martes, 25 de septiembre de 2012

EL HOMBRE DEL VIOLÍN (relato)


A Lola y su violín armenio

Aquella era una playa salvaje, de las que no necesitan el señuelo de una bandera azul. Una de esas playas diminutas que mecen sus arenas al vaivén de las olas del mar abierto. Si quieres la apacible somnolencia de un oleaje sofisticado y tórrido, no será playa de tu agrado. Si por el contrario esos trabajosos baños e insolaciones te parecen asunto aborrecible y prefieres vagar la mente contemplando los golpes del mar en su plenitud, o los pinos enanos que bajan a beber sus aguas salobre -desvencijados al socaire del viento de poniente-, entonces, sin duda alguna, esa playa te atraerá sin remedio hacia sus orillas con poderoso magnetismo.

Aquel día que no volveré a olvidar -hermanado con otro más cercano, pronto se sabrá el por qué-, me había levantado muy temprano, noche cerrada aún, para acercarme a contemplar el naciente sol, cuando se eleva sobre las aguas verdinegras hendidas de reflejos deslumbradores, en el silencio anunciador del nuevo día.

Aparqué el coche a cierta distancia, relamiéndome del festín para los sentidos que suponía el paseo entre plantas rastreras y ásteres, que luchaban por colonizar las dunas de la playa. A pesar de ser camino que recorro con frecuencia, algunas zarzas tuvieron la osadía de romper el hechizo rociándome los pies de arañazos.

Un silencio extraño temblaba en el ambiente, enredado entre los pinos y entrecortado por el susurrante oleaje casi dormido a tan temprana hora. Con los sentidos exacerbados, sentado sobre la arena húmeda, con todo el ímpetu de las pupilas en alerta, esperé el amanecer y algún otro acontecimiento que no acertaba a dilucidar.

El olor salino del mar empapaba las estancias invisibles y me sentía ahíto, engullido por las ocultas sensaciones que preceden al amanecer.

Pero no estaba solo.

¿Quién no ha notado alguna vez esa sensación indefinida de una presencia extraña antes de que se hiciera definitivamente visible? Desdeño explicar mis propias sensaciones por conocidas y sobre todo por incapacidad de expresarlas. En resumen: algo o alguien estaba allí.

No sentí miedo, soy escasamente propenso a él; pero sí una desazón que me enturbió la búsqueda de esa belleza especial del amanecer sobre el mar.

Recorría la playa, invisible aún, entornando mis ojos miopes, olvidando el hueco de levante por donde asoma el sol al despertar. Tibiamente, con una languidez sinuosa, el sol fue elevándose por encima del mar y las verdinegras profundidades fueron abriendo sus contornos hasta depositarse en la arena de la playa, que parecía estar desierta. Nada extraño se veía.

Me acerqué a la orilla y me refresqué con aquel agua fría, que escocía en la cara, restañando la piel. Como cada día, inicié un trotecillo por la línea errante que dibujan a la par arena y agua, procurando levantar un chapoteo de gotas y colores, como en uno de esos inolvidables juegos de la infancia.

Fue entonces cuando lo vi.

Venía andando desde el mar hacia la orilla. El agua le llegaba aún hasta la cintura, pero ya eran evidentes los andrajos que lo cubrían. Delgado, mediano de estatura, los ojos claros, el pelo rubio y una mirada ausente que se hundía en la nada; todo en él denotaba esa extraña presencia que yo delatara antes de verlo.

Parecía que nuestros respectivos caminos fueran a chocar irremediablemente. Entonces aminoré el paso hasta quedar varado a escasos metros del "náufrago", que tras sentarse sobre la arena mantuvo en sus ojos una ausencia indescifrable.

¿Está bien, necesita ayuda?, le pregunté, atreviéndome a asomarme al balcón de sus ojos azules. El hombre miró hacia el sol, quedando en el contraluz como una sombra de sí mismo. Llegó entonces una ráfaga de aire, teñido del aroma del rosal trepador de las tapias de una desvencijada fábrica abandonada. Pero ni el perfume de las rosas pudo romper la embrujada inestabilidad del momento.

Ante la certidumbre de su silencio abandoné el intento de entablar una conversación con él, regresando a mis asuntos. Pero ya el hechizo de la aurora había desaparecido y sólo quedaba allí la playa de siempre, aunque habitada ahora por un ser del todo desconcertante.

