A
Gwendal, un gato cariñoso
Plaza del Pilón, hora temprana,
otoño, tiempo frío. Una algarabía, que crecía por momentos, salía de la plaza y
ascendía como humo de hojarasca. No parecía tener la culpa el vendedor
ambulante de fruta, que aparcaba allí con su furgoneta destartalada; era
demasiado pronto para él. Tampoco podía ser el pescadero: este acudía a la cita
los martes y los viernes, y aquel día, casualmente, era jueves. El panadero
sólo pasaba voceando y a toda prisa, sin dar tiempo a que se formaran bullas de
aquel porte, era mero interino de la plaza principal, así que tampoco ese era
el culpable.
Aquel hombre estaba ya
bajo el amparo de los postreros dioses. El tacto se había ausentado de sus
manos tiempo atrás y tan sólo palpaba el azogue de sonidos que le traía la
radio al barruntar la noche. Se acercó a curiosear, más por el ánimo
indagatorio que había contraído leyendo las novelas de Chandler ––recomendadas por la
joven bibliotecaria de la capital, donde acudía cada dos semanas––, que por pasión innata
de sus más elevados sentidos. Dedujo con acierto que el lugar del incidente era
la casa de la señora Petronila, esa que adornaba la entrada de begonias
bicéfalas, y hacia allí se dirigió con presteza.
El día se presentaba
frío, sólo unas nubecillas flotaban entre cielo y tierra, sin interrumpir los
primeros rayos que el sol enviaba desde el este, como Dios manda, sea dicho con
el mayor de los respetos. Había helado y los cardos resecos, en el huerto de
detrás de la casa, mostraban reflejos diamantinos de rocío y una sábana de
escarcha difuminaba los verdes y marrones del suelo herbáceo ––que antes había
sido maíz frondoso, mazorca y carrizo––, tapiado con paredes de piedra
primorosamente colocada.
––Sí,
es esa vieja de la casa de la esquina. Andará por los noventa y vive sola. No
podía ser de otra manera, antes o después tenía que pasarle algo, ––decía la tía María, enjuta, reseca,
puesta en jarras para dar más contundencia a sus palabras, en conversación con
la vecina Eufrasia, gorda, colorada de mofletes, gruesos los labios, pelo
castaño, ojos oscuros indefinibles.
––¡Ya
te digo! ¡Si es que no se puede vivir sola a esa edad!, aunque a mí me lleva
poco más de un año la buena mujer, y ya ves, desde que se me murió mi Paco
tampoco yo tengo a nadie, ––se
quejaba la tía Remedios, que había acudido prontamente al corrillo de viejas convidadas
a la fiesta mañanera.
Como nuestro hombre
oyera la conversación, arrimó la oreja disimuladamente, a ver si sacaba algo en
claro de las prójimas que hacían corrillo en medio de la plaza. Era éste un
hombre no muy alto, bajo tampoco, cejijunto, escaso pelo negro que pugnaba con
las canas en lucha desigual, cigarro pegado a la comisura izquierda de los
labios, miope de ojos y de gafas. De tan concienzudas pesquisas concluyó que la
señora Petronila había dado un tumbo de mucho preocupar, cayendo escaleras
abajo cuando pretendía subir a la troje ––desván para el común de los mortales,
mansarda para los académicos trufados en gabacho–– a por unas patatas para la comida.
Era la tal una estancia
en la parte alta de la casa, a la que se accedía por una escalera desde el
patio interior. Había en la troje ––aparte de una neblina inexplicable,
quizás por la pugna entre la humedad del campo, que se colaba por un ventanuco
entreabierto, y algún calorcillo escapado de la chimenea atiborrada de troncos
de encina, que mantenía la casa con una temperatura acariciadora–– todo un bodegón
antiguo compuesto de aperos de labranza acomodados sobre clavos contra las
paredes de adobe, patatas cenicientas, unos cuantos melones amarillo verdosos
de aroma dulzón, cuencos llenos de judías secas y garbanzos diminutos, una
palangana desportillada, sillas de anea desvencijadas, y algunas cosas más,
olvidadas en algún rincón de la memoria.
––La
cadera, que la tiene tronchada ––señaló
la señora María con precisión cartesiana, aunque ella de tales precisiones era
desconocedora total.
––Por
Dios, qué cosas pasan. Qué estaría trajinando tan de mañana, si ya no tiene edad
para andar subiendo y bajando, ––intervino
la señora Eufrasia, la del orondo aspecto.
––Si
es lo que yo digo, cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el
rabo, ––concluyó
la Remedios, santiguándose ostensiblemente, no se sabe si para ahuyentar los
malos espíritus o por la salutífera frase que acababa de pronunciar. Por cierto
que la tal Remedios ––ahí
va una pincelada, pobrecilla, de ella no se había dicho nada- era de aspecto
algo más joven que las otras, aunque de cara afeada y envejecida por mor del
arrebato de oquedades en aquella boca comida ––qué contrasentido, válgame Dios–– por las caries y el
mal uso que le había dado a los dientes.
