jueves, 6 de diciembre de 2012

EL GATO ROJO

A Gwendal, un gato cariñoso
Plaza del Pilón, hora temprana, otoño, tiempo frío. Una algarabía, que crecía por momentos, salía de la plaza y ascendía como humo de hojarasca. No parecía tener la culpa el vendedor ambulante de fruta, que aparcaba allí con su furgoneta destartalada; era demasiado pronto para él. Tampoco podía ser el pescadero: este acudía a la cita los martes y los viernes, y aquel día, casualmente, era jueves. El panadero sólo pasaba voceando y a toda prisa, sin dar tiempo a que se formaran bullas de aquel porte, era mero interino de la plaza principal, así que tampoco ese era el culpable.
    Aquel hombre estaba ya bajo el amparo de los postreros dioses. El tacto se había ausentado de sus manos tiempo atrás y tan sólo palpaba el azogue de sonidos que le traía la radio al barruntar la noche. Se acercó a curiosear, más por el ánimo indagatorio que había contraído leyendo las novelas de Chandler ––recomendadas por la joven bibliotecaria de la capital, donde acudía cada dos semanas––, que por pasión innata de sus más elevados sentidos. Dedujo con acierto que el lugar del incidente era la casa de la señora Petronila, esa que adornaba la entrada de begonias bicéfalas, y hacia allí se dirigió con presteza.  
    El día se presentaba frío, sólo unas nubecillas flotaban entre cielo y tierra, sin interrumpir los primeros rayos que el sol enviaba desde el este, como Dios manda, sea dicho con el mayor de los respetos. Había helado y los cardos resecos, en el huerto de detrás de la casa, mostraban reflejos diamantinos de rocío y una sábana de escarcha difuminaba los verdes y marrones del suelo herbáceo ––que antes había sido maíz frondoso, mazorca y carrizo––, tapiado con paredes de piedra primorosamente colocada.
––Sí, es esa vieja de la casa de la esquina. Andará por los noventa y vive sola. No podía ser de otra manera, antes o después tenía que pasarle algo,  ––decía la tía María, enjuta, reseca, puesta en jarras para dar más contundencia a sus palabras, en conversación con la vecina Eufrasia, gorda, colorada de mofletes, gruesos los labios, pelo castaño, ojos oscuros indefinibles.
––¡Ya te digo! ¡Si es que no se puede vivir sola a esa edad!, aunque a mí me lleva poco más de un año la buena mujer, y ya ves, desde que se me murió mi Paco tampoco yo tengo a nadie, ––se quejaba la tía Remedios, que había acudido prontamente al corrillo de viejas convidadas a la fiesta mañanera.
    Como nuestro hombre oyera la conversación, arrimó la oreja disimuladamente, a ver si sacaba algo en claro de las prójimas que hacían corrillo en medio de la plaza. Era éste un hombre no muy alto, bajo tampoco, cejijunto, escaso pelo negro que pugnaba con las canas en lucha desigual, cigarro pegado a la comisura izquierda de los labios, miope de ojos y de gafas. De tan concienzudas pesquisas concluyó que la señora Petronila había dado un tumbo de mucho preocupar, cayendo escaleras abajo cuando pretendía subir a la troje ––desván para el común de los mortales, mansarda para los académicos trufados en gabacho–– a por unas patatas para la comida.
    Era la tal una estancia en la parte alta de la casa, a la que se accedía por una escalera desde el patio interior. Había en la troje ––aparte de una neblina inexplicable, quizás por la pugna entre la humedad del campo, que se colaba por un ventanuco entreabierto, y algún calorcillo escapado de la chimenea atiborrada de troncos de encina, que mantenía la casa con una temperatura acariciadora–– todo un bodegón antiguo compuesto de aperos de labranza acomodados sobre clavos contra las paredes de adobe, patatas cenicientas, unos cuantos melones amarillo verdosos de aroma dulzón, cuencos llenos de judías secas y garbanzos diminutos, una palangana desportillada, sillas de anea desvencijadas, y algunas cosas más, olvidadas en algún rincón de la memoria.
––La cadera, que la tiene tronchada ––señaló la señora María con precisión cartesiana, aunque ella de tales precisiones era desconocedora total.
