domingo, 2 de septiembre de 2012

MARÍA DE LAS BATALLAS (Relato)

                                                                                                 A mi padre, in memoriam,
                                                                                               que volvió con María.

Agobiados por el tumulto de la despedida, los tres jóvenes repartían abrazos por doquier. Sus caras reflejaban el impacto del momento. Sus mentes de jóvenes, bruscamente llegados a la vida adulta, no podían asimilar tantas sugerencias, tantos consejos, tantos desatinos, en una despedida cuajada de imágenes, y se sentían acuciados por todas partes.

Había llegado el correo entre la algarabía de chavales que corrían tras él. En los últimos rincones de Castilla, que hay muchos, el correo es el autobús que trae y lleva el aroma de la civilización, un único autobús que en la mañana va a la ciudad y en la tarde vuelve a los orígenes. Al verlo llegar, el sufrimiento acorralado afloró en forma de llanto: lloraban las madres, lloraban los padres, lloraban en fin todos los que habían acudido a la despedida de aquellos tres soldados que se incorporaban a la milicia en tiempos tan hostiles: iban a la guerra.

Cada uno con su pequeño fardo, ocupado con la muda, unos pantalones, camisa y gabán, y la merienda de aquel día en que partían para convertirse en hombres nuevos. La plaza rebosaba de gente, el pueblo entero estaba allí, conscientes los más de que era una despedida definitiva. Aquellos padres, un abuelo superviviente de los embates de la enfermedad y los años, tíos, amigos, alguna novia, y hasta los enemigos de siempre. Todos, apretados en una especie de abrazo comunitario, daban su adiós a aquellos hijos que perdían para siempre.

El repetido sonar de la bocina llamaba a la partida. No se podía demorar más. Besos apretados, achuchones por todas partes, y un rosario sin fin de sensaciones imposibles de digerir en un instante. Finalmente el coche partió con los tres aprendices de soldado engullidos dentro de su estómago. Asomados a las ventanillas, veían desfilar aquellos campos de su infancia adormecida, los arroyos que bajan al águeda, los pinares a ambos lados del camino, las norias de los últimos huertos tras las tapias que flanquean la salida del pueblo. Atrás quedaba el grupo dándoles el adiós, alejándose, achicándose lentamente al ritmo que impone el traqueteo del autobús. Por entonces aun no conocían a María.

El más endeble, Miguel, casi un niño, aún lloraba desconsoladamente al llegar a la ciudad. En sus pocos años de vida tan sólo había salido del pueblo una vez, al baile de la fiesta mayor del pueblo vecino, por San Mauro. Algunas escapadas a las corridas, en aquellas plazas de carros que levantaban poco más de un metro, en los pueblos portugueses del otro lado de la raya, no podían tenerse en consideración, pues iban y volvían en el día, a lomos de caballo o burro cansino. Pero a la ciudad no habían llegado sus correrías ni por asomo. Cuando Miguel la vio por primera y última vez -eso él no lo sabía- todo se hacía grande en su cabeza adormilada por el recuerdo: las casas, las calles, algunos coches y personas; sobre todo personas que parecían andar sin rumbo. No comprendía nada de aquello.

Rafael, más espigado, vivaracho, hablador, consolaba a su primo señalando con el dedo todas aquellas maravillas que contemplaban al entrar en la gran ciudad. Lo decía con el corazón, abriendo los ojos desaforadamente al contemplar cada nuevo descubrimiento en forma de edificios de altura jamás imaginada, ni tan anchas calles, ni automóviles tan lujosos. Y mujeres, multitud de mujeres. Pero allí no estaba María.

Gabriel, pacífico, campechano, dormía apaciblemente aprovechando hasta el último suspiro de lo que creía era una libertad recién ganada. Trabajando noche y día en el campo con su padre, ayudándolo a llevar una numerosa familia, no perdía mucho tiempo en valoraciones, lo suyo era amueblar cada rincón de la vida según iba ampliándose. Ni los empujones, ni las voces que los otros le pegaban, lograron sacarlo de su apacible duermevela.

El cuartel era una algarabía del demonio; allí se mezclaban voces, carreras y órdenes. Había reclutas recién llegados, aun con los hatillos a cuestas; otros llevaban las ropas de la milicia en las manos. Había mandos con galones más o menos anchos o estrellas de más o menos puntas. A lo lejos se oía a María, era la primera vez; los tres muchachos la oyeron, pero como aún no la conocían no repararon en ella.