Titubeando un poco, nuestro
improvisado investigador se acercó a la casa para ver la manera de obtener
alguna información que le ayudara a descifrar el problema: o sea, quién podía
ser el culpable del accidente sufrido por la Petronila. Aunque creyó oír cómo
la vieja se quejaba lastimosamente, no tuvo ocasión de encontrar nuevos datos
para su investigación, pues un remolino de gente y ruido, que crecía y crecía,
hasta convertirse en tumultuoso río que amenazaba llevárselo a él por delante,
le impedía observar los mecanismos que pudieran mover la sutil intriga.
Un avispado individuo ––lo de avispado es por
la ocurrencia salida de su mollera–– dijo que porqué no llamaba alguien al
cura, por si tenía de darle los óleos o algo similar a la enferma, y a la
mayoría de los allí presentes, de magín similar en capacidad de análisis, debió
parecerle buena la idea, a tenor del coro de caras que compusieron al oír la
propuesta.
Pero antes de que alguno
de los sesudos vecinos reaccionara y se pusiera manos a la obra ––pobre cura, tener que
dejar a medias la misa de 9; nunca le había ocurrido tal cosa; vete a saber si
el señor obispo aprobaba aquella conducta si es que llegaba a enterarse––, apareció el tonto del
pueblo, siempre hay un tonto en cada pueblo, y haciendo gala de su innata
habilidad para meterse en todos los fregados, sorteando a unos y otros,
utilizando las rendijas más pequeñas que dejaba la multitud en sus apreturas,
logró finalmente colocarse en primera fila, para así ver mejor lo que
acontecía. Pero el tonto, como todos los de su estirpe, que no callan así se
los lleve el diablo de paseo por hablar ––santígüense ustedes cuando se cita al
maligno––,
no quedando contento con su hazaña, se vio en la obligación de opinar.
––¿Y
por qué no llamamos al médico? A mí no me parece que ésta vaya a palmarla.
Mejor será que decida don Abundio.
––¡No
te jode, el
tonto de Raimundo! ¡A ver si los
tontos vamos a ser nosotros! ––clamó el tío Perico,
alguacil de hecho y de derecho. De lo primero porque llevaba más de veinte años
en el oficio, y de lo segundo porque desde su tatarabuelo, por vía paterna
siempre, todos los antepasados habían ejercido tan sonoro oficio.
Por lo demás la plaza
tenía su qué. Por ejemplo, estaba el pilón, por eso se llamaba plaza del Pilón.
Los del pueblo, mayormente aquellos que disponían de mulas para sus tareas
diarias en el campo, llevaban a los cansinos animales a abrevar al pilón, que
por estar ubicado en tan céntrico lugar era el principal, en desdoro del otro
pilón, llamado de las afueras, vaya usted a saber por qué.
En esta plaza digna de
estancia real había también un conjunto escolar: conjunto porque eran dos las
escuelas, una de niños y otra de niñas, como manda la moral y las buenas
costumbres, no revueltos todos sin decoro alguno, aunque, como pronto se verá,
la costumbre se había relajado. A esa temprana hora ya estaban en el aula los
alumnos, pero ante semejante alboroto, el maestro, don Federico, que lidiaba él
solo con una caterva de chicos y chicas de todas las edades, decidió adelantar el
recreo. Llamó al más espabilado de los
alumnos, un enclenque de piernas de palillo, pelirrojo, de ojos saltones, y le
mandó en busca del médico, cumpliendo la sugerencia de Raimundo, el tonto, que
también había sido alumno aventajado del maestro, aunque en el último curso se
le había averiado un poco el caletre,
decían las malas lenguas que por verse contrariado con su primer amor, una
zagala que vivía pared con pared con él, a la que los padres, dueños de una hacienda
menos anémica que la de la mayoría de los convecinos, habían mandado con las
monjas al final de aquel verano que precediera al último curso de secundaria.
Pero volviendo a nuestro
relato, dejando las historias de antigualla para mejor ocasión, resultó que don
Abundio había aparecido como por encanto, cuando apenas hacía un minuto que las
masas habían mandado a alguien en su busca. El zagal del cabezón pelirrojo
quedó muy contrariado, dando rabiosas patadas a los chinarros de la plaza, por
no haber consumado él la búsqueda y traída del doctor ante la enferma.