––Por Dios, qué cosas pasan. Qué estaría trajinando tan de mañana, si ya no tiene edad para andar subiendo y bajando, ––intervino la señora Eufrasia, la del orondo aspecto.
––Si es lo que yo digo, cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo, ––concluyó la Remedios, santiguándose ostensiblemente, no se sabe si para ahuyentar los malos espíritus o por la salutífera frase que acababa de pronunciar. Por cierto que la tal Remedios ––ahí va una pincelada, pobrecilla, de ella no se había dicho nada- era de aspecto algo más joven que las otras, aunque de cara afeada y envejecida por mor del arrebato de oquedades en aquella boca comida ––qué contrasentido, válgame Dios–– por las caries y el mal uso que le había dado a los dientes.
    Titubeando un poco, nuestro improvisado investigador se acercó a la casa para ver la manera de obtener alguna información que le ayudara a descifrar el problema: o sea, quién podía ser el culpable del accidente sufrido por la Petronila. Aunque creyó oír cómo la vieja se quejaba lastimosamente, no tuvo ocasión de encontrar nuevos datos para su investigación, pues un remolino de gente y ruido, que crecía y crecía, hasta convertirse en tumultuoso río que amenazaba llevárselo a él por delante, le impedía observar los mecanismos que pudieran mover la sutil intriga.
    Un  avispado  individuo ––lo  de  avispado  es  por la ocurrencia salida de su mollera–– dijo que porqué no llamaba alguien al cura, por si tenía de darle los óleos o algo similar a la enferma, y a la mayoría de los allí presentes, de magín similar en capacidad de análisis, debió parecerle buena la idea, a tenor del coro de caras que compusieron al oír la propuesta.  
    Pero antes de que alguno de los sesudos vecinos reaccionara y se pusiera manos a la obra ––pobre cura, tener que dejar a medias la misa de 9; nunca le había ocurrido tal cosa; vete a saber si el señor obispo aprobaba aquella conducta si es que llegaba a enterarse––, apareció el tonto del pueblo, siempre hay un tonto en cada pueblo, y haciendo gala de su innata habilidad para meterse en todos los fregados, sorteando a unos y otros, utilizando las rendijas más pequeñas que dejaba la multitud en sus apreturas, logró finalmente colocarse en primera fila, para así ver mejor lo que acontecía. Pero el tonto, como  todos  los  de  su  estirpe,  que  no  callan  así  se los  lleve el diablo de paseo por hablar ––santígüense ustedes cuando se cita al maligno––, no quedando contento con su hazaña, se vio en la obligación de opinar.
––¿Y por qué no llamamos al médico? A mí no me parece que ésta vaya a palmarla. Mejor será que decida don Abundio.
––¡No  te  jode,  el  tonto  de  Raimundo! ¡A  ver  si  los  tontos  vamos  a ser nosotros! ––clamó el tío Perico, alguacil de hecho y de derecho. De lo primero porque llevaba más de veinte años en el oficio, y de lo segundo porque desde su tatarabuelo, por vía paterna siempre, todos los antepasados habían ejercido tan sonoro oficio.
     Por lo demás la plaza tenía su qué. Por ejemplo, estaba el pilón, por eso se llamaba plaza del Pilón. Los del pueblo, mayormente aquellos que disponían de mulas para sus tareas diarias en el campo, llevaban a los cansinos animales a abrevar al pilón, que por estar ubicado en tan céntrico lugar era el principal, en desdoro del otro pilón, llamado de las afueras, vaya usted a saber por qué.
    En esta plaza digna de estancia real había también un conjunto escolar: conjunto porque eran dos las escuelas, una de niños y otra de niñas, como manda la moral y las buenas costumbres, no revueltos todos sin decoro alguno, aunque, como pronto se verá, la costumbre se había relajado. A esa temprana hora ya estaban en el aula los alumnos, pero ante semejante alboroto, el maestro, don Federico, que lidiaba él solo con una caterva de chicos y chicas de todas las edades, decidió adelantar el recreo. Llamó al  más espabilado de los alumnos, un enclenque de piernas de palillo, pelirrojo, de ojos saltones, y le mandó en busca del médico, cumpliendo la sugerencia de Raimundo, el tonto, que también había sido alumno aventajado del maestro, aunque en el último curso se le había averiado un poco  el caletre, decían las malas lenguas que por verse contrariado con su primer amor, una zagala que vivía pared con pared con él, a la que los padres, dueños de una hacienda menos anémica que la de la mayoría de los convecinos, habían mandado con las monjas al final de aquel verano que precediera al último curso de secundaria.