Mientras daba los paseos de rigor, de una punta a la otra, vigilaba con el rabillo del ojo al hombre, que había ido a sentarse en lo alto de la duna, allí donde los ásteres abandonan el intento de invasión; pero permanecía ajeno a todo lo que acontecía a su alrededor y mantenía fijos los ojos en la plenitud del mar.

Cuando terminé mi rutinario paseo y di por concluida la sesión matutina de playa, volví por el mismo camino que trajera una hora antes, evitando ahora los arbustos espinosos. Allí quedó el náufrago, que no hizo ademán alguno cuando, bordeando un poco la senda, pasé junto a él.

Abrí la puerta del coche y entré, pero entonces me invadió un desesperante deseo de ir a vigilar al hombre. Salí del coche y gateé duna arriba, hasta casi coronar el montículo de arena, y miré hacia donde había quedado sentado. Ya no estaba allí. Se había levantado y ahora permanecía en la orilla, otorgando al mar la profundidad de sus perdidos ojos. Volví sobre mis pasos y entré en el coche dispuesto a regresar a casa. Mientras pugnaba con el camino, cruzado de tablas, que lleva a la carretera, pensaba en tan insólita situación.

Pasé por el pueblo; el bar estaba abierto ya, dejando en el ambiente un aroma delicioso a café recién hecho. Al entrar en la rotonda, por un impulso desconocido, en lugar de acceder a la carretera principal di la vuelta completa, tomando de nuevo el camino hacia el pueblo. Aparqué el coche delante de la cafetería y entré en ella. Como todas las mañanas a esa misma hora, dos guardias municipales desayunaban tranquilamente, parapetados junto a la barra. Al verme entrar me saludaron cortésmente y siguieron aplicados al café con churros. Pedí otro tanto para mí, sobre todo para hacer tiempo mientras terminaban de desayunar los municipales, pues no era cosa de abordarlos allí mismo con mi historia.

Al rato, cuando salieron camino de la comisaría, los seguí discretamente, y cuando pensé que ya tendrían todo dispuesto y en orden para iniciar el nuevo día, entré, decidido a contarles mi historia y sobre todo en busca de ayuda para resolver el dilema.

No quisiera ahora relatar cómo me las arreglé para explicar a los sorprendidos guardias el comportamiento, anómalo a mi entender, del hombre aparecido en la playa. Dado que tenían alguna referencia sobre mí –yo pasaba por ser un tipo "normal"-, accedieron a acompañarme para observar a aquel extraño personaje. Monté en el asiento trasero de su todoterreno y salimos pitando hacia la playa. Me sorprendió, por desconocerlo, el atajo que siguieron, metiéndose de lleno en los marjales, pisoteando las ruedas a las malvarrosas asilvestradas que crecían deslumbrantes por todas partes. Aparcaron a cierta distancia, respetando los bordes de las dunas, y por un camino hecho de tablas, accedimos al lugar más elevado, desde el que se contemplaba la playa en todo su esplendor. Ya el sol caminaba alegremente hacia lo alto, aunque unas nubecillas plomizas se anunciaban por el poniente.

Allí estaba, no se había movido. Los guardias no parecieron ver nada extraño en él; si acaso las ropas deshilachadas que a duras penas cubrían su cuerpo. Descendimos sorteando los pinos, procurando hacer ruido para llamar la atención del aparecido, pero no surtió efecto.

Se le acercó uno de los guardias y le preguntó su nombre, sin obtener respuesta. Lo conminó a hablar bajo la amenaza de detenerlo y obtuvo el mismo éxito. Como me parecía que el poli llevaba el interrogatorio con brusquedad, me acerqué a ambos para intentar que todo acabara pacíficamente. A la vista de que no adelantábamos nada, lo tomaron ambos policías, cada uno por un brazo, sin hacer el vagabundo ningún intento de escaparse. Desandamos el camino y volvimos al coche. Uno de los policías se sentó con él en los asientos de atrás y yo me quedé de copiloto junto al conductor.

En la comisaría lo asaetearon a preguntas, pero las cosas no fueron mejor. Sugerí que podía tener una pérdida de memoria transitoria; les pareció razonable mi opinión,  y en consecuencia se decidió por unanimidad llevarlo al Centro de Salud para que lo examinara el médico, a ver si aportaba algún dato más, para saber a qué atenerse. El doctor lo examinó con toda la paciencia del mundo, no encontrando mal alguno aparente, salvo ese extraño comportamiento, como de alguien ajeno a todo lo que le rodea, ensimismado en su interior.