Sin reponerse del susto, entre las voces de los otros, que eran sus propias voces también, aquellos reclutas venidos desde la última aldea, envueltos en un vendaval de ruidos, viajaban pasajeros de la ignorancia como todos esos chavales que les rodeaban. Sólo entonces tomaron conciencia de que aquello no era una broma, sólo entonces se sintieron verdaderamente solos. Y tanto Gabriel, como Miguel y Rafael, corrían detrás de los más veteranos como corderillos que buscan a su madre. Así conocieron a María, primero casi sin enterarse, luego ensimismándose en ella. No los abandonaría a ninguno hasta la tumba, fue fiel a ellos hasta el final y aun después.

No hubo tiempo ni lugar para instrucciones ni otras zarandajas. A cada cual le colocaron un fusil Mauser entre las manos. En cuatro palabras les enseñaron cómo se cargaba aquel arma, qué hacer para apuntar y de qué manera disparar. Después cada uno que se valiera como pudiera. ¡Y a luchar, que la patria herida no puede esperar con los brazos cruzados mientras los enemigos atentan contra sus muros! Cartuchera y cantimplora acompañaron al soldado en su viaje mesetario hacia el frente; también el frío, en un viejo tren de madera que más que correr andaba, como temeroso de abrir la tumba, temeroso de llevar a la muerte a tantos jóvenes llenos de vida.

A través de la ventana pasan las estaciones, unas veces solitarias, sombríos espantajos en la noche, adivinadas más que vistas en medio del campo solitario; otras veces llenas de gente bulliciosa que les vitorea a ellos, héroes que los defienden del enemigo invisible y malhechor. ¡Pobres soldados, que no conocen el color de las ideas, ni el de la sangre!, ni tampoco el de la soledad, negra como cuervo atravesando los páramos inmundos, esos que hay que defender al precio de la propia vida.

El frente era irreal como la vida misma, allí no se veía a nadie, no había enemigo ninguno. La alta meseta castellana es una tierra baldía, una inmensa planicie rota a trechos por pequeñas arboledas pardas. Cubierto por la nieve, se acrecienta la sensación de soledad del yermo estéril. Los sonidos se agrandan, las pequeñas hogueras se dilatan en su luz y las palabras se multiplican avivadas por la ansiedad de lo desconocido. A lo lejos se oyen cañonazos intermitentes, cansinos, que parecen tan sólo querer negar el sueño a los combatientes. Más raramente un obús cruza la estrecha línea que separa a ambos bandos y pasa silbando por encima de las cabezas. Cuando hay menos suerte cae sobre alguna trinchera, dejando un teatro de destrucción y de muerte.

Los primeros días fueron un frenético ir y venir con el pico y la pala, cavando largas zanjas que servían de trincheras para protegerse y asentarse sobre el terreno, antes de intentar ganar nuevas posiciones. Gabriel había sido, aparentemente, el menos afectado por la movilización, pero aquello ya no le gustó nada: vuelta a las andadas, a trabajar como un negro, él, que creía haber encontrado la felicidad suprema al huir del trabajo. Las jornadas se le hacían interminables, metido en aquella zanja húmeda como un calabozo. Eso no era una guerra, eran trabajos forzados. Y para colmo la única comida del día era una lata de carne mugrienta, de olor nauseabundo, o de sardinas, pescado desconocido para todos ellos, pues el corazón del mar jamás había viajado hasta su tierra.

Miguel era demasiado débil para aquel trabajo y a decir verdad para cualquier otro: un chaval escuálido, que había ido creciendo a trancas y barrancas, superando a duras penas sarampiones y escarlatinas. Como no podía con el pico y la pala, pues no seguía el ritmo de los demás, le dieron el bochornoso trabajo de llevar con la carretilla toda la tierra que sacaban de las zanjas, hasta el lugar elegido como puesto de mando, donde los parapetos eran mayores; ya se sabe, en algo ha de diferenciarse el mando de la tropa. A pesar de todo, las toses, cada vez más broncas y ásperas, salían de aquel pecho, escaso y raquítico, como si tornaran desde una caverna profunda. Se anunciaba lo peor.

Como en la Compañía de los tres soldados se formó un pelotón a modo de avanzadilla de reconocimiento, Gabriel no dudó un instante en apuntarse. Fue el primero, pero no para demostrar su hombría; lo único que buscaba era huir de la zanja, de la agobiante humedad y del duro trabajo que le imponían día tras día el cabo y el sargento encargados de lidiar con la plebe.