     Pero volviendo a nuestro relato, dejando las historias de antigualla para mejor ocasión, resultó que don Abundio había aparecido como por encanto, cuando apenas hacía un minuto que las masas habían mandado a alguien en su busca. El zagal del cabezón pelirrojo quedó muy contrariado, dando rabiosas patadas a los chinarros de la plaza, por no haber consumado él la búsqueda y traída del doctor ante la enferma.
     El médico llevaba calados unos quevedos porque decía tener la vista cansada, pero más bien era  que le daban un empaque algo poético. Se miraba y remiraba en el espejo, poniendo caras y muecas, sonriendo cuando la pose era de su agrado. Casado con su novia de siempre cuando ya eran suficientemente viejos ambos como para no poder engendrar hijos, vivían el placentero sueño de los justos sin haber iniciado el último viaje, él siempre de acá para allá, cuidando a sus enfermos y dándole a la lengua, su gran afición, y ella de visita en visita, con las amistades de toda la vida, aquí te traigo unas pastitas de té que he comprado en la capital, mira qué bombones tan ricos, y cosas por el estilo.
     Bien, pues ya tenemos a ambos colocados en la escena, él en casa de la Petronila, portando su cartera de cuero abundante en aparatos obligados al uso médico, ella en la primera visita del día, en casa del cura, a la tertulia matutina con la señorita Remigia, hermana y ama de llaves del mosén, vieja solterona ataviada con una nariz de rapaz, dientes de conejo, cabeza de chorlito y aspecto global de cacatúa, aunque, eso sí, virtuosa como la que más.
     Esta situación había quedado plasmada en la retina de nuestro investigador, pues cuando andaba fisgoneando por las calles del pueblo, al llegar a la plaza, a través de los visillos pudo adivinar las siluetas de sendas mujeres, la señorita Remigia, ya quedó dicho, y doña Patrito, la médica, que ahora se la nombra con su nombre y mote correspondientes, para que quede constancia para la posteridad.
––Vete al cuartel y dile al cabo de mi parte que se pase por aquí, acompañado de un número, ––dijo don Abundio a Josito, el cabezón pelirrojo, que salió escopeteado y ufano a cumplir el mandato de esta nueva autoridad, de mayor rango aún que la que le había dado el primer recado. 
     Cruzó Josito la plaza, bamboleándose con torpeza por culpa del cabezón tan grande que portaba, pues lo desestabilizaba mayormente. Al pasar junto a la fuente dio una palmetada al agua que se remansaba en el pilón, no vaya a creerse que por tener un  cacumen despejado dejaba por ello de ser un chaval como cualquier otro. Bajó la calle mayor triscando, como las cabras de su abuelo, en pos de los guardias, pero a mitad de recorrido adivinó las siluetas inconfundibles del cabo y de Raimundo que venían calle arriba. El tonto le iba explicando al cabo, con grandes aspavientos, lo ocurrido a la abuela de la Enramá, esto último es el nombre de la calle, cuando el cabezón del pelo rojo, al verlos, pegó un bufido digno de búfalo descontento, chafado otra vez porque se le habían anticipado, impidiéndole hacer realidad su deseo de llevar a buen término el recado del médico. 
     Ya don Abundio había entrado en casa de la accidentada cuando llegó don Filiberto, cubierto con su tricornio acharolado, que, cruzando el patio de la casa, alzando los brazos, atusándose a intermitencias los grandes bigotes negros con punta hacia arriba, se dispuso a frenar la avalancha de curiosos que pugnaban por entrar en casa de la malherida. Con un ligero ademán de la cabeza mandó al cabezón pelirrojo en busca de refuerzos, saliendo el zagal otra vez a la plaza, y de nuevo palmoteó el agua del pilón de la fuente, y repitiendo sus movimientos emprendió la carrera calle abajo, aún más contento si cabe porque ahora era mayor la autoridad de quien le había dado el recado. Mas como el diablo es algo guasón, volvió a tomar el pelo al pelirrojo de la cabeza de buque, y no bien había acabado de girar a la derecha, al final de la calle Mayor, en pos de  la  plazoleta  del  Horno ––sabe  Dios  de  donde  le vendría el nombre a la plazoleta–– cuando avistó, para su desdicha, a dos números, léase guardias, que subían por la calle del Tinte, otro intrincado nombre, algo atorados por haber dejado que el cabo marchara solo a ver qué pasaba.