Los guardias decidieron hacer un atestado y remitirlo al juez, para que tomara una decisión al respecto. El hombre desconcertante se quedó con ellos; yo me fui a casa con cierta sensación de frustración, pero tampoco a mí se me ocurría la manera de solucionar aquel dilema.

Volví al día siguiente. El sujeto permanecía en el cuartelillo, a la espera de un oficio o comunicación judicial que decidiera la suerte de su desdicha. Repetí la visita dos días más hasta que supe que había sido enviado a una especie de Sanatorio para pacientes con enfermedades psiquiátricas. En cuanto conocí su destino, ni corto ni perezoso, dirigí los pasos hasta la institución.

No resultó fácil acceder al "enfermo" aunque finalmente el psiquiatra que llevaba "el caso" dio el visto bueno. Me llamó a su despacho, donde hube de repetir los hechos acaecidos la mañana del encuentro. Luego me preguntó por mi opinión, y no pasé de expresarle mi incapacidad para sugerir algo que no fuera distinto a una enfermedad de la memoria o trastorno de la personalidad. El psiquiatra dijo, con toda la razón del mundo, que mis teorías no resolvían la forma en que llegó o apareció en la playa. Yo callé, confundido ante tan  incuestionable réplica.

El pobre hombre fue sometido a mil y una pruebas, inocuas y no tanto, con la única respuesta de un silencio indescifrable. Comía lo que le ponían delante, aunque con frugalidad franciscana, y marchaba de un lado para otro siguiendo a sus guardianes.

En vista del fracaso con métodos agresivos, pasaron a una especie de terapia "conductual", consistente en darle más libertad, pudiendo pasear por el jardín de la institución. Estos nuevos propósitos no dieron con la solución: el hombre ausente, ausente se mantenía en medio de los lirios y las rosas. Un día de los muchos que acudí a visitarlo y pasear en silencio con él por el jardín, el doctor, asomado a una ventana, me hizo señas para que subiera a hablar con él.

Así lo hice.

El doctor, muy atento, me invitó a sentarme en un sillón. Me preguntó si había notado algún adelanto en la conducta del paciente, a lo que contesté que no, que seguía comportándose exactamente igual que el primer día. En efecto, mantenía una conducta de enajenado, pero seguía siendo dócil y hacía cuanto le pedían, salvo hablar o reaccionar con algún tipo de sentimiento.

Mire doctor, un vecino mío es autista y este hombre se comporta de forma parecida, me atreví a decirle. Puede ser, puede ser, contestó con escaso convencimiento. El caso es que quería hacerle una propuesta, me dijo. Y continuó: todo será poco para intentar que nuestro amigo mejore.

La verdad es que desde el primer día me sentí bastante responsable del hombre, quizás por haberlo encontrado, no lo sé, el caso es que no dudé un instante en mostrarme dispuesto a colaborar con el psiquiatra con vistas a intentar recuperar a nuestro hombre.

Verá usted, me dijo, el planteamiento consiste en alejarlo de vez en cuando de este ambiente para ver si adopta otra actitud, y he pensado que no puede haber mejor forma de afrontar la situación que llevárselo usted por ahí, de paseo, y si no se escapa, si no responde violentamente, si no hace nada extraño, entonces podremos pensar en algo más efectivo.

¿Qué podía hacer? No me quedaba otra alternativa que dar mi consentimiento a la propuesta del doctor. Nos pusimos manos a la obra para hacer una especie de guión a qué atenernos en las salidas controladas. Decidimos que la primera aventura tendría por objeto la playa, pero no al amanecer, sino en la tarde, coincidiendo con la hora del paseo en la clínica.

Lo llevé en mi coche, sentado al lado, en el asiento delantero, mientras dos celadores viajaban en los asientos de atrás. La verdad es que los forzudos estaban más nerviosos que yo, mientras que el hombre mantenía su eterna actitud indiferente. Al llegar al lugar ya conocido, aparqué y bajé, imitando él mi acción, sin esperar a que le dijera que bajase; los otros nos siguieron. Subimos por la duna hasta acceder a lo alto, desde donde se divisaba el pleno mar azul, limpio, sin una mancha. Los pinos vibraban de verde intenso. La arena estaba caliente, pero no quemaba los pies; más bien parecía una caricia. Le dije que se sentara y me obedeció. Miré al mar; él también tenía los ojos fijos en las olas que llegaban mansas a la paya, y parecían introducirse por sus pupilas hasta el pozo de su alma. Permanecimos un buen rato en esta coyuntura, con los celadores enriscados entre los pinos, a la espera de acontecimientos que no llegaron a producirse. Volvimos por donde habíamos llegado y tras dejar a nuestro hombre al cuidado de unas enfermeras, subí a dar el parte al doctor, al que no le causó extrañeza mi narración.