El médico llevaba
calados unos quevedos porque decía tener la vista cansada, pero más bien era que le daban un empaque algo poético. Se
miraba y remiraba en el espejo, poniendo caras y muecas, sonriendo cuando la
pose era de su agrado. Casado con su novia de siempre cuando ya eran
suficientemente viejos ambos como para no poder engendrar hijos, vivían el
placentero sueño de los justos sin haber iniciado el último viaje, él siempre
de acá para allá, cuidando a sus enfermos y dándole a la lengua, su gran
afición, y ella de visita en visita, con las amistades de toda la vida, aquí te
traigo unas pastitas de té que he comprado en la capital, mira qué bombones tan
ricos, y cosas por el estilo.
Bien, pues ya tenemos a
ambos colocados en la escena, él en casa de la Petronila, portando su cartera
de cuero abundante en aparatos obligados al uso médico, ella en la primera
visita del día, en casa del cura, a la tertulia matutina con la señorita
Remigia, hermana y ama de llaves del mosén, vieja solterona ataviada con una
nariz de rapaz, dientes de conejo, cabeza de chorlito y aspecto global de
cacatúa, aunque, eso sí, virtuosa como la que más.
Esta situación había
quedado plasmada en la retina de nuestro investigador, pues cuando andaba
fisgoneando por las calles del pueblo, al llegar a la plaza, a través de los
visillos pudo adivinar las siluetas de sendas mujeres, la señorita Remigia, ya
quedó dicho, y doña Patrito, la médica,
que ahora se la nombra con su nombre y mote correspondientes, para que quede
constancia para la posteridad.
––Vete
al cuartel y dile al cabo de mi parte que se pase por aquí, acompañado de un
número, ––dijo
don Abundio a Josito, el cabezón pelirrojo, que salió escopeteado y ufano a
cumplir el mandato de esta nueva autoridad, de mayor rango aún que la que le
había dado el primer recado.
Cruzó Josito la plaza,
bamboleándose con torpeza por culpa del cabezón tan grande que portaba, pues lo
desestabilizaba mayormente. Al pasar junto a la fuente dio una palmetada al agua
que se remansaba en el pilón, no vaya a creerse que por tener un cacumen despejado dejaba por ello de ser un
chaval como cualquier otro. Bajó la calle mayor triscando, como las cabras de
su abuelo, en pos de los guardias, pero a mitad de recorrido adivinó las
siluetas inconfundibles del cabo y de Raimundo que venían calle arriba. El
tonto le iba explicando al cabo, con grandes aspavientos, lo ocurrido a la abuela
de la Enramá, esto último es el nombre de la calle, cuando el cabezón del pelo
rojo, al verlos, pegó un bufido digno de búfalo descontento, chafado otra vez
porque se le habían anticipado, impidiéndole hacer realidad su deseo de llevar
a buen término el recado del médico.
Ya don Abundio había
entrado en casa de la accidentada cuando llegó don Filiberto, cubierto con su
tricornio acharolado, que, cruzando el patio de la casa, alzando los brazos,
atusándose a intermitencias los grandes bigotes negros con punta hacia arriba,
se dispuso a frenar la avalancha de curiosos que pugnaban por entrar en casa de
la malherida. Con un ligero ademán de la cabeza mandó al cabezón pelirrojo en
busca de refuerzos, saliendo el zagal otra vez a la plaza, y de nuevo palmoteó
el agua del pilón de la fuente, y repitiendo sus movimientos emprendió la
carrera calle abajo, aún más contento si cabe porque ahora era mayor la
autoridad de quien le había dado el recado. Mas como el diablo es algo guasón,
volvió a tomar el pelo al pelirrojo de la cabeza de buque, y no bien había
acabado de girar a la derecha, al final de la calle Mayor, en pos de la plazoleta
del Horno ––sabe Dios de
donde le vendría el nombre a la plazoleta–– cuando avistó, para su
desdicha, a dos números, léase guardias, que subían por la calle del Tinte,
otro intrincado nombre, algo atorados por haber dejado que el cabo marchara solo
a ver qué pasaba.
––¡Josito,
para dentro!, ––dijo
don Federico como viera aparecer al chaval, escoltado por los dos guardias.
––Pero,
don Federico, si aún…, ––no
hay peros que valgan, dijo el maestro alzando la voz, sin dejarle acabar la
frase, señalando el aula donde habían entrado ya alumnas y alumnos, toda vez
que don Federico había dado por terminado el azaroso recreo.
Mientras tanto el
fisgón apuntaba las incidencias que le parecían extrañas o novedosas, amparado
por las sombras de un rincón del patio de la casa, al que una buganvilla de
tonos mitad rojizos mitad violáceos daba color. A pesar de su esmero, se le
escapó un detalle sin importancia, que no era otro que la presencia del gato de
la señora Petronila, embebiéndose del discreto sol de la mañana, apoltronado
sobre un recodo horizontal del tronco de la buganvilla, aunque en defensa del
indagador, el color del gato lo hacía fácil de confundirse con las bellas hojas
de la trepadora.