––¡Josito, para dentro!, ––dijo don Federico como viera aparecer al chaval, escoltado por los dos guardias. 
––Pero, don Federico, si aún…, ––no hay peros que valgan, dijo el maestro alzando la voz, sin dejarle acabar la frase, señalando el aula donde habían entrado ya alumnas y alumnos, toda vez que don Federico había dado por terminado el azaroso recreo.
     Mientras tanto el fisgón apuntaba las incidencias que le parecían extrañas o novedosas, amparado por las sombras de un rincón del patio de la casa, al que una buganvilla de tonos mitad rojizos mitad violáceos daba color. A pesar de su esmero, se le escapó un detalle sin importancia, que no era otro que la presencia del gato de la señora Petronila, embebiéndose del discreto sol de la mañana, apoltronado sobre un recodo horizontal del tronco de la buganvilla, aunque en defensa del indagador, el color del gato lo hacía fácil de confundirse con las bellas hojas de la trepadora.
––¿Qué ha ocurrido aquí?, ––había preguntado con aires de jerarquía  a Nicolás, el alcalde, que salía de la casa acuciado por la necesidad de llevar las vacas a abrevar en la charca, oficio importante, pues de ello depende en parte la cosecha de leche de cada día. 
––La Petronila, que se ha caído de la escalera de la troje y dice don Abundio que tiene rota la cadera, ––le contestó la autoridad municipal.  
     El cabo no dijo nada; se limitó a saludar al alcalde llevándose la mano derecha a un lado de la cabeza, a la altura del tricornio. Luego, comprobando que la pareja de subalternos tenía controlada la situación, quitándose el tricornio, entró en la casa, y  guiado por los gritos que daba la pobre mujer, llegó a la habitación donde se encontraba postrada. El médico había terminado la exploración y se disponía a colocarle la pierna de manera adecuada, pero la señora Petronila se resistía, acuciada por el dolor, y no paraba de chillar.
––Ha sido el rojo, ese tiene la culpa, el rojo, el rojo.
––Calle y estese quieta, que no puedo entablillarle la pierna, mujer.
––Lo mato, cuando me ponga buena lo mato.
––Está usted como para matar a nadie, señora Petronila. ––El médico era muy considerado con sus pacientes, los conocía a todos de arriba abajo, y Petronila era de las más antiguas clientas del doctor por causa de la tensión alta y el azúcar, a los que, a base de pastillas, mantenía a raya, y no habían logrado acabar con la vieja a pesar de los muchos años que el carnet de identidad señalaba con impudicia.       
––Hágame un favor Filiberto ––dijo el médico al cabo en un lenguaje campechano escanciado, sin duda, en las partidas de dominó del club social, llamado casino con cierta burlona rimbombancia por los contertulios habituales–– llame usted al 112, que vengan a por la enferma. Dígales que tiene rota la cabeza del fémur de la pierna izquierda, y que habrá que llevarla al Hospital para que le pongan un clavo.
––Al instante, amigo Abundio, ––respondió el agente de la autoridad apartando a un lado el atestado que había estado escribiendo a vuela pluma a la par que el doctor atendía a la accidentada.
     En la plaza el circo iba apaciguándose; ya mayoría de los presentes, aburridos, habían emigrado en busca de mejores lugares de conversación. Nuestro hombre, el aprendiz de Sherlock Holmes, había salido a la calle disimuladamente, no fuera a ser que lo llamaran entrometido o fisgón, pensaba para sus adentros. En un momento de despiste de los guardias, que salieron tras los últimos vecinos que abandonaban el patio, se asomó, es un decir, a la antesala de la casa, al tiempo que la abuela echaba la culpa del percance al rojo.