Pasaron unos días sin noticias del hombre, porque mis quehaceres me impidieron visitarlo, y no tenía otra forma de enterarme de ellas que la información que obtenía de enfermeras y celadores cuando iba a verlo. Pero finalmente encontré un hueco en mi trabajo para hacerle una visita. Era una tarde tan lluviosa que parecía que las nubes hubieran abierto sus compuertas para dejar que el agua se vertiera sobre el mundo en forma de catarata universal. Digo lo de universal a posteriori, porque en el telediario de la noche afirmaba el hombre del tiempo que el evento atmosférico había sido generalizado. Pensaba en la tarde -viendo caer la cortina de agua desde el porche de mi casa, en forma de un episodio de lo que hoy llaman gota fría, antaño sin nombre, mañana dios dirá como es llamado-, que el cielo se vengaba del desasosiego humano por la esterilidad lluviosa, con aquella desmesurada tromba.

Cuando acudí al psiquiátrico me llevaron a la sala grande, donde decenas de enfermos hacían corrillos con los celadores, mostrando los grupos sus respectivas ociosidades mentales. Pero el hombre de la playa estaba solo, sentado en una silla, con los brazos encogidos y las manos sobre el pecho, pareciendo meditar intensamente, aunque al aproximarme a él vi en sus ojos la misma ausencia de siempre. Pensé que quizás pudiese mantener esa barrera infranqueable con el resto del mundo mientras por los senderos casi infinitos de su cerebro pululara una muchedumbre de ideas y pensamientos. Dejé para otra ocasión esos retorcidos planteamientos, no fueran a anegarse en lodos movedizos en tarde tan lluviosa.

Naturalmente, nuestro omnipresente -que no omnisciente- doctor, apareció en escena, mientras el hombre de la playa y yo pugnábamos por hacernos invisibles. Saludó muy cortésmente a los presentes, es decir, que también a nuestro silencioso amigo le tendió la mano, y observé atónito que él se la apretaba y saludaba con una inclinación de cabeza, como cualquier mortal; eso sí, sin decir esta boca es mía. Nos sentamos los tres y el médico empezó a explicarnos –como si ambos dos estuviéramos en igualdad de condiciones- la próxima salida, que no sería a otro lugar que el parque del pueblo, donde multitud de niños y jóvenes juegan en columpios y otros artilugios, además de pedalear de un lado a otro con sus multicolores bicicletas. Dijo el doctor que quería pulsar la sensibilidad del hombre en un entorno de niños, por si esa vivencia le ayudaba a recordar algo con que salir de su mutismo exacerbado. En la noche estuve atento a las predicciones meteorológicas para el día siguiente, y como eran buenas, es decir, que anunciaban día soleado, pensé en acudir al encuentro de aquel hombre, pues el médico había conseguido, con su verbo fácil y envolvente, convencerme de la estupenda idea que había tenido sobre dónde acudir en la siguiente excursión.

En efecto, la tarde era la ideal para pasear: una temperatura algo mayor de los veinte grados, un solecillo otoñal disimulado y una brisa austera enmarcaban aquella tarde de paseo. Salimos los dos peregrinos, esta vez sin celadores que nos vigilaran –esa fue la condición que puse- y en un santiamén nos presentamos en el parque. Al principio paseamos arriba y abajo, a la sombra de unos pinos centenarios, inmensos, de redondas copas, parándonos de vez en cuando a contemplar el devaneo de las ardillas, bajando y subiendo por  los árboles, en busca de la comida que le ofrecían algunos niños. El hombre contemplaba la escena aunque no parecía anegarle ningún sentimiento, pero ya no eran sus ojos aquellos ahogados por la ausencia, que yo contemplara en la playa el primer día. Luego estuvimos largo rato contemplando cómo se columpiaban unos niños pequeños e incluso reaccionó -ante el lloro de uno de ellos porque el columpio se paraba al no animarlo nadie-, acercándose a columpiar al pequeño, que le respondió con una sonrisa. Cuando la tarde marcaba el límite con las cercanas sombras de la noche dimos por terminado el paseo. Las enfermeras estaban un poco revolucionadas por nuestra tardanza, porque creían que había ocurrido algún imprevisto. Se tranquilizaron al vernos llegar pacíficamente hermanados. Les conté someramente los avatares del paseo, y hubo hasta aplausos por lo que parecía una mejoría evidente del comportamiento de nuestro hombre. Como el doctor ya se había ido a su casa, dejé para otro día las explicaciones más sutiles, que tampoco eran tantas, en verdad, pues poco más que lo ya contado podía decirle al doctor.