Parecía no pasar el tiempo en la soledad impuesta por el ritmo cansino de los trabajos y los ruidos de la noche, del caer lento de los obuses, de los disparos de algún que otro fusil perdido en la distancia. Ellos se dieron cuenta de que el calendario había dejado caer otra hoja cuando llegaron las cartas. Fue tal la algarabía que se formó que del otro lado del frente contestaron con un ritmo de disparos más regular, como queriendo ahuyentar la alegría del enemigo asqueroso. Era un cuadro surrealista contemplar aquella multitud de pronto silenciosa. Un grupo numeroso rodeaba al chico con más luces, que iba leyendo en voz alta cada carta, haciendo paradas en la lectura, para dejar salir las débiles risas que sus compañeros y él mismo acompañaban a coro la lectura. Otros, más capaces, leían por sí solos, deletreando en silencio los renglones de sus cartas. Rafael, un privilegiado, portaba dos sobres. Lo miraban de reojo, con sana envidia, sabedores de que había dejado una novia en su tierra. Miguel leyó la carta en silencio, y en sus ojos grises se transparentaba una tristeza infinita, inundándose de lágrimas su rostro de niño. Allí estaba el recuerdo de los suyos, en esos renglones escritos sin duda, con pulso lento y caracteres barrocos, por el cura del pueblo; bien sabía Miguel que él era el único de su familia capaz de leer y escribir. Cada cual le mandaba sus besos, sus abrazos, un recuerdo íntimo compartido, que en el lugar sin límites del cuadro que se describe no podía traer sino nuevos gramos de soledad destilada pacientemente. También hablaban del socorrido tiempo, de aquel frío tan intenso, y de la nieve, que se había colado por entre las casas en aquel invierno despiadado. Rogaban a Dios -ésta era una parte sin duda escrita por el cura a beneficio de inventario- para que en el frente no hiciera tanto frío. Ruego vano, pues es sabido, y más por el cura, que el dios que conocemos no está en las batallas, es el otro dios, el de la ira, y a ese no le importa mucho si hace frío o calor.

La cantina era un espacio abierto al final de una de las galerías, y un cabo furriel hacía las veces de administrador del negocio y de camarero, todo en uno. No siempre disponían de lo que pudiera apetecerles, pero no faltaba nunca un buen vaso de vino o un trozo de pan con los que tragarse las penas. Rafael y Gabriel cogieron a Miguel en volandas, muy a su pesar, y lo llevaron a celebrar las noticias que habían traído las cartas familiares. Gabriel contó, para regocijo de todos los presentes, que él había dejado la lectura de la carta para después de la comida, temeroso de alguna mala noticia que le quitara las ganas de comer. Y en efecto, le llegó la noticia de la muerte de Jacinta, la guarra, que había parido cinco hermosos jabatos, pero había sucumbido en el embate. Difícil era creerse que a Gabriel se le quitaran las ganas de comer por tan poca cosa, y hubo muchas carcajadas de los oyentes ante relato tan cómico; el propio Miguel no pudo por menos de reírse francamente a pesar de que un escalofrío inoportuno le recorrió todo el cuerpo en ese momento. María les acompañó toda la noche, una noche muy especial por el sabor agridulce que proporcionaba la mezcla de alegría y tristeza. Fueron mayoría los que acabaron enchispados. Entonando su particular canción, abrazados en comparsa, regresaban a los colchones de maíz que servían de cama improvisada, cuando ya el hielo acuchillaba la madrugada.

Rafael desapareció como por encanto. Su inteligencia natural no había pasado desapercibida a los mandos. Junto con otros pocos compañeros fue adiestrado para servir como enlace con otras fuerzas -compañías, batallones, división- del propio ejército. Deambulaba horas y horas por los campos, guiándose por las estrellas o por la propia intuición, vigilando los movimientos del enemigo, llevando noticias y órdenes No siempre encontraba su objetivo, dada la movilidad continua de las tropas. Más fácil le era volver con los suyos, pues, como se ha visto, permanecían asentados sobre el terreno buscando afianzar las defensas para el avituallamiento del ejército. Pasó por un pueblo que había sido pasto de la guerra. Aunque ya no ardían las casas ni se veían soldados, los muros derruidos y las gentes huidizas no hacían necesaria ninguna pregunta. Si alguien le vio llegar, nadie pareció quererlo ver. Era media tarde y rendido como estaba, encontró cobijo en un pajar para pasar la noche. Aquella dulce caricia del calor le ayudó a dormir apaciblemente. A la mañana siguiente vio acercarse a una mujer que caminaba perezosamente con los pies desnudos. No era joven, ni tenía recuerdos de la juventud, -si es que alguna vez había gozado de ella-.Cuando Rafael la llamó se acercó despacio, con una mezcla de cautela y miedo. Al alargarle el brazo ofreciéndole las botas sin estrenar que guardaba en la mochila, ella esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Por primera vez en su vida el soldado experimentó una agradable y extraña sensación que le salía de dentro, de algún lugar indefinible.

Al regreso de su primera misión, Rafael ya no encontró a Miguel. Malos augurios eran aquéllos. Gabriel estaba con su propio grupo en misión de reconocimiento, preparando una acción desesperada de su batallón que había sido planeada por los altos mandos de la retaguardia -la Inteligencia Militar-, que contemplaban con nerviosismo la lentitud del avance de la División. Se trataba de una incursión en terreno enemigo para fijar exactamente las posiciones de la infantería y de la caballería.

Preguntó por Miguel en la cantina. Es éste un lugar siempre abierto por muy en guerra que se esté, y allí las noticias vuelan. El cabo le contó que lo había visto vomitando sangre y que se lo habían llevado al hospital de campaña, a unas tres leguas de distancia. Rafael se sintió muy mal con la noticia, que en parte esperaba, y aquella noche no tuvo ganas de cenar ni de volver a la cantina. Se prometió a sí mismo hacer una escapada a la menor oportunidad que tuviera, para verlo.

Lo mandaron con la misiva de entregar un pequeño mapa con la descripción de las posiciones enemigas, aquel que trazaran sus compañeros. Aunque los mandos estaban obviamente en la retaguardia, como ya se dijo, evitaban las comunicaciones por línea telegráfica, para no ser interceptadas. Era pues el momento idóneo, y no bien hubo terminado con la misión, se pasó por el hospital. Verdaderamente parecía un hospital robado, como reza el refrán. Tan sólo era un grupo de tiendas de campaña, con camastros en los que yacían multitud de soldados, la mayoría con algún miembro amputado, otros, presa de fiebres insanas, muchos aterrorizados por la locura del miedo.

No tardó en encontrar a Miguel, postrado en uno de aquellos jergones, con la cara de una palidez pajiza, ojeroso, mucho más delgado que la última vez que lo había visto. El enfermo se quedó mirándolo con fijeza, pero no dijo nada. Rafael intentaba animarlo, le contaba las peripecias de sus correrías, las novedades de la Compañía, pero no consiguió una reacción que hiciera suponer que allí aún había vida. Tuvo un acceso de tos con el que arrancó unos esputos sanguinolentos y terrosos, ya el pulmón hecho pedazos escapaba también del cuerpo desheredado de la fortuna. Después del acceso le sobrevino un ataque de fatiga, y Rafael, asustado, salió corriendo en busca del médico, que le estuvo auscultando, y al cabo, en un aparte le dijo a Rafael que la tuberculosis estaba muy avanzada y no había remedio alguno. No tuvo agallas para despedir al amigo y cuando volvía, atravesando los campos que la noche agranda sin cesar, no pudo reprimir el llanto, que parecía repetir jocosamente un cárabo escondido en la alameda. Clareaba cuando llegó a la posición de su Compañía, y como no le dieron una nueva misión se escondió en el camastro. Recostado en la cama dejó divagar la mente intentando asimilar tantas sensaciones que lo habían ahogado a lo largo de aquel aciago día. A lo lejos, como en uno de esos sueños que aparecen inmediatamente antes de despertar, iba y venía Miguel, con la voz de María a sus espaldas. Poco a poco fue adormeciéndose y el sueño se hizo realidad.

Las correrías del pelotón de Gabriel se fueron haciendo cada vez más arriesgadas, pues conocedor el enemigo de su existencia, dedicó todo su empeño a la labor de atraparlos en alguna emboscada. En una ocasión se libraron por los pelos cuando intentaban atravesar una garganta del rio: las piedras que se desprendieron de la altura, cerca de donde los buitres anidan, fueron a caer un centenar de metros por delante del grupo. Reaccionaron con rapidez poniéndose a cubierta bajo el roquedo, lejos de la vista y de los disparos de los que estaban apostados allá arriba. Pero la suerte no podía acompañarlos indefinidamente, menos aún en labores de vigilancia, aunque en la práctica se trataba de atravesar el frente y situarse junto a las posiciones del ejército contrario.

Intentaban vadear el rio, que en aquella zona era ancho, pero de aguas poco profundas, tan es así que podía atravesarse a pie. Era una ribera despejada, casi sin vegetación, con grupos de juncos y cañaveral en las orillas. Gabriel sugirió al cabo buscar otro vado menos visible que aquel, pues le parecía demasiado expuesto. No hizo mucho caso el cabecilla del pelotón, y mandó a sus hombres cruzar el río. De uno en uno, abriendo brecha él mismo, empuñando los Mauser, fueron adentrándose. Cuando estaban todos en el río, cada uno a diferente distancia de la orilla contraria, sonaron los primeros disparos. El fuego era cruzado, desde varios de los cañaverales que momentos antes parecían incapaces de esconder ni una sombra. Los hombres, sin capacidad alguna de reaccionar, fueron cayendo, mortalmente heridos. Gabriel intentó huir río abajo, siendo alcanzado en el brazo derecho, perdiendo el fusil, que se hundió en el agua. No contemplaba el soldado que el río, en su lecho, hacía juegos con la arena, formando pozas imposibles de imaginar desde la orilla. En una de esas trampas fue a caer, y no pudo hacer otra cosa que intentar salir a nado, aunque con agotador esfuerzo, pues la canana llena de balas era como una piedra que tuviera atada a los pies. Vio venir a sus enemigos, chicos jóvenes como él, riéndose de aquel pobre hombre, cogido en una trampa, ignorantes de que su propio destino estaba marcado con letras muy similares. Entonces Gabriel contempló su propia muerte, la sintió en las caras de los soldados que levantaban los fusiles apuntándole.

Pobre María, siempre al lado de los soldados, de uno y de otro lado de la delgada línea que separa a los contendientes. Se fue con ellos, ellos marchaban cantando, satisfechos del deber cumplido; atrás quedaron unos cuerpos destrozados, navegando río abajo, al capricho de las aguas.

En el monte Rafael pugnaba por orientarse, ajeno al cariz que iban tomando los acontecimientos de la guerra. Creyó equivocar el rumbo cuando cerca de las posiciones de su gente, tan conocidas, no vio el revuelo de tropas que se adivina incluso desde la lejanía. Cambió de ruta pensando que se había equivocado por algún fallo en su sentido de la orientación. Pero aunque era experto en recorrer los campos, en sacarle información a cada detalle mínimo que observaba en los caminos o las heridas recientes de los árboles, no era capaz de adivinar dónde estaban los ejércitos contendientes.

Pasó días y semanas deambulando a través de las campas infinitas, huyendo de los pueblos, comiendo de lo que el monte le ofrecía. Su resistencia se iba diluyendo poco a poco, la cara enjuta, la barba poblada, hablando consigo mismo y con las estrellas, enajenándose poco a poco. Un día, cuando ya sus resistencias escaseaban peligrosamente, fue sorprendido, dormitando bajo una carrasca, por un niño que pastoreaba con un pequeño hato de cabras. Ante visita tan inesperada, Rafael se arriesgó a preguntarle por los soldados, por la guerra. El chaval, abriendo los ojos desmesuradamente, como sorprendido por la pregunta, le contesto:

- ¡Pero si la guerra ha terminado hace más de un mes!

En el pueblo se rendía tributo a los tres soldados, muertos como auténticos héroes en defensa de la Patria. No habían podido recuperar los restos de los chicos, pero fue decisión unánime cavar una sepultura para cada uno, así tendrían las familias un lugar donde ir a rezar y a llorarles. El cura, en un principio, se mostró un poco remiso, pues era decisión poco ortodoxa, pero finalmente cedió. La tierra había ya cubierto las tres zanjas. El representante de Dios en la tierra rezaba unos responsos, y su voz se alzaba por encima de las oscuras gentes, en el aire impasible del frío atardecer. Permanecían cabizbajos, mirando a las tumbas, cuando de pronto se oyó a María. Allí estaban los antiguos compañeros, aquellos pocos que sobrevivieran a la guerra. Con ellos había venido, para despedirse de Rafael, Gabriel y Miguel.

Regresaba al pueblo la pequeña comitiva cuando a lo lejos vieron acercarse un hombre con la barba poblada y andar derecho, recuerdo de aquel que vieran irse una fría mañana de invierno, tiempo atrás. La primera reacción fue de incredulidad, pero al instante la novia del soldado echó a correr hacia él; la madre notó un vuelco en el corazón, mientras un nudo le atenazaba la garganta, hasta el punto de robarle las palabras. Atrás, en el cementerio, quedó anclado para siempre el recuerdo de los otros dos.

En el silencio de la tarde casi anochecida María quedó flotando como un susurro. Porque María, María de las Batallas, es una canción de guerra.

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