     Quedó pensativo este intérprete de lo misterioso, repasando la lista de los paisanos dignos del apelativo de “rojo”. El buen hombre, ya casi tan viejo como la señora Petronila, se jactaba de haber sido militante de Izquierda Republicana. Tan esplendorosa incidencia debió ocurrirle en su más tierna infancia, y quizás, y esto es lo más verosímil, fueran su padre o su abuelo los militantes de tan enjundioso partido. Como se podrá deducir de sus sospechas, ideas políticas de tan alta alcurnia, si alguna vez las tuvo, le habían abandonado sumidas en la atarjea de la indiferencia que los años traen.  
     Pues lo dicho, que en su lista había escasos vecinos a los que pudiera seguirse llamando con el apelativo de rojos. Fue escribiendo sus nombres, uno por uno, en las primeras páginas de una libretilla que se había agenciado como instrumento de su investigación. Había en cada página enjundiosas razones, de mucho peso sin duda, para señalar con el dedo acusatorio a aquellos sujetos, culpable alguno de ellos de la hazaña de hacer que la vieja cayera por la escalera del sobrado.
     Mas como los susodichos no han sido ni tan siquiera citados o enumerados, vamos a la tarea: el primero don Federico, el maestro, que enseña a los alumnos toda una serie de historietas sobre los beneficios de la tal “democracia”, vaya usted a saber qué es semejante palabra, con qué embustes embaucará a los pobres niños ese ateo desvergonzado; el segundo el cura, que mucha bendición y muchas oraciones, pero desde el púlpito siempre anda diciendo que  hay que olvidar la guerra de una vez por todas, que no la ganó nadie, que la perdimos todos, y cosas por el estilo; el tercero el alcalde, Nicolás, que no hace otra cosa que subir los impuestos para reparar las calles y dar trabajo a los parados y eso no puede ocurrírsele a nadie que no sea rojo de pies a cabeza; el cuarto y último…bueno…para el cuarto puesto no tenía candidato, así que la cuarta página quedó de un blanco inmaculado. 
     Pasaban por la calle las humildes bestias camino del pastoreo en la dehesa.  Algunos hombres entraron en la casa y por su vestimenta el fisgón dedujo que eran del servicio de Urgencias, aunque tampoco hacía falta ser muy espabilado, pues además eran portadores de una camilla.
––Pepito, ha sido Pepito, el rojo, el rojo, ––gritaba con desesperación la abuela, levantando la cabeza de la camilla, dificultando a los camilleros en su labor.
––Tranquila, señora, tranquila, ––intentaba convencerla una joven que llevaba en la espalda de la chaqueta estampada la palabra “Médico”. 
     La plaza del Pilón aparecía ahora vacía, aunque ya los tibios rayos otoñales, asomados a contemplar el agua juguetona de la fuente del pilón, hacían saltar de la acuosa superficie reflejos iridiscentes. Algunas ventanas de las casas que componían la plaza en forma de rectángulo dejaban asomar su interior a través de visillos entreabiertos por manos y ojos escrutadores, figuras vigilantes desde posiciones estratégicas, difuminadas en el profundo paisaje interior de las estancias. Mientras, la señora Petronila, pasajera de la ambulancia y de la despedida, dejaba en el pueblo, donde había dilapidado toda su vida, un rastrojo de indiferencia. A cuestas con su herencia de olvido, caminaba hacia lugares indefinidos de blancas e impolutas paredes, olores incontaminados y silencios impenetrables. Su amiga Consuelo, gemela de edad y calamidades, ya que no de sangre, dejó que las lágrimas impregnaran su pañuelo, sabedora de que aquella podía ser una ruptura definitiva.
     Olvidadas ya las últimas casas, lejanas en la ventanilla trasera del vehículo, prados y huertas desfilaban en el adiós a Petronila, despejados unos, somnolientos los más, en la mañana de aquel otoño. En este pueblo por donde ahora pasamos, que queda a nuestra izquierda, vive Josefina, la hija de su difunta hermana mayor, casada con el boticario. Buena boda hizo, pensaba Petronila, acunada por algún melifluo espíritu inyectado por el bueno de don Abundio, olvidada ya su maltrecha pierna y abandonada al destino de lo incierto.