Acudí al día siguiente, sin falta, al encuentro del doctor, que estaba asomado a la ventana, oteando el horizonte, a ver si yo aparecía. Vi en sus labios una amplia sonrisa cuando se percató de mi llegaba. Subí las escaleras de dos en dos, hasta el segundo piso, y al llegar al pasillo me di de bruces con el médico, que había salido de su despacho a recibirme. Me dio un abrazo de bienvenida y me invitó a sentarme en el sillón que ya conocía de otras veces. Le conté pormenorizadamente la excursión, ahondando cada entresijo, en respuesta a sus preguntas, y cuando pareció satisfecho me dijo: mire usted, creo que este hombre ha tenido algún trauma muy importante, y la respuesta a él ha sido ese estado en que se encuentra, incluida la pérdida de memoria y de sentimientos; consiguiendo que perciba sensaciones antiguas podremos devolverlo a la realidad y quizás nos ayude él mismo a descifrar el misterio que lo rodea. Salí satisfecho de la conversación, dispuesto, aún más si cabe, a conseguir que aquel hombre encontrara sus sentimientos extraviados.

Como no parecía correr prisa, más aún, el doctor era partidario de tomarse su tiempo, convinimos en dejar pasar un tiempo antes de someterlo a un nuevo empeño. Me dediqué durante unas semanas a mis tareas habituales y por la tarde, en nuestros paseos cotidianos, mi mujer y yo no perdíamos ocasión de acercarnos a las verjas del Hospital para buscar ansiosamente con la vista al hombre. Algunos días lo veíamos sentado en un banco, solo, hundido en su misterioso mundo, pero otros parecía seguir a la tropa de extraviados que iban de un lado para otro del jardín, tutelados por los celadores.

Pero llegó el día convenido para la nueva entrevista y ahí estaba yo, sentado una vez más en aquel sillón de color indescifrable, quizás pastel, desvencijado por el paso del tiempo, con los muelles ya rotos, y a pesar de ello portando un aire principesco en su forma rococó de madera antigua, lustrosa y negra.

He pensado mucho durante todos estos días, he consultado libros, hasta me ha quitado el sueño, decía el doctor en un monólogo que más parecía interior que una conversación conmigo. Lo dejé que se explayara, pues a fin de cuentas todos aquellos avatares que estaba padeciendo parecían calcados de los míos, transmitidos a la fuerza, también, a mi mujer, que estaba poseída de una misma desazón. Finalmente lo vi dispuesto a explicarme la estrategia a seguir. Convendrá conmigo en que algún recuerdo familiar debe haberle quedado; quizás podría despertarlo la visión de una casa cualquiera, la gente que en ella habita, los objetos que la pueblan, en fin, todas aquellas pequeñas cosas que constituyen nuestro mundo íntimo y habitual. El doctor se expresaba como los ángeles, no podría haberle llevado la contraria. Sus opiniones parecían exactas, y su necesidad de resolver el problema cada día más imperiosa.

Esta vez me invitó a un jerez, que acepté complacido. Sacó sendas copas de una especie de aparador o  bargueño, rojo y caoba, que había a un lado de la inmensa librería que llegaba hasta el techo. Parecía regocijarse escanciando la dorada bebida, mientras una dulce atmósfera aterciopelada inundaba la estancia. La parodia duró un rato, suficiente para charlas de nuestras cosas, mientras paladeábamos la exquisita bebida. El galeno se recreaba en el tempo que invertía en aquel lance, retardando y dibujando las formas de lo que había de ser el comienzo de su faena. Cuando hubo aplacado su ego, comenzó a relatarme los pasos a seguir para desenmascarar al hombre de la playa.