––¿Qué
ha ocurrido aquí?, ––había
preguntado con aires de jerarquía a
Nicolás, el alcalde, que salía de la casa acuciado por la necesidad de llevar las vacas a abrevar en
la charca, oficio importante, pues de ello depende en parte la cosecha de leche
de cada día.
––La
Petronila, que se ha caído de la escalera de la troje y dice don Abundio que
tiene rota la cadera, ––le
contestó la autoridad municipal.
El cabo no dijo nada;
se limitó a saludar al alcalde llevándose la mano derecha a un lado de la
cabeza, a la altura del tricornio. Luego, comprobando que la pareja de
subalternos tenía controlada la situación, quitándose el tricornio, entró en la
casa, y guiado por los gritos que daba
la pobre mujer, llegó a la habitación donde se encontraba postrada. El médico
había terminado la exploración y se disponía a colocarle la pierna de manera
adecuada, pero la señora Petronila se resistía, acuciada por el dolor, y no
paraba de chillar.
––Ha
sido el rojo, ese tiene la culpa, el rojo, el rojo.
––Calle
y estese quieta, que no puedo entablillarle la pierna, mujer.
––Lo
mato, cuando me ponga buena lo mato.
––Está
usted como para matar a nadie, señora Petronila. ––El médico era muy considerado con
sus pacientes, los conocía a todos de arriba abajo, y Petronila era de las más
antiguas clientas del doctor por causa de la tensión alta y el azúcar, a los
que, a base de pastillas, mantenía a raya, y no habían logrado acabar con la
vieja a pesar de los muchos años que el carnet de identidad señalaba con
impudicia.
––Hágame
un favor Filiberto ––dijo
el médico al cabo en un lenguaje campechano escanciado, sin duda, en las
partidas de dominó del club social, llamado casino con cierta burlona rimbombancia
por los contertulios habituales––
llame usted al 112, que vengan a por la enferma. Dígales que tiene rota la
cabeza del fémur de la pierna izquierda, y que habrá que llevarla al Hospital
para que le pongan un clavo.
––Al
instante, amigo Abundio, ––respondió
el agente de la autoridad apartando a un lado el atestado que había estado
escribiendo a vuela pluma a la par que el doctor atendía a la accidentada.
En la plaza el circo iba
apaciguándose; ya mayoría de los presentes, aburridos, habían emigrado en busca
de mejores lugares de conversación. Nuestro hombre, el aprendiz de Sherlock
Holmes, había salido a la calle disimuladamente, no fuera a ser que lo llamaran
entrometido o fisgón, pensaba para sus adentros. En un momento de despiste de
los guardias, que salieron tras los últimos vecinos que abandonaban el patio,
se asomó, es un decir, a la antesala de la casa, al tiempo que la abuela echaba
la culpa del percance al rojo.
Quedó pensativo este
intérprete de lo misterioso, repasando la lista de los paisanos dignos del
apelativo de “rojo”. El buen hombre, ya casi tan viejo como la señora
Petronila, se jactaba de haber sido militante de Izquierda Republicana. Tan
esplendorosa incidencia debió ocurrirle en su más tierna infancia, y quizás, y
esto es lo más verosímil, fueran su padre o su abuelo los militantes de tan
enjundioso partido. Como se podrá deducir de sus sospechas, ideas políticas de
tan alta alcurnia, si alguna vez las tuvo, le habían abandonado sumidas en la
atarjea de la indiferencia que los años traen.
Pues lo dicho, que en
su lista había escasos vecinos a los que pudiera seguirse llamando con el
apelativo de rojos. Fue escribiendo sus nombres, uno por uno, en las primeras
páginas de una libretilla que se había agenciado como instrumento de su
investigación. Había en cada página enjundiosas razones, de mucho peso sin
duda, para señalar con el dedo acusatorio a aquellos sujetos, culpable alguno
de ellos de la hazaña de hacer que la vieja cayera por la escalera del sobrado.
Mas como los susodichos
no han sido ni tan siquiera citados o enumerados, vamos a la tarea: el primero
don Federico, el maestro, que enseña a los alumnos toda una serie de
historietas sobre los beneficios de la tal “democracia”, vaya usted a saber qué
es semejante palabra, con qué embustes embaucará a los pobres niños ese ateo
desvergonzado; el segundo el cura, que mucha bendición y muchas oraciones, pero
desde el púlpito siempre anda diciendo que hay que olvidar la guerra de una vez por
todas, que no la ganó nadie, que la perdimos todos, y cosas por el estilo; el
tercero el alcalde, Nicolás, que no hace otra cosa que subir los impuestos para
reparar las calles y dar trabajo a los parados y eso no puede ocurrírsele a
nadie que no sea rojo de pies a cabeza; el cuarto y último…bueno…para el cuarto
puesto no tenía candidato, así que la cuarta página quedó de un blanco
inmaculado.