     Despierta de su letargo preguntó al enfermero por la tensión que tenía, al ver que acababa de tomársela. Satisfecha de las cifras que el joven le dijo, se dejó mecer de nuevo por los recuerdos que le fluían con inusitada facilidad, y al pasar por el pueblo de cuyo nombre no había querido acordarse en setenta años, estalló de pronto la vívida imagen de un baile al que acudió en las fiestas del lugar, con su amiga Consuelo, y de los ojillos juguetones y temblorosos de un primo de Consuelo, por nombre Elías, que no la dejó ni a sol ni a sombra en todo el baile. Aquel amago de noviazgo fue cortado por lo sano; ella había sido designada por la familia, al ser la menor de las hermanas, para atender a los padres en la vejez, o sea, que se había quedado para vestir santos, soltera desde la cuna.
     Ahora la ambulancia dejaba atrás el pueblo, como Petronila abandonaba a su enrejado amor, envuelto en la bruma de la distancia, aquella que mediaba entre ese aciago día y aquel otro en que acompañó a su amiga Consuelo al entierro del querido primo. Para entonces ya hacía muchos años que Petronila era dueña de sus silencios y había sido deseo suyo, compartido por la amiga, privilegiada conocedora de aquel imposible amor, acudir al entierro del abuelo, que abuelo era de varios nietos, pensando que aquel muerto y su familia podían ser su muerto y su propia familia.
     Para pasar desapercibida en tan solemne ocasión, decidió vestirse al estilo carnavalesco, al que era muy aficionada, o sea, de hombre, cosa que se le daba tan bien que por las Águedas siempre hacía el oficio de alcaldesa y más de un año había mandado al mismísimo alcalde en persona a tomar vientos. Acudió pues al baúl que su padre trajera a la casa con el ajuar cuando casó con su madre. En realidad era un simple cajón de madera tachonado y encuerado para darle más lustre, que estaba medio olvidado en un rincón de la habitación más oscura, una a la que se entraba desde la alcoba principal, y que no disponía ni de la más mínima ventana por donde pudiera entrar un leve resquicio de luz. En esas profundidades de habitación y de baúl guardaba la vieja Petronila un traje de pana negra, tan reluciente como debió estarlo el antiquísimo día en que se casaron sus progenitores. A la muerte del padre, los deudos habían pensado, a la hora de amortajarlo, que ese traje era excesivo en elegancia para presentarse ante las puertas de San Pedro, no fuera a ser que lo echaran por desconocerlo de tal guisa. Así que el padre vadeó la laguna estigia enfundado en otro traje más raído y pelado, quedando el de nupcias durmiendo el sueño de los justos.
     Pensaba Petronila en su otro novio, pues al ya relatado lo contaba como tal. Este segundo resultó ser un cincuentón que le hacía la corte cuando ya se había quedado sola. Pero la cosa no cuajó, seguramente porque aquel apolíneo sujeto debió pensar que la mujer no era buen partido y las citas primeras, tan cercanas, acabaron difuminándose poco a poco, hasta que Petronila cortó de golpe la relación dando un portazo a aquel chamarilero vendedor de ausencias.
     La ciudad cárdena casi negra se iniciaba amenazadora en sus calles ahítas de vehículos, el sonar amenazante de gritos y cláxones, la esencia misma del desenfreno. La ambulancia sorteó con su añadido ruido ensordecedor el vericueto serpenteante de calles alumbradas de semáforos y vomitó su carga a la entrada del Hospital, catapultados hacia el hall la paciente y sus acompañantes por el enérgico frenazo del joven aprendiz de fitipaldi. Celadores pareados trasladaron a nuestra buena Petronila al fondo de saco del Servicio de Urgencias cuando ya ella despertaba a trancas y barrancas de su sueño, inducido por alguna pócima administrada a tiempo parcial. Cuando abrió los ojos todo era blanco, las paredes, el techo, hasta el suelo, aunque éste no estaba al alcance de sus vacuos ojos, anegados del rugoso muérdago de una catarata antigua.
––Quieta señora; respire; no respire; dispara, ahora.
––¡Eh? ¿Qué dice?, ––clamaba la vieja, dura de oído más por prosapia antigua que por enfermedad presente.
––Que se esté quieta, abuela, la radiografía, abuela, que le estamos haciendo unas radiografías.
––Joder, está hecha añicos esa cadera, ––exclamó con cierta pompa el residente de Trauma, viendo las imágenes desde la cabina protegida contra la radiación.
––No es para tanto, con un clavo se arregla, aunque quede un poco coja; total, a su edad poco va a correr, ––contestó bondadosamente el médico adjunto al temerario residente de primer año.
    Un paraíso de ajetreo se formó al instante y en un abrir y cerrar de ojos quedó listo el quirófano. Petronila empezó a naufragar mientras una hendidura húmeda cuajaba sus párpados inundados de desasosiego. No tardó gran cosa en quedar  insertado un tornillo en el lugar adecuado para que la vieja Petronila pudiera sostenerse en pie, aunque aún debieran pasar unos días de levantado precoz, rehabilitación y esas menudencias de escasa monta, que deciden si el paciente volverá a valerse por sí mismo o quedará inútil de los remos para el resto de sus días.
     Quedó instalada la paciente en una habitación y dado que era de buena encarnadura no tardó en recobrar los colores perdidos en el avatar de la caída y en la posterior cruenta reparación. La bondad de la evolución se vislumbró en el mismo momento en que empezó a pedir comidas algo más contundentes que las sopillas de escasa monta con que era obsequiada cada día. Ya el domingo a mediodía se quejó de que el arroz que le ofrecían estaba carente de toda sustancia, y a ver qué había pasado con las rodajas de chorizo, que a un buen arroz no pueden faltarle unas hermosas rodajas de chorizo, dónde habían aprendido ellas a cocinar. La auxiliar le espetó que de cuándo acá el arroz lleva chorizo, inculta ella, desconocedora del sincretismo pucheril de las buenas viandas de nuestra amiga Petronila, audaz hasta decir basta en mezclas de altos vuelos, repletas de desfachatez delirante de colorido y aromas.
      El sabueso indagador convino consigo mismo que había que atar corto a la enferma para ver si había suerte y pudiera encontrar, a través de sus comentarios, algún resquicio por el que penetrar en el sancta sanctorum del indescifrable asunto que se traía entre manos. Por ello decidió hacerse pasar por familiar de la enferma y consiguió una tarjeta con la que taladrar cada tarde el impenetrable bunker que se montaba a la entrada del hospital con objeto de ahuyentar a los malignos visitantes, que no hacían otra cosa que molestar a los pacientes, pobrecitos, con lo deseosos que estaban la mayoría de ellos de que los dejaran en paz, y que los familiares se dejaran de zarandajas  y visitas. Las tardes que el investigador pasó acompañando a la vieja fueron pocas, a decir verdad, pues en menos de una semana había sido dada de alta ante la evidente mejoría sufrida.
     ¿Mis sobrinos y los hijos de mis sobrinos? ¡Hay, la juventud! No tienen para con nosotros, los viejos, otro recuerdo que el olvido. Algunos son tan osados que vienen a casa de año en año a darle un beso a este carcamal, cuando vuelven al pueblo en las fiestas del verano. Hay una, Soledad se llama, que hasta me trae unos bombones cuando me visita. Yo no le digo nada de lo del azúcar, ya se apaña luego la Consuelo de engullírselos todos; es muy glotona, sobre todo para los dulces: los bombones son su perdición. Una vez se pegó un atracón tan grande que estuvo a las puertas de la muerte. Bueno, a las puertas ya estamos las dos cada día, pero vaya, que dio un pasito para adelante. Ahora, con esto de la cadera, me da la sensación de que yo he dado cuatro o cinco, y lo malo es que no sé a cuantos pasos estaba del final.
    Este hombre que me pregunta se me parece un montón al Elías, pero ya hace años que lo enterramos, ¿no fue cuando me vestí de hombre, como en el antruejo? ¿Estaré delirando? Pero no, este hombre está aquí, delante de mí, y viene todos los días a verme. ¡Ay, ay, ay, mira que si es una tentación del diablo! A la vejez viruelas, yo que sé, ¿no será que a última hora estará esperándome la dicha que nunca tuve? Quizás para Petronila el amor desplegara sus alas al atardecer,  como el búho de Minerva.
––¿Qué  podemos  hacer  con  la  abuela?, en  su  casa  no  puede  valerse  por   sola, ––comentó el jefe del servicio de Traumatología al conocer que no tenía familiares directos.
––Hemos cursado una consulta a la asistente social para que le  busque una residencia, al menos por un tiempo, aunque ella clama por volver a su casa; es más pesada que una canción de trilla, ––comentó  el adjunto–– va a terminar demenciada.   
––Está bien, pues dadle el alta y que se la lleven cuanto antes.
    Llegados a la Residencia, acomodaron a nuestra buena mujer en el segundo piso, donde iban a parar los pacientes inválidos; el primero era para aquellos que aún podían bajar hasta la planta baja, arrastrándose con la ayuda de andadores y artilugios similares. No tardó Petronila en tomar conciencia de donde se había metido, o a donde la habían llevado, pues a fin de cuentas ella no quería saber nada de aquel lugar, y cuanto más pugnaba por escapar de allí, más entorpecía las cosas.
––¿Es que no me oís? Tengo mojado el pañal, cambiádmelo de una vez por todas.
––Petronila…Petronila, ya te he dicho que aún no te toca, que hace 2 horas que te lo cambié; tienes que esperar hasta después de la cena.
––¿Y voy a estar toda la tarde con el pañal mojado?, no tenéis consideración con los viejos, sois todas unas desalmadas.
––Es lo que toca Petro. No te queda otro remedio que aguantarte.
––¡Zorras, que sois unas zorras!
––Pero que lengua tienes, Petro, había que cortártela.
––Eres una hija de la gran puta, eso es lo que eres, y no hace falta que me digas que me he jugado la cena, no me importa si he perdido, me quedo más a gusto diciéndote las verdades que comiendo esa bazofia que llamáis sopa.
    Las conversaciones de Petronila con las auxiliares casi siempre eran del mismo tono y con la acompañante de habitación, doña Asunción, no había nada que hacer, pues estaba enferma de un mal de la cabeza y no daba pie con bola de las tonterías que decía, así que al segundo día de estancia en la residencia ya se había cansado Petronila de darle coba a la tal doña, que debía tener ese título porque era de las de pago, o sea que soltaba la guita cada mes, no como las pobretonas como Petronila, que estaban allí porque la Seguridad Social corría con los cargos, que eran menores, naturalmente, que los de las floreadas con el doña por delante del nombre.
     Las visitas del hombre de la gabardina se convirtieron en el único aliciente de Petronila y cada tarde esperaba con devoción a que el hombre aquel llegara y la sacara al jardín, sentada en una silla de ruedas que el investigador consiguió para ella, no sin antes dar la taba al director de la residencia varias tardes seguidas hasta que consiguió el vehículo aquel. Cuando la vieja estaba de buen humor, no siempre se encontraba de tal guisa, repasaba con el hombre los avatares del pueblo, porque él conocía a sus gentes tanto o más que ella: parecía un descolorido cartapacio que guardara en su interior el acontecer de todo un siglo. Esto a Petronila la desconcertaba un tanto, pues era incapaz de comprender cómo ese sujeto podía estar al tanto de los más íntimos mecanismos, engranajes y aceites que mantenían la maquinaria sin herrumbre para que el pueblo caminara sin caer un mes tras otro, un año tras otro, y eso cuando parecía que todos ellos, los vecinos, no hicieran otra cosa que dar golpes, cada cual por un costado y a su manera, para tumbar aquel ser trastabillante que era su bendito pueblo.
    Pero en lo más íntimo de su ser Petronila no guardaba otra cosa que la promesa que en sueños le diera su virgen ––la virgen de su pueblo, la más milagrosa de todas––, de que finalmente podría andar, valerse por sí sola, y huir de aquel antro donde la tenían secuestrada y atontada la mayor parte del día y desde luego la noche entera.  
    Empezó a dar los primeros pasos, titubeantes, con miedo a caerse y romperse hasta el alma, con harto dolor en la pierna dañada. Pero eso duró pocos días; cada vez fue teniendo más confianza en su fuerza y aún no llevaba un mes en aquella residencia