Siguiendo las instrucciones del médico, acudí unos días después de la entrevista, una mañana de fin de semana, a buscar a nuestro hombre. Lo habían vestido de punta en blanco, y endomingado de tal manera parecía un san Luis. Pero él no expresaba novedad alguna, y me acompañó hasta mi casa con la misma rutina que me había seguido al parque. Mi mujer ya estaba al tanto de la visita y había preparado una comida que ella pensaba podría gustarle, aunque por lo que me habían dicho en la clínica, comía lo que le ponían sin hacer ascos a nada, pero sin expresar una desmesurada afición por algún plato en concreto.

La comida resultó extraña, con un comensal de aspecto ausente, sin ser capaces los otros dos de hablar prácticamente nada. No mostró interés por ninguno de los platos, lo que supuso un pequeño fracaso para mi esposa, y también para mí, que había preparado una ensalada de naranjas y aceitunas negras sin conseguir que despertaran al menos sus papilas gustativas. Tampoco el besugo a la espalda, que se esmeró mi mujer en cocinar, logró nuestro objetivo. Cuando estábamos sentados en la sala de estar, en torno a los cafés, ella trajo unas trufas de castaña, que hace con una paciencia infinita. Aquí ocurrió un pequeño imprevisto: el hombre de la playa repitió en dos ocasiones, después de tomar la primera trufa, que le había ofrecido mi mujer. Nos quedamos mirando sin atrevernos a decir nada, aunque de ambos salían sonrisas delatoras, mientras observábamos con qué fruición comía las trufas nuestro hombre.

A media tarde Lola marchó a la habitación que tiene para ensayar con su violín, mientras nosotros quedábamos en el cuarto de estar jugando una partida de ajedrez: no lo he dicho, días atrás el doctor había descubierto que el hombre jugaba al ajedrez, y que además lo hacía muy bien. Le tocaron blancas e inició la apertura española, mientras yo planteaba una especie de defensa siciliana, en la variante del dragón, con las negras. Estábamos enzarzados intentando controlar nuestras posiciones en el tablero cuando Lola comenzó a tocar con su violín una gavota de la Suite para orquesta nº 3 en re de Bach. El hombre de la playa, al oír las primeras notas, perdió toda la atención que parecía tener en el tablero y se quedó de nuevo extasiado en su propio mundo, pero de pronto vi en él algo nuevo: sus ojos se anegaron de lágrimas. Un silencio impenetrable cubrió la estancia, surcado por las exquisitas sensaciones del sonido del violín, que se balanceaban, enlentecían, aupaban y volvían a adormecer, avivadas tan solo por su extremada belleza. El silencio definitivo desmoronó el templo. “Armenio”, dijo el hombre, y yo me quedé paralizado al oírlo hablar por primera vez. ¿Qué?, pregunté sin saber descifrar su palabra. “Armenio”, repitió como un autómata, para volver a su mundo de incandescencias disimuladas.

La tarde concluyó sin más altibajos, y regresé con el hombre a su guarida. Conté al doctor los pormenores, suficientes para poblar su mente con mil diversas teorías. La verdad la descifró Lola con sencillez meridiana. ¿Ha dicho “armenio” al oír el sonido del violín?: en efecto, este violín ha sido fabricado por una antigua familia de lutieres en las cercanías de Ereván. Corrí el siguiente día a contar al doctor la opinión de mi mujer. Calló, pensativo, y dijo que estaba maquinando un impacto definitivo para traer al hombre de la playa a nuestra realidad. Me marché a casa un poco desorientado, pues no me fiaba de las teorías y elucubraciones del galeno, que empezaba a hartarme con sus doctas opiniones, además de causarme cierta tirria por creerlo contrincante en la tarea común de revivir al hombre.

Estuve unas cuantas semanas sin aparecer por la clínica. Empezaba a sentirme algo cómplice del intento por desenmascarar a aquel hombre y no me parecía que tuviéramos derecho a ello. ¿Con qué permiso indagábamos en la mente de una persona que no se metía con nadie? Además, ¿qué ocurriría si descubríamos algo que no nos gustase, o peor aún, que no le gustase a aquel hombre, o que lo desequilibrara o lo hiciera ser otra persona, de comportamientos menos aceptables? Pero aquel jardín que rodeaba la clínica ejercía en su verdor una especie de imán que me atraía enormemente, y, como yo mismo había imaginado, caí en la tentación de asomar la cabeza por entre las rejas para ver a los internos.

Él me vio antes que yo a él, y cuando acerté a mirarlo, ya él fijaba sus ojos, atentos, en mí. Creí verle una sonrisa cuando comprendió que me dirigía a la puerta, para entrar a la clínica. Le tendí la mano y me la apretó. Esas fueron sus muestras de sentimiento, luego se hundió en su mundo de ausencias, en esa que parecía que era su habitual forma de ser. El médico no tardó un instante en aparecer. Se permitió el lujo de rebajarse acudiendo a mi encuentro. Yo estaba en el jardín, paseando con el hombre de la playa entre los setos de boj, hablándole de lo que había estado haciendo todos esos días de ausencia, a sabiendas de que no iba a encontrar respuesta. El doctor me saludó con extrema afabilidad, de lo que deduje que me iba a pedir algo más atrevido que en ocasiones anteriores. Cuando me contó sus intenciones, mejor dicho, las que yo debía ejercer, me sorprendió bastante, aunque resultaban tener mucha coherencia. Lo difícil era convencer a mi mujer para que participara en una nueva entrega de la recuperación de aquel hombre, esta vez también con su violín, y en la playa. ¿Cómo reaccionaría el hombre ante dos estímulos tan conocidos como el sonido del violín y la playa donde lo viera aparecer un año atrás?

Llegó el día señalado. Cuando nos levantamos aún era noche cerrada. Desayunamos un café con leche, como siempre, y salimos camino de la clínica. A la puerta nos estaban esperando ya el hombre y el doctor. Subieron al coche, ambos en los asientos de detrás, mientras Lola viajaba a mi lado, abrazada a su violín. Por el camino a la playa nadie habló. En la plena noche apenas se vislumbraba la maleza del camino, iluminada por los focos del vehículo. Aparcamos junto a la vieja fábrica. Subimos por la duna, vieja conocida también, cuidando que no nos hirieran las plantas rastreras que allí abundan. Al llegar a lo alto señalé al doctor el lugar donde encontraría el pinar, a nuestra derecha; desde aquel lugar tendría una visión completa de la playa cuando amaneciera.

Mientras él se afanaba trepando por la cuestecilla hasta los primeros pinos, el hombre y yo nos sentamos sobre la arena, siempre mirando al oriente, por donde el sol aún no se había mostrado en aquel amanecer tan distinto. Él no parecía mostrar ningún sentimiento. Me recordaba punto por punto su comportamiento de aquel lejano día en que lo viera por primera vez. La noche aún lo cubría todo y más que verse se adivinaban nuestras sombras. Unos metros atrás se había quedado ella, y en el silencio sólo avasallado por el batir de las olas, se adivinaban sus intentos por poner a punto el violín.

Y de pronto sonó la melodía, limpia, inesperadamente. Era un minueto de Boccherini, que en aquel instante previo al amanecer yo oí por primera vez. No la había visto ensayar aquella obra, que me sorprendió en el inusitado espacio que iba ensanchándose con el amanecer, mientras las notas viajaban imperceptiblemente por él en busca del mar.

Finalizó la melodía a la par que el sol iluminaba la playa, y las olas, poco a poco, tímidamente, se acercaban a la arena, acariciando nuestros pies. Parecía una liturgia abrumadora, irremediablemente llegada desde tiempos ancestrales, y el sortilegio del momento fluía por nosotros como una savia vegetal, retardando el final del amanecer.

Pero el doctor entró en escena bruscamente. Con sus voces, el contornear de brazos y los saltos de daba mientras bajaba desde los pinos -que ya eran totalmente visibles- hasta el lugar donde nos encontrábamos, acabó definitivamente con el hechizo de aquel amanecer tan distinto. Lo miré, extrañado, taladrando sus alocados ojos, preguntándole qué diablos le pasaba. ¡El hombre! ¡El hombre! Me respondía furioso. Miré a mi alrededor, también hacia lo alto de la duna, a la orilla del mar, incluso me atreví a sondear el oscuro verdor de las aguas, a sabiendas del desenlace, largo tiempo esperado.

Había desaparecido. El hombre de la playa se había esfumado como por encanto.

Nadie logró encontrar ni rastro de él.

Nunca.

 

No he vuelto a aquella playa, no quiero recuperar la imagen del hombre ausente, aunque nunca olvidaré aquella tarde en que vi sus ojos anegados por la lluvia de los recuerdos.

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