que volvió con María.
Agobiados
por el tumulto de la despedida, los tres jóvenes repartían abrazos por doquier.
Sus caras reflejaban el impacto del momento. Sus mentes de jóvenes, bruscamente
llegados a la vida adulta, no podían asimilar tantas sugerencias, tantos
consejos, tantos desatinos, en una despedida cuajada de imágenes, y se sentían
acuciados por todas partes.
Había
llegado el correo entre la algarabía de chavales que corrían tras él. En los
últimos rincones de Castilla, que hay muchos, el correo es el autobús que trae
y lleva el aroma de la civilización, un único autobús que en la mañana va a la
ciudad y en la tarde vuelve a los orígenes. Al verlo llegar, el sufrimiento
acorralado afloró en forma de llanto: lloraban las madres, lloraban los padres,
lloraban en fin todos los que habían acudido a la despedida de aquellos tres
soldados que se incorporaban a la milicia en tiempos tan hostiles: iban a la
guerra.
Cada
uno con su pequeño fardo, ocupado con la muda, unos pantalones, camisa y gabán,
y la merienda de aquel día en que partían para convertirse en hombres nuevos.
La plaza rebosaba de gente, el pueblo entero estaba allí, conscientes los más
de que era una despedida definitiva. Aquellos padres, un abuelo superviviente
de los embates de la enfermedad y los años, tíos, amigos, alguna novia, y hasta
los enemigos de siempre. Todos, apretados en una especie de abrazo comunitario,
daban su adiós a aquellos hijos que perdían para siempre.
El
repetido sonar de la bocina llamaba a la partida. No se podía demorar más.
Besos apretados, achuchones por todas partes, y un rosario sin fin de
sensaciones imposibles de digerir en un instante. Finalmente el coche partió
con los tres aprendices de soldado engullidos dentro de su estómago. Asomados a
las ventanillas, veían desfilar aquellos campos de su infancia adormecida, los
arroyos que bajan al águeda, los
pinares a ambos lados del camino, las norias de los últimos huertos tras las
tapias que flanquean la salida del pueblo. Atrás quedaba el grupo dándoles el
adiós, alejándose, achicándose lentamente al ritmo que impone el traqueteo del
autobús. Por entonces aun no conocían a María.
El
más endeble, Miguel, casi un niño, aún lloraba desconsoladamente al llegar a la
ciudad. En sus pocos años de vida tan sólo había salido del pueblo una vez, al
baile de la fiesta mayor del pueblo vecino, por San Mauro. Algunas escapadas a
las corridas, en aquellas plazas de carros que levantaban poco más de un metro,
en los pueblos portugueses del otro lado de la raya, no podían tenerse en consideración,
pues iban y volvían en el día, a lomos de caballo o burro cansino. Pero a la
ciudad no habían llegado sus correrías ni por asomo. Cuando Miguel la vio por
primera y última vez -eso él no lo sabía- todo se hacía grande en su cabeza
adormilada por el recuerdo: las casas, las calles, algunos coches y personas;
sobre todo personas que parecían andar sin rumbo. No comprendía nada de
aquello.
Rafael,
más espigado, vivaracho, hablador, consolaba a su primo señalando con el dedo
todas aquellas maravillas que contemplaban al entrar en la gran ciudad. Lo
decía con el corazón, abriendo los ojos desaforadamente al contemplar cada
nuevo descubrimiento en forma de edificios de altura jamás imaginada, ni tan
anchas calles, ni automóviles tan lujosos. Y mujeres, multitud de mujeres. Pero
allí no estaba María.
Gabriel,
pacífico, campechano, dormía apaciblemente aprovechando hasta el último suspiro
de lo que creía era una libertad recién ganada. Trabajando noche y día en el
campo con su padre, ayudándolo a llevar una numerosa familia, no perdía mucho
tiempo en valoraciones, lo suyo era amueblar cada rincón de la vida según iba
ampliándose. Ni los empujones, ni las voces que los otros le pegaban, lograron
sacarlo de su apacible duermevela.
El
cuartel era una algarabía del demonio; allí se mezclaban voces, carreras y
órdenes. Había reclutas recién llegados, aun con los hatillos a cuestas; otros
llevaban las ropas de la milicia en las manos. Había mandos con galones más o
menos anchos o estrellas de más o menos puntas. A lo lejos se oía a María, era
la primera vez; los tres muchachos la oyeron, pero como aún no la conocían no
repararon en ella.