Pasaban por la calle
las humildes bestias camino del pastoreo en la dehesa. Algunos hombres entraron en la casa y por su
vestimenta el fisgón dedujo que eran del servicio de Urgencias, aunque tampoco
hacía falta ser muy espabilado, pues además eran portadores de una camilla.
––Pepito,
ha sido Pepito, el rojo, el rojo, ––gritaba con desesperación la abuela, levantando
la cabeza de la camilla, dificultando a los camilleros en su labor.
––Tranquila,
señora, tranquila, ––intentaba
convencerla una joven que llevaba en la espalda de la chaqueta estampada la
palabra “Médico”.
La plaza del Pilón
aparecía ahora vacía, aunque ya los tibios rayos otoñales, asomados a
contemplar el agua juguetona de la fuente del pilón, hacían saltar de la acuosa
superficie reflejos iridiscentes. Algunas ventanas de las casas que componían
la plaza en forma de rectángulo dejaban asomar su interior a través de visillos
entreabiertos por manos y ojos escrutadores, figuras vigilantes desde
posiciones estratégicas, difuminadas en el profundo paisaje interior de las
estancias. Mientras, la señora Petronila, pasajera de la ambulancia y de la
despedida, dejaba en el pueblo, donde había dilapidado toda su vida, un
rastrojo de indiferencia. A cuestas con su herencia de olvido, caminaba hacia
lugares indefinidos de blancas e impolutas paredes, olores incontaminados y
silencios impenetrables. Su amiga Consuelo, gemela de edad y calamidades, ya
que no de sangre, dejó que las lágrimas impregnaran su pañuelo, sabedora de que
aquella podía ser una ruptura definitiva.
Olvidadas ya las
últimas casas, lejanas en la ventanilla trasera del vehículo, prados y huertas
desfilaban en el adiós a Petronila, despejados unos, somnolientos los más, en
la mañana de aquel otoño. En este pueblo por donde ahora pasamos, que queda a
nuestra izquierda, vive Josefina, la hija de su difunta hermana mayor, casada
con el boticario. Buena boda hizo, pensaba Petronila, acunada por algún
melifluo espíritu inyectado por el bueno de don Abundio, olvidada ya su
maltrecha pierna y abandonada al destino de lo incierto.
Despierta de su letargo
preguntó al enfermero por la tensión que tenía, al ver que acababa de
tomársela. Satisfecha de las cifras que el joven le dijo, se dejó mecer de
nuevo por los recuerdos que le fluían con inusitada facilidad, y al pasar por
el pueblo de cuyo nombre no había querido acordarse en setenta años, estalló de
pronto la vívida imagen de un baile al que acudió en las fiestas del lugar, con
su amiga Consuelo, y de los ojillos juguetones y temblorosos de un primo de
Consuelo, por nombre Elías, que no la dejó ni a sol ni a sombra en todo el
baile. Aquel amago de noviazgo fue cortado por lo sano; ella había sido
designada por la familia, al ser la menor de las hermanas, para atender a los
padres en la vejez, o sea, que se había quedado para vestir santos, soltera
desde la cuna.
Ahora la ambulancia
dejaba atrás el pueblo, como Petronila abandonaba a su enrejado amor, envuelto
en la bruma de la distancia, aquella que mediaba entre ese aciago día y aquel
otro en que acompañó a su amiga Consuelo al entierro del querido primo. Para entonces
ya hacía muchos años que Petronila era dueña de sus silencios y había sido
deseo suyo, compartido por la amiga, privilegiada conocedora de aquel imposible
amor, acudir al entierro del abuelo, que abuelo era de varios nietos, pensando
que aquel muerto y su familia podían ser su muerto y su propia familia.
Para pasar
desapercibida en tan solemne ocasión, decidió vestirse al estilo carnavalesco,
al que era muy aficionada, o sea, de hombre, cosa que se le daba tan bien que
por las Águedas siempre hacía el oficio de alcaldesa y más de un año había
mandado al mismísimo alcalde en persona a tomar vientos. Acudió pues al baúl
que su padre trajera a la casa con el ajuar cuando casó con su madre. En
realidad era un simple cajón de madera tachonado y encuerado para darle más
lustre, que estaba medio olvidado en un rincón de la habitación más oscura, una
a la que se entraba desde la alcoba principal, y que no disponía ni de la más
mínima ventana por donde pudiera entrar un leve resquicio de luz. En esas profundidades
de habitación y de baúl guardaba la vieja Petronila un traje de pana negra, tan
reluciente como debió estarlo el antiquísimo día en que se casaron sus
progenitores. A la muerte del padre, los deudos habían pensado, a la hora de
amortajarlo, que ese traje era excesivo en elegancia para presentarse ante las
puertas de San Pedro, no fuera a ser que lo echaran por desconocerlo de tal
guisa. Así que el padre vadeó la laguna estigia enfundado en otro traje más
raído y pelado, quedando el de nupcias durmiendo el sueño de los justos.
Pensaba Petronila en su
otro novio, pues al ya relatado lo contaba como tal. Este segundo resultó ser
un cincuentón que le hacía la corte cuando ya se había quedado sola. Pero la
cosa no cuajó, seguramente porque aquel apolíneo sujeto debió pensar que la
mujer no era buen partido y las citas primeras, tan cercanas, acabaron
difuminándose poco a poco, hasta que Petronila cortó de golpe la relación dando
un portazo a aquel chamarilero vendedor de ausencias.
La ciudad cárdena casi
negra se iniciaba amenazadora en sus calles ahítas de vehículos, el sonar
amenazante de gritos y cláxones, la esencia misma del desenfreno. La ambulancia
sorteó con su añadido ruido ensordecedor el vericueto serpenteante de calles
alumbradas de semáforos y vomitó su carga a la entrada del Hospital, catapultados
hacia el hall la paciente y sus acompañantes por el enérgico frenazo del joven
aprendiz de fitipaldi. Celadores pareados trasladaron a nuestra buena Petronila
al fondo de saco del Servicio de Urgencias cuando ya ella despertaba a trancas
y barrancas de su sueño, inducido por alguna pócima administrada a tiempo
parcial. Cuando abrió los ojos todo era blanco, las paredes, el techo, hasta el
suelo, aunque éste no estaba al alcance de sus vacuos ojos, anegados del rugoso
muérdago de una catarata antigua.
––Quieta
señora; respire; no respire; dispara, ahora.
––¡Eh?
¿Qué dice?, ––clamaba
la vieja, dura de oído más por prosapia antigua que por enfermedad presente.
––Que
se esté quieta, abuela, la radiografía, abuela, que le estamos haciendo unas
radiografías.
––Joder,
está hecha añicos esa cadera, ––exclamó
con cierta pompa el residente de Trauma, viendo las imágenes desde la cabina
protegida contra la radiación.
––No
es para tanto, con un clavo se arregla, aunque quede un poco coja; total, a su
edad poco va a correr, ––contestó
bondadosamente el médico adjunto al temerario residente de primer año.
Un paraíso de ajetreo se formó al instante y en un
abrir y cerrar de ojos quedó listo el quirófano. Petronila empezó a naufragar
mientras una hendidura húmeda cuajaba sus párpados inundados de desasosiego. No
tardó gran cosa en quedar insertado un
tornillo en el lugar adecuado para que la vieja Petronila pudiera sostenerse en
pie, aunque aún debieran pasar unos días de levantado precoz, rehabilitación y
esas menudencias de escasa monta, que deciden si el paciente volverá a valerse
por sí mismo o quedará inútil de los remos para el resto de sus días.
Quedó instalada la paciente en una habitación y dado
que era de buena encarnadura no tardó en recobrar los colores perdidos en el
avatar de la caída y en la posterior cruenta reparación. La bondad de la
evolución se vislumbró en el mismo momento en que empezó a pedir comidas algo
más contundentes que las sopillas de escasa monta con que era obsequiada cada
día. Ya el domingo a mediodía se quejó de que el arroz que le ofrecían estaba
carente de toda sustancia, y a ver qué había pasado con las rodajas de chorizo,
que a un buen arroz no pueden faltarle unas hermosas rodajas de chorizo, dónde
habían aprendido ellas a cocinar. La auxiliar le espetó que de cuándo acá el
arroz lleva chorizo, inculta ella, desconocedora del sincretismo pucheril de
las buenas viandas de nuestra amiga Petronila, audaz hasta decir basta en
mezclas de altos vuelos, repletas de desfachatez delirante de colorido y
aromas.
El sabueso indagador convino consigo mismo que había
que atar corto a la enferma para ver si había suerte y pudiera encontrar, a
través de sus comentarios, algún resquicio por el que penetrar en el sancta
sanctorum del indescifrable asunto que se traía entre manos. Por ello decidió hacerse
pasar por familiar de la enferma y consiguió una tarjeta con la que taladrar
cada tarde el impenetrable bunker que se montaba a la entrada del hospital con
objeto de ahuyentar a los malignos visitantes, que no hacían otra cosa que
molestar a los pacientes, pobrecitos, con lo deseosos que estaban la mayoría de
ellos de que los dejaran en paz, y que los familiares se dejaran de zarandajas y visitas. Las tardes que el investigador pasó
acompañando a la vieja fueron pocas, a decir verdad, pues en menos de una
semana había sido dada de alta ante la evidente mejoría sufrida.
¿Mis sobrinos y los
hijos de mis sobrinos? ¡Hay, la juventud! No tienen para con nosotros, los
viejos, otro recuerdo que el olvido. Algunos son tan osados que vienen a casa de
año en año a darle un beso a este carcamal, cuando vuelven al pueblo en las
fiestas del verano. Hay una, Soledad se llama, que hasta me trae unos bombones
cuando me visita. Yo no le digo nada de lo del azúcar, ya se apaña luego la
Consuelo de engullírselos todos; es muy glotona, sobre todo para los dulces:
los bombones son su perdición. Una vez se pegó un atracón tan grande que estuvo
a las puertas de la muerte. Bueno, a las puertas ya estamos las dos cada día,
pero vaya, que dio un pasito para adelante. Ahora, con esto de la cadera, me da
la sensación de que yo he dado cuatro o cinco, y lo malo es que no sé a cuantos
pasos estaba del final.
Este hombre que me
pregunta se me parece un montón al Elías, pero ya hace años que lo enterramos,
¿no fue cuando me vestí de hombre, como en el antruejo? ¿Estaré delirando? Pero
no, este hombre está aquí, delante de mí, y viene todos los días a verme. ¡Ay,
ay, ay, mira que si es una tentación del diablo! A la vejez viruelas, yo que
sé, ¿no será que a última hora estará esperándome la dicha que nunca tuve? Quizás
para Petronila el amor desplegara sus alas al atardecer, como el búho de Minerva.
––¿Qué
podemos hacer con la abuela?, en su casa
no puede valerse por sí sola, ––comentó el jefe del servicio de
Traumatología al conocer que no tenía familiares directos.
––Hemos
cursado una consulta a la asistente social para que le busque una residencia, al menos por un
tiempo, aunque ella clama por volver a su casa; es más pesada que una canción
de trilla, ––comentó el adjunto–– va a terminar demenciada.
––Está
bien, pues dadle el alta y que se la lleven cuanto antes.
Llegados a la
Residencia, acomodaron a nuestra buena mujer en el segundo piso, donde iban a
parar los pacientes inválidos; el primero era para aquellos que aún podían
bajar hasta la planta baja, arrastrándose con la ayuda de andadores y
artilugios similares. No tardó Petronila en tomar conciencia de donde se había
metido, o a donde la habían llevado, pues a fin de cuentas ella no quería saber
nada de aquel lugar, y cuanto más pugnaba por escapar de allí, más entorpecía
las cosas.
––¿Es que no me oís? Tengo mojado el
pañal, cambiádmelo de una vez por todas.
––Petronila…Petronila,
ya te he dicho que aún no te toca, que hace 2 horas que te lo cambié; tienes
que esperar hasta después de la cena.
––¿Y
voy a estar toda la tarde con el pañal mojado?, no tenéis consideración con los
viejos, sois todas unas desalmadas.
––Es
lo que toca Petro. No te queda otro remedio que aguantarte.
––¡Zorras,
que sois unas zorras!
––Pero
que lengua tienes, Petro, había que cortártela.
––Eres
una hija de la gran puta, eso es lo que eres, y no hace falta que me digas que
me he jugado la cena, no me importa si he perdido, me quedo más a gusto
diciéndote las verdades que comiendo esa bazofia que llamáis sopa.
Las conversaciones de
Petronila con las auxiliares casi siempre eran del mismo tono y con la
acompañante de habitación, doña Asunción, no había nada que hacer, pues estaba
enferma de un mal de la cabeza y no daba pie con bola de las tonterías que
decía, así que al segundo día de estancia en la residencia ya se había cansado
Petronila de darle coba a la tal doña, que debía tener ese título porque era de
las de pago, o sea que soltaba la guita cada mes, no como las pobretonas como
Petronila, que estaban allí porque la Seguridad Social corría con los cargos,
que eran menores, naturalmente, que los de las floreadas con el doña por delante del nombre.
Las visitas del hombre
de la gabardina se convirtieron en el único aliciente de Petronila y cada tarde
esperaba con devoción a que el hombre aquel llegara y la sacara al jardín, sentada
en una silla de ruedas que el investigador consiguió para ella, no sin antes
dar la taba al director de la residencia varias tardes seguidas hasta que
consiguió el vehículo aquel. Cuando la vieja estaba de buen humor, no siempre
se encontraba de tal guisa, repasaba con el hombre los avatares del pueblo,
porque él conocía a sus gentes tanto o más que ella: parecía un descolorido cartapacio
que guardara en su interior el acontecer de todo un siglo. Esto a Petronila la
desconcertaba un tanto, pues era incapaz de comprender cómo ese sujeto podía
estar al tanto de los más íntimos mecanismos, engranajes y aceites que mantenían
la maquinaria sin herrumbre para que el pueblo caminara sin caer un mes tras
otro, un año tras otro, y eso cuando parecía que todos ellos, los vecinos, no
hicieran otra cosa que dar golpes, cada cual por un costado y a su manera, para
tumbar aquel ser trastabillante que era su bendito pueblo.
Pero en lo más íntimo
de su ser Petronila no guardaba otra cosa que la promesa que en sueños le diera
su virgen ––la
virgen de su pueblo, la más milagrosa de todas––, de que finalmente podría andar,
valerse por sí sola, y huir de aquel antro donde la tenían secuestrada y
atontada la mayor parte del día y desde luego la noche entera.
Empezó a dar los
primeros pasos, titubeantes, con miedo a caerse y romperse hasta el alma, con harto
dolor en la pierna dañada. Pero eso duró pocos días; cada vez fue teniendo más confianza
en su fuerza y aún no llevaba un mes en aquella residencia cuando ya era capaz
de dar unos pasos sin sujetarse al andador.
Coincidiendo con la
evidente mejoría, a Petronila las visitas del tipo de la gabardina empezaron a
parecerle cada vez menos interesantes, incluso inoportunas. Se preguntaba qué
diablos pintaba allí aquel sujeto, al que no conocía de nada y sin embargo él sabía
de las vidas y milagros de todos los vecinos. Algo querrá. A mí no me interesa
este tipo, le voy a dar puerta.
––Además
tengo a Pepito, él es mi mejor compañía. No necesito a nadie y menos a este
carcamal, que no sabe ponerse otra cosa que esa gabardina. ¿No se dará cuenta
lo guarra que la lleva, toda llena de
manchas? Parece que no se la hubieran lavado nunca, ––clamaba en voz alta Petronila en el
jardín de la residencia, aprovechando que el hombre había ido al cuarto de
baño.
––Tengo
una tarea, me he empeñado en descubrir al autor del desaguisado y lo
conseguiré, tarde o temprano, ––clamó
para sus adentros el aprendiz de Sherlock Holmes, mientras evacuaba la vejiga;
luego, parsimoniosamente, tiró de la cadena, emergiendo del desagüe un rumiar
de albañales antiguos.
––Él
no tuvo la culpa, fui yo sola; me caí como una tonta de la escalera; él sólo se
cruzó cuando iba yo a dar un paso y se me enredó la falda, ––se lamentaba Petronila
disculpando al cómplice de su caída.
Aquel día el hombre se
despidió de ella por algún tiempo, pues dijo que se iba de vacaciones unos días
a la playa de Benidorm, ahora que no hay turistas y los hoteles están tirados
de precio, en verano no se puede ir, está todo muy caro, pensaba decirle esta
retahíla de vulgaridades a Petronila, y no queda muy claro si llegó a
decírselas, pues por un lado ella atendía poco las razones de él, a la espera
de no se sabe qué visita deslumbrante, y él repasaba sus apuntes queriendo en
el último instante descubrir al autor del descalabro de la señora Petronila, sin
reparar en la abuela, que aquella tarde se había negado a dar el paseo sin
ayuda y se aferraba a su andador como el ahogado a un clavo ardiendo.
A la salida de la residencia
nuestro hombre pulsó el botón del semáforo y esperó la luz verde. Cruzaba tranquilamente
hacia el otro lado de la calle cuando vio venir de frente, atravesando la calle
como él, pero en sentido contrario, un gato de color rojizo. Entonces se le
iluminó la trasnochada materia gris que deambulaba dentro de su cabeza y
reaccionando con prontitud exclamó como en un susurro al pasar el gato a su
lado: “Pepito”. Hete aquí que se obró el milagro: el felino paró un instante su
acompasado andar y lo miró fijamente con sus ojos de cobre. Al hombre le corrió
un relámpago de escalofrío por la espalda y cuando volvió a la realidad ya el
gato había alcanzado el otro lado de la calle. Se quedó unos instantes
observando cómo el animal se metía entre los barrotes de la verja, alcanzando
el jardín de la Residencia con inusitada habilidad, trepando luego por el
canalón hasta el alféizar de una ventana del segundo piso.
En la noche, lejanos ya
los proverbios del rey sabio, cuando se disponía a lavarse los dientes antes de
meterse en la cama, entró en la habitación
y cogió la libreta. Tachó los nombres que había escrito en las tres
primeras páginas, y en la cuarta, que se mantenía de un blanco impoluto, con la
mejor de sus caligrafías, escribió: “Pepito, el gato rojo”. Luego se zambulló
en la cama, bamboleado por el olor de la resina, y dejó que la memoria, poco a
poco, se le fuera inundando de luciérnagas.
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