar. Mientras engullía los trozos de roscón que llenaban por completo el
plato, un gato parduzco ha venido a rascarse el lomo contra mi pierna; no ha
aceptado unas migas que he dejado caer como por descuido, se ve que este gato
no pasa hambre, a la vista está el
lustre que acarrea y seguramente más por el pescado que por los ratones.
Se ha echado sobre mis pies a modo de manta y se ha puesto a ronronear. Años
hace que murió nuestra gata de Angora, blanca como la nieve, dócil cuando le
venía en gana, que comía de todo, hasta fruta; los plátanos eran su manjar
preferido, aunque no dejaba atrás el pescado y menos aún la carne, sobre todo
si era de cerdo. La primera vez que veraneó con nosotros llegó echa un guiñapo,
llena de babas y vómitos. El coche era su gran enemigo, sobre todo por las
vibraciones, que soportaba malamente. Tampoco el taxista la soportaba a ella,
pues decía que le manchaba la tapicería: ¡buena estaba la tapicería como para
ser manchada aún más, si ya era negra, cuando en su juventud no debió pasar de
blanco hueso! Dejamos al gato metido en
una gran caja, en un rincón del salón, a sus anchas, para que se recuperara y
nos echamos a la calle en busca de las novedades habidas desde nuestra última
visita. Hasta la vuelta, bien entrada la noche, no reparamos en que habíamos
dejado la puerta abierta; en cuanto mi hermana Conchita reparó en la ausencia
del felino se armó la marimorena; buscamos en los lugares más recónditos, hasta
el desván incluso, donde subimos el tabernero y yo alumbrándonos con un viejo
quinqué que yo no había visto hasta entonces, ni ese ni ningún otro. En la
troje no había otra cosa que mazorcas de maíz y patatas de muy diversas
cosechas, olvidadas sabe dios cuanto tiempo atrás. También por los alrededores
buscamos, en la plaza, en el huerto, en la calleja que da a la ría, en fin, que
sólo faltó echar un pregón para que toda la aldea se enterara de que se había
perdido un gato. Como no dimos con él se decidió que cada cual fuera a su
aposento y a la mañana siguiente reiniciaríamos la búsqueda. No pude pegar ojo,
no es que me importara en exceso el dichoso gato, aunque algún apego sí que le
tenía, lo malo eran los jipíos que daba mi hermana, desconsolada por la pérdida
de su “Aurorita”, ese nombre le había dado a su gata. Felizmente a la mañana
vino una vecina preguntando si alguien sabía de quién era la gata que traía en
brazos, tan tranquila y relajada que hasta daban ganas de regalársela, ingrata
gata que había cambiado de dueños por unas horas sin inmutarse lo más mínimo.
La señora Rosario nos contó que había aparecido en la noche, junto a la
lareira, ya se sabe que los gatos siempre buscan el calor, incluso en verano, y
que como parecía tan mansa la había tomado como huésped, dándole incluso un
tazón con migas de leche, que Aurorita había aceptado complacida. Mientras la
vecina contaba estas peripecias ante nuestra admiración y agradecimiento, Conchita
cogió la gata, que había vuelto a los ronroneos al sentirse en brazos de su
dueña, y se escondió en la habitación, no saliendo en todo el día más que para
comer, y siempre con la gata en brazos, no fuera a ser que se la robaran.
La noche de mi
llegada, mientras daba cuenta de las navajas, pregunté a Leonor si podía
prepararme un cocido para la comida del día siguiente, y aquí me tienen
embelesado en el pote que me ha preparado la sobrina de la señora Laura, con
sus maravillosas patatas, unos grelos suaves y sedosos, y todo un conjunto de
tocinos, chorizo, partes varias del guarro, y algún que otro trozo de vaca, con
ese regusto ahumado que lo hace diferente a cualquier otro guiso. En agosto no
era plato apropiado, pero todos los años, en el veraneo gallego, al menos un
día –que por eso mismo era pura fiesta- se dedicaba a degustar un pote por todo
lo alto. Aproveché que en la sobremesa se sentó la cantinera a charlar conmigo
para indagar sobre el paradero de algunos de los personajes que habían sido
algo en la aldea o compañeros en mis andanzas por los más recónditos lugares
del pueblo y sus cercanías.
Había, a pesar
de nuestra capacidad para infringir cualquier norma, un lugar del que huíamos
aterrados, el camino del monasterio, al que aún hoy llaman la corredoira dos mortos. No se tiene
conocimiento de cuándo empezó la leyenda, o quizás realidad, sobre aquel camino
que lleva al monasterio de los monjes cartujos, hoy en ruinas. Vieron los
primeros que lo contaron una hueste de fantasmas deambulando sin rumbo por la
corredoira, y cuentan los más viejos que son almas en pena, desposeídas ya del
cuerpo, que andan a la búsqueda de algún despistado vivo al que llevar a su mundo
de sombras para ocupar el lugar de un muerto y que éste pueda descansar
definitivamente sin verse obligado a semejantes correrías. Debe ser en la noche
cuando el peligro es mayor y la gente
del lugar huye de ese paraje tan pronto como se ciernen las sombras sobre él.
¿Qué había sido
de Carmiña, la mariscadora? Era mi obsesión, casi el motivo supremo del viaje
en que me había embarcado. Ni Manolo, ni su santa esposa, ni tan siquiera mi
amigo Pepiño, el mejor amigo, de la piel del diablo, me quitaban el sueño, no,
eran mis ansias por saber qué había sido de la loca de la ría lo que me había
traído de nuevo hasta la vieja fonda. Leonor me fue desgranando la historia,
que parecía un relato fantástico de puro irreal.
Carmiña se hizo
vieja, como cualquier mortal, naturalmente. Con los años fue perdiendo fuerzas
y ánimo para ir al marisqueo. No pasó de pobre, claro, pero cada vez lo parecía
más, y fue olvidándose de la vida, para caer en una desidia que apenas la
dejaba ni comer. Encaneció hasta tal punto que sus largos cabellos, que le
llegaban hasta la cintura, se volvieron blancos como la nieve, y con el cuerpo
cada vez más escurrido de carnes, fue adquiriendo un aspecto más y más fantasmal.
Cambió de amistades y el lugar de las gaviotas lo ocuparon los pájaros de las
callejas que van y vienen por la trasera del pueblo hacia huertos y sotos. Les
llevaba migajas de pan y se divertía viéndolos revolotear a su lado, saltando y
picoteando. Les hablaba y contestaba a la conversación que le ofrecían sus
amigos, pero tardó poco en hablar consigo misma, y ya no era feliz en la
compañía de los pájaros, sino merodeando por las calles y plazoletas, o yendo hasta el borde de la ría, a donde acudía
instintivamente cuando el tiempo barruntaba cambio.
Su última
obsesión fueron los gusanos, a los que temía más que al maligno. Decía que su
pobre cuerpo sería comido por ellos cuando la llevaran ya muerta hasta la
tumba, y discutía consigo misma afirmando que no se dejaría llevar al
cementerio nuevo, al que van los muertos de ahora, el que está sobre un otero y
desde el que se divisa la entrada de la ría y si el día va claro hasta mar
adentro se llega con los ojos. Aunque la decían que desde aquel lugar tendría
buenas vistas, lo cual le agradaría más que a otros, pues tan amiga había sido
del mar, no le convencía la propuesta y daba vueltas y más vueltas sobre la
manera de librarse de los gusanos. Debió encontrarla, pues un día la vieron
alejarse por la corredoira dos mortos
y ya nunca más se supo de ella a pesar de que el pueblo entero se lanzó en su
búsqueda; no quedaron piedra sin levantar, rincón sin mirar, pero Carmiña no
apareció. Algunos osados se atrevieron incluso a introducirse en el camino del
monasterio, eso sí, por los ribazos, sin ollar la tierra misma, y de día, que
cuando amenazaban las primeras sombras corrían como alma que lleva el diablo en
busca del amparo de las luces y las casas del pueblo.
Para ayudar a la
digestión de tan fastuosa comida, no bien di una cabezada con la ayuda de un
par de golpes de orujo, me pareció el momento oportuno, antes de que se hiciera
demasiado tarde, para volver a la calleja que va trasera al caserón. Me
sorprendió el descuido en que había caído, apenas sin espacio para poder pasar,
casi cerrada por las zarzamoras, tan asilvestradas que cubrían casi por entero
las tapias y el suelo. Caminé hundiendo los pies en el barro formado por las
lluvias de finales del otoño y la espalda de la fastuosa casona del náufrago me
pareció recorrida por una columna vertebral huesuda, retorcida y llena de
jorobas, las ventanas sin cristales, los tordos revoloteando entre las tejas y adentrándose
en las ausentes estancias. Me vi corriendo, años atrás, huyendo de los piratas
que habían desembarcado en la bahía, que atacaban con una descarga de piedras
desproporcionada y no eran otros que los chavales del pueblo del otro lado de
la ría, aquel que tiene un cruzeiro de piedra tan bien tallado que arrebata el
espíritu de sólo contemplarlo. Corríamos como posesos en busca del refugio y
las mariposas estallaban a nuestro paso formando grandes nubes que parecían
jugar con nosotros, acompasando su vuelo y dando vueltas y más vueltas en torno
a nuestras cabezas; intentábamos escapar de ellas dando manotazos mientras huíamos
del enemigo y ellas parecían responder con redoblada persecución que se unía a
la de los temidos piratas lanzapiedras, dándoles el santo y seña de nuestra
huída. El viejo caserón era nuestro refugio, pues habíamos descubierto un
pasadizo oculto entre las hiedras, que llevaba hasta lo que parecía ser una
enorme cocina, iluminada por una enorme claraboya que dejaba ver el cielo.
Sabíamos que allí estábamos a buen recaudo por partida doble, pues a la
dificultad de la entrada -aunque lograran encontrar la gatera- se unía el
terror que les daba aquel fantasmal lugar, pues habíamos tenido buen cuidado de
contar a los vecinos –en tiempos de paz, naturalmente- que la vieja casa era
lugar nada recomendable, pues por ella vagaba de continuo el penitente el espíritu
del indiano náufrago. En cuanto el tiempo escampaba Pepiño salía del refugio,
pues no era cuestión que el susodicho fantasma fuera a darnos a nosotros el
gran susto. No es que Pepiño tuviera pocos arrestos, ¡qué va!, lo que pasa es
que como gallego que era los asuntos de la gente del más allá le merecían un
respeto.
¿Y de Pepiño qué
ha sido?, había preguntado aquella tarde de confesiones. Leonor calló por unos
instantes bajando la mirada y ruborizándose, luego sacó un pañuelo del bolsillo
de la chaquetilla de lana y se secó las lágrimas que anegaban sus ojos.
Recompuse al instante algunos viejos recuerdos y comprendí quién era aquella
muchachita con la que tonteaba mi amigo los últimos veranos que pasé con mi
familia en el pueblo. Pepiño no quería saber nada de la escuela, y poco más que
leer y escribir malamente, a más de las
cuatro operaciones elementales, fueron capaces de meterle los abnegados
maestros en el caletre que tenía por cabeza. Aunque era el gallito del grupo se
comportaba rectamente y con dignidad, a pesar de que con demasiada frecuencia
sus esbirros huyeran tras él ante tamaña cantidad de fuerzas enemigas, pues los
zagales del otro pueblo cuanto menos nos triplicaban.
Defendía a
Carmiña como si fuera carne de su carne y no permitía por nada del mundo que se
burlaran o rieran de ella. Seguro que de haber tenido Pepiño mejor fortuna no
hubiera ido a la deriva de la manera que fue la pobre mariscadora. Todas estas
cosa me iban y venían, como un relámpago de tan vívidas y rápidas que se
presentaban, en el silencio impuesto por mi informadora, que se levantó de la
silla en que estaba sentada, frente a mí, sirvió dos vasos de aguardiente y
volvió con ellos en la mano. Parece que el trago que se pegó le dio fuerzas
suficientes para responder.
-
Murió joven, dos o tres años después de que dejasteis de venir
por aquí.
No me había
pasado por la imaginación que mi amigo hubiera muerto, y menos a tan temprana
edad. Era tan robusto y parecía gozar de tanta salud, que no se me hacía
posible que la enfermedad se cebara en él. Sí me resultaba fácil entender que
Manolo finara sus días por un vómito de sangre, casi con seguridad por los excesos
con la bebida, pero a Pepiño no me lo imaginaba empalideciendo y adelgazando
entre las toses mientras los bacilos le comían el pulmón poco a poco. Y todas
esas conjeturas otra vez igual, como del relámpago, sin saber por qué, se
venían sobre mi cabeza anegándomela. Esta vez fui yo el que sufrió el impacto y
al igual que hiciera Leonor momentos antes, me apoyé en el brebaje antes de
preguntar de nuevo.
-
¿Y de qué mal murió Pepiño? - Leonor pareció
extrañarse de mi pregunta.
-
De qué mal iba a ser, del mal de mar, como todos los pescadores: tarde o temprano el mar se
los lleva.
Vi entonces a mi
amigo en el fondo del mar, en aquella costa
da morte de vientre repleto de hombres y barcos, y me lo imaginé paseando
entre las quillas y las jarcias o levando anclas cuando ya las redes le
reventaban atestadas de peces; y lo vi escuchando el concierto de los pianos,
esos que un día cayeron también cuando naufragó el barco que los portaba y
muchos dicen que los oyeron quejarse hasta que llegaron al fondo de las aguas,
y lo vi también asomándose a la superficie, donde las olas rompen contra las
rocas, charlando con Carmiña, asomada sobre el acantilado.
También yo tenía
algo que contar, naturalmente. Leonor mostró contento al saber que mi madre aún
vivía, a pesar de andar cercana a los noventa. Lo de mi padre la entristeció,
sobre todo por la manera en que murió, aunque la consolé diciéndole que había
muerto con las botas puestas; sabiendo cómo vivía su profesión qué mejor manera
hubiera podido escoger que aquella que se le dio para culminar sus días. Yo no
he visto nevar más que en la tele, me confesó Leonor al oír cómo se perdió mi
padre en la nieve, cuando volvía de atender un parto en un pueblo de su extensa
demarcación; cuando lo encontraron unos arrieros, caído al borde del camino,
estaba totalmente congelado y medio enterrado por la nieve que le había caído
encima. Dijo el forense que cayó del caballo y con la cadera rota no pudo
defenderse de las desencadenadas y descomunales fuerzas de la naturaleza.
Bueno, qué más da, ocurrió hace tiempo y nada vamos a arreglar.
Pasé luego a
contarle algo de mi hermana. Conchita creció rápidamente y cuando me quise dar
cuenta ya era otra persona distinta de aquella muchachita modosa, zalamera y mimada que interpretaba el papel de la niña
de la casa con absoluta transparencia, sin tapujo alguno. Al hacerse mayor le
cambió el carácter, adquirió una personalidad fuerte y decidida, segura, y así
se sumergió en la vida, con algún que otro golpe por la reciedumbre con la que
se metió en el nuevo papel. Los novios le duraban un aire, con el primer marido
aguantó casi dos años y finalmente encontró lo que vulgarmente se llama “el
hombre de su vida” pues con él lleva más de veinte años, y ahí siguen, como si
nada, agarrados a la vida viendo pasar los temporales.
Dormí mejor la
segunda noche de mi regreso, pero antes de acostarme abrí de par en par el
ventanal y dejé que el mar entrara de lleno en la habitación. El viento batía
violento contra las verdes persianas anunciando la nueva borrasca y una lluvia
fina y caprichosa me humedeció manos y brazos al intentar coger el negro mar
que retrocedía en resaca descompuesta. Otro vendaval –de muertos- vino a mis
sueños como si compusieran un coro de tragedia griega. Allí estaban Carmiña y
mi amigo Pepiño jugando con la marea y las gaviotas, y también el bueno de
Manolo y mi padre con Aurorita adormilada en sus brazos. Sentí un alivio
infinito y el sueño plácido y tibio me llevó por las playas de arena y los
acantilados, remonté las rías y llegué a las fuentes de los ríos, volé al fin
con las gaviotas sobre las islas Cíes y me vi allí abajo y me reconocí; era tan
maravilloso el viaje que el despertar me pareció una ruptura y todo el día
estuve con la herida escociéndome en la garganta.
Me levanté
temprano pues me quedaba una larga jornada hasta San Andrés, desayuné en
silencio y me despedí de los posaderos con gran efusión por su parte,
recomendándome que volviera alguna que otra vez a visitarlos, pues les daría
mucho gozo. En la calle andaban en preparativos para alguna fiesta y ya habían
levantado una carpa rellena de bancos y sillas, supongo que para alguna pulpeirada
o cosa parecida. Subí al coche que arrancó dejando atrás la vida misma, pero
como a la esposa de Lot, también a mí me pudo la tentación al dejar a un lado
la corredoira del Monasterio y volví la cabeza para mirar. Sí, allí estaba, era
ella, quién si no; levantó la mano saludándome, sonriente entre el revoloteo de
las grajillas que la acompañaban.
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