Sin
reponerse del susto, entre las voces de los otros, que eran sus propias voces
también, aquellos reclutas venidos desde la última aldea, envueltos en un
vendaval de ruidos, viajaban pasajeros de la ignorancia como todos esos
chavales que les rodeaban. Sólo entonces tomaron conciencia de que aquello no
era una broma, sólo entonces se sintieron verdaderamente solos. Y tanto
Gabriel, como Miguel y Rafael, corrían detrás de los más veteranos como
corderillos que buscan a su madre. Así conocieron a María, primero casi sin
enterarse, luego ensimismándose en ella. No los abandonaría a ninguno hasta la
tumba, fue fiel a ellos hasta el final y aun después.
No
hubo tiempo ni lugar para instrucciones ni otras zarandajas. A cada cual le
colocaron un fusil Mauser entre las manos. En cuatro palabras les enseñaron
cómo se cargaba aquel arma, qué hacer para apuntar y de qué manera disparar.
Después cada uno que se valiera como pudiera. ¡Y a luchar, que la patria herida
no puede esperar con los brazos cruzados mientras los enemigos atentan contra
sus muros! Cartuchera y cantimplora acompañaron al soldado en su viaje
mesetario hacia el frente; también el frío, en un viejo tren de madera que más
que correr andaba, como temeroso de abrir la tumba, temeroso de llevar a la
muerte a tantos jóvenes llenos de vida.
A
través de la ventana pasan las estaciones, unas veces solitarias, sombríos
espantajos en la noche, adivinadas más que vistas en medio del campo solitario;
otras veces llenas de gente bulliciosa que les vitorea a ellos, héroes que los
defienden del enemigo invisible y malhechor. ¡Pobres soldados, que no conocen
el color de las ideas, ni el de la sangre!, ni tampoco el de la soledad, negra
como cuervo atravesando los páramos inmundos, esos que hay que defender al
precio de la propia vida.
El
frente era irreal como la vida misma, allí no se veía a nadie, no había enemigo
ninguno. La alta meseta castellana es una tierra baldía, una inmensa planicie
rota a trechos por pequeñas arboledas pardas. Cubierto por la nieve, se
acrecienta la sensación de soledad del yermo estéril. Los sonidos se agrandan,
las pequeñas hogueras se dilatan en su luz y las palabras se multiplican
avivadas por la ansiedad de lo desconocido. A lo lejos se oyen cañonazos
intermitentes, cansinos, que parecen tan sólo querer negar el sueño a los
combatientes. Más raramente un obús cruza la estrecha línea que separa a ambos
bandos y pasa silbando por encima de las cabezas. Cuando hay menos suerte cae
sobre alguna trinchera, dejando un teatro de destrucción y de muerte.
Los
primeros días fueron un frenético ir y venir con el pico y la pala, cavando
largas zanjas que servían de trincheras para protegerse y asentarse sobre el
terreno, antes de intentar ganar nuevas posiciones. Gabriel había sido,
aparentemente, el menos afectado por la movilización, pero aquello ya no le
gustó nada: vuelta a las andadas, a trabajar como un negro, él, que creía haber
encontrado la felicidad suprema al huir del trabajo. Las jornadas se le hacían
interminables, metido en aquella zanja húmeda como un calabozo. Eso no era una
guerra, eran trabajos forzados. Y para colmo la única comida del día era una
lata de carne mugrienta, de olor nauseabundo, o de sardinas, pescado desconocido
para todos ellos, pues el corazón del mar jamás había viajado hasta su tierra.
Miguel
era demasiado débil para aquel trabajo y a decir verdad para cualquier otro: un
chaval escuálido, que había ido creciendo a trancas y barrancas, superando a
duras penas sarampiones y escarlatinas. Como no podía con el pico y la pala,
pues no seguía el ritmo de los demás, le dieron el bochornoso trabajo de llevar
con la carretilla toda la tierra que sacaban de las zanjas, hasta el lugar
elegido como puesto de mando, donde los parapetos eran mayores; ya se sabe, en
algo ha de diferenciarse el mando de la tropa. A pesar de todo, las toses, cada
vez más broncas y ásperas, salían de aquel pecho, escaso y raquítico, como si
tornaran desde una caverna profunda. Se anunciaba lo peor.
Como
en la
Compañía de los tres soldados se formó un pelotón a modo de
avanzadilla de reconocimiento, Gabriel no dudó un instante en apuntarse. Fue el
primero, pero no para demostrar su hombría; lo único que buscaba era huir de la
zanja, de la agobiante humedad y del duro trabajo que le imponían día tras día
el cabo y el sargento encargados de lidiar con la plebe.
Parecía
no pasar el tiempo en la soledad impuesta por el ritmo cansino de los trabajos
y los ruidos de la noche, del caer lento de los obuses, de los disparos de
algún que otro fusil perdido en la distancia. Ellos se dieron cuenta de que el
calendario había dejado caer otra hoja cuando llegaron las cartas. Fue tal la
algarabía que se formó que del otro lado del frente contestaron con un ritmo de
disparos más regular, como queriendo ahuyentar la alegría del enemigo
asqueroso. Era un cuadro surrealista contemplar aquella multitud de pronto
silenciosa. Un grupo numeroso rodeaba al chico con más luces, que iba leyendo
en voz alta cada carta, haciendo paradas en la lectura, para dejar salir las
débiles risas que sus compañeros y él mismo acompañaban a coro la lectura. Otros,
más capaces, leían por sí solos, deletreando en silencio los renglones de sus
cartas. Rafael, un privilegiado, portaba dos sobres. Lo miraban de reojo, con
sana envidia, sabedores de que había dejado una novia en su tierra. Miguel leyó
la carta en silencio, y en sus ojos grises se transparentaba una tristeza
infinita, inundándose de lágrimas su rostro de niño. Allí estaba el recuerdo de
los suyos, en esos renglones escritos sin duda, con pulso lento y caracteres
barrocos, por el cura del pueblo; bien sabía Miguel que él era el único de su
familia capaz de leer y escribir. Cada cual le mandaba sus besos, sus abrazos,
un recuerdo íntimo compartido, que en el lugar sin límites del cuadro que se
describe no podía traer sino nuevos gramos de soledad destilada pacientemente.
También hablaban del socorrido tiempo, de aquel frío tan intenso, y de la
nieve, que se había colado por entre las casas en aquel invierno despiadado.
Rogaban a Dios -ésta era una parte sin duda escrita por el cura a beneficio de
inventario- para que en el frente no hiciera tanto frío. Ruego vano, pues es
sabido, y más por el cura, que el dios que conocemos no está en las batallas,
es el otro dios, el de la ira, y a ese no le importa mucho si hace frío o calor.
La
cantina era un espacio abierto al final de una de las galerías, y un cabo
furriel hacía las veces de administrador del negocio y de camarero, todo en
uno. No siempre disponían de lo que pudiera apetecerles, pero no faltaba nunca
un buen vaso de vino o un trozo de pan con los que tragarse las penas. Rafael y
Gabriel cogieron a Miguel en volandas, muy a su pesar, y lo llevaron a celebrar
las noticias que habían traído las cartas familiares. Gabriel contó, para
regocijo de todos los presentes, que él había dejado la lectura de la carta
para después de la comida, temeroso de alguna mala noticia que le quitara las
ganas de comer. Y en efecto, le llegó la noticia de la muerte de Jacinta, la
guarra, que había parido cinco hermosos jabatos, pero había sucumbido en el
embate. Difícil era creerse que a Gabriel se le quitaran las ganas de comer por
tan poca cosa, y hubo muchas carcajadas de los oyentes ante relato tan cómico;
el propio Miguel no pudo por menos de reírse francamente a pesar de que un
escalofrío inoportuno le recorrió todo el cuerpo en ese momento. María les
acompañó toda la noche, una noche muy especial por el sabor agridulce que
proporcionaba la mezcla de alegría y tristeza. Fueron mayoría los que acabaron
enchispados. Entonando su particular canción, abrazados en comparsa, regresaban
a los colchones de maíz que servían de cama improvisada, cuando ya el hielo
acuchillaba la madrugada.
Rafael
desapareció como por encanto. Su inteligencia natural no había pasado
desapercibida a los mandos. Junto con otros pocos compañeros fue adiestrado
para servir como enlace con otras fuerzas -compañías, batallones, división- del
propio ejército. Deambulaba horas y horas por los campos, guiándose por las
estrellas o por la propia intuición, vigilando los movimientos del enemigo,
llevando noticias y órdenes No siempre encontraba su objetivo, dada la
movilidad continua de las tropas. Más fácil le era volver con los suyos, pues,
como se ha visto, permanecían asentados sobre el terreno buscando afianzar las
defensas para el avituallamiento del ejército. Pasó por un pueblo que había
sido pasto de la guerra. Aunque ya no ardían las casas ni se veían soldados,
los muros derruidos y las gentes huidizas no hacían necesaria ninguna pregunta.
Si alguien le vio llegar, nadie pareció quererlo ver. Era media tarde y rendido
como estaba, encontró cobijo en un pajar para pasar la noche. Aquella dulce
caricia del calor le ayudó a dormir apaciblemente. A la mañana siguiente vio
acercarse a una mujer que caminaba perezosamente con los pies desnudos. No era
joven, ni tenía recuerdos de la juventud, -si es que alguna vez había gozado de
ella-.Cuando Rafael la llamó se acercó despacio, con una mezcla de cautela y
miedo. Al alargarle el brazo ofreciéndole las botas sin estrenar que guardaba
en la mochila, ella esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Por primera vez en su
vida el soldado experimentó una agradable y extraña sensación que le salía de
dentro, de algún lugar indefinible.
Al
regreso de su primera misión, Rafael ya no encontró a Miguel. Malos augurios
eran aquéllos. Gabriel estaba con su propio grupo en misión de reconocimiento,
preparando una acción desesperada de su batallón que había sido planeada por
los altos mandos de la retaguardia -la Inteligencia Militar-, que contemplaban
con nerviosismo la lentitud del avance de la
División. Se trataba de una incursión en terreno enemigo para
fijar exactamente las posiciones de la infantería y de la caballería.
Preguntó
por Miguel en la cantina. Es éste un lugar siempre abierto por muy en guerra
que se esté, y allí las noticias vuelan. El cabo le contó que lo había visto
vomitando sangre y que se lo habían llevado al hospital de campaña, a unas tres
leguas de distancia. Rafael se sintió muy mal con la noticia, que en parte
esperaba, y aquella noche no tuvo ganas de cenar ni de volver a la cantina. Se
prometió a sí mismo hacer una escapada a la menor oportunidad que tuviera, para
verlo.
Lo
mandaron con la misiva de entregar un pequeño mapa con la descripción de las
posiciones enemigas, aquel que trazaran sus compañeros. Aunque los mandos
estaban obviamente en la retaguardia, como ya se dijo, evitaban las
comunicaciones por línea telegráfica, para no ser interceptadas. Era pues el
momento idóneo, y no bien hubo terminado con la misión, se pasó por el
hospital. Verdaderamente parecía un hospital robado, como reza el refrán. Tan
sólo era un grupo de tiendas de campaña, con camastros en los que yacían
multitud de soldados, la mayoría con algún miembro amputado, otros, presa de
fiebres insanas, muchos aterrorizados por la locura del miedo.
No
tardó en encontrar a Miguel, postrado en uno de aquellos jergones, con la cara
de una palidez pajiza, ojeroso, mucho más delgado que la última vez que lo
había visto. El enfermo se quedó mirándolo con fijeza, pero no dijo nada.
Rafael intentaba animarlo, le contaba las peripecias de sus correrías, las
novedades de la
Compañía , pero no consiguió una reacción que hiciera suponer
que allí aún había vida. Tuvo un acceso de tos con el que arrancó unos esputos
sanguinolentos y terrosos, ya el pulmón hecho pedazos escapaba también del
cuerpo desheredado de la fortuna. Después del acceso le sobrevino un ataque de
fatiga, y Rafael, asustado, salió corriendo en busca del médico, que le estuvo
auscultando, y al cabo, en un aparte le dijo a Rafael que la tuberculosis
estaba muy avanzada y no había remedio alguno. No tuvo agallas para despedir al
amigo y cuando volvía, atravesando los campos que la noche agranda sin cesar,
no pudo reprimir el llanto, que parecía repetir jocosamente un cárabo escondido
en la alameda. Clareaba cuando llegó a la posición de su Compañía, y como no le
dieron una nueva misión se escondió en el camastro. Recostado en la cama dejó
divagar la mente intentando asimilar tantas sensaciones que lo habían ahogado a
lo largo de aquel aciago día. A lo lejos, como en uno de esos sueños que
aparecen inmediatamente antes de despertar, iba y venía Miguel, con la voz de
María a sus espaldas. Poco a poco fue adormeciéndose y el sueño se hizo
realidad.
Las
correrías del pelotón de Gabriel se fueron haciendo cada vez más arriesgadas,
pues conocedor el enemigo de su existencia, dedicó todo su empeño a la labor de
atraparlos en alguna emboscada. En una ocasión se libraron por los pelos cuando
intentaban atravesar una garganta del rio: las piedras que se desprendieron de
la altura, cerca de donde los buitres anidan, fueron a caer un centenar de
metros por delante del grupo. Reaccionaron con rapidez poniéndose a cubierta
bajo el roquedo, lejos de la vista y de los disparos de los que estaban
apostados allá arriba. Pero la suerte no podía acompañarlos indefinidamente,
menos aún en labores de vigilancia, aunque en la práctica se trataba de atravesar
el frente y situarse junto a las posiciones del ejército contrario.
Intentaban
vadear el rio, que en aquella zona era ancho, pero de aguas poco profundas, tan
es así que podía atravesarse a pie. Era una ribera despejada, casi sin
vegetación, con grupos de juncos y cañaveral en las orillas. Gabriel sugirió al
cabo buscar otro vado menos visible que aquel, pues le parecía demasiado
expuesto. No hizo mucho caso el cabecilla del pelotón, y mandó a sus hombres
cruzar el río. De uno en uno, abriendo brecha él mismo, empuñando los Mauser,
fueron adentrándose. Cuando estaban todos en el río, cada uno a diferente
distancia de la orilla contraria, sonaron los primeros disparos. El fuego era
cruzado, desde varios de los cañaverales que momentos antes parecían incapaces
de esconder ni una sombra. Los hombres, sin capacidad alguna de reaccionar,
fueron cayendo, mortalmente heridos. Gabriel intentó huir río abajo, siendo
alcanzado en el brazo derecho, perdiendo el fusil, que se hundió en el agua. No
contemplaba el soldado que el río, en su lecho, hacía juegos con la arena,
formando pozas imposibles de imaginar desde la orilla. En una de esas trampas
fue a caer, y no pudo hacer otra cosa que intentar salir a nado, aunque con
agotador esfuerzo, pues la canana llena de balas era como una piedra que
tuviera atada a los pies. Vio venir a sus enemigos, chicos jóvenes como él,
riéndose de aquel pobre hombre, cogido en una trampa, ignorantes de que su
propio destino estaba marcado con letras muy similares. Entonces Gabriel contempló
su propia muerte, la sintió en las caras de los soldados que levantaban los
fusiles apuntándole.
Pobre
María, siempre al lado de los soldados, de uno y de otro lado de la delgada
línea que separa a los contendientes. Se fue con ellos, ellos marchaban
cantando, satisfechos del deber cumplido; atrás quedaron unos cuerpos
destrozados, navegando río abajo, al capricho de las aguas.
En
el monte Rafael pugnaba por orientarse, ajeno al cariz que iban tomando los
acontecimientos de la guerra. Creyó equivocar el rumbo cuando cerca de las
posiciones de su gente, tan conocidas, no vio el revuelo de tropas que se
adivina incluso desde la lejanía. Cambió de ruta pensando que se había
equivocado por algún fallo en su sentido de la orientación. Pero aunque era
experto en recorrer los campos, en sacarle información a cada detalle mínimo
que observaba en los caminos o las heridas recientes de los árboles, no era
capaz de adivinar dónde estaban los ejércitos contendientes.
Pasó
días y semanas deambulando a través de las campas infinitas, huyendo de los
pueblos, comiendo de lo que el monte le ofrecía. Su resistencia se iba
diluyendo poco a poco, la cara enjuta, la barba poblada, hablando consigo mismo
y con las estrellas, enajenándose poco a poco. Un día, cuando ya sus resistencias
escaseaban peligrosamente, fue sorprendido, dormitando bajo una carrasca, por
un niño que pastoreaba con un pequeño hato de cabras. Ante visita tan
inesperada, Rafael se arriesgó a preguntarle por los soldados, por la guerra.
El chaval, abriendo los ojos desmesuradamente, como sorprendido por la
pregunta, le contesto:
-
¡Pero si la guerra ha terminado hace más de un mes!
Regresaba
al pueblo la pequeña comitiva cuando a lo lejos vieron acercarse un hombre con
la barba poblada y andar derecho, recuerdo de aquel que vieran irse una fría
mañana de invierno, tiempo atrás. La primera reacción fue de incredulidad, pero
al instante la novia del soldado echó a correr hacia él; la madre notó un
vuelco en el corazón, mientras un nudo le atenazaba la garganta, hasta el punto
de robarle las palabras. Atrás, en el cementerio, quedó anclado para siempre el
recuerdo de los otros dos.
En
el silencio de la tarde casi anochecida María quedó flotando como un susurro.
Porque María, María de las Batallas,
es una canción de guerra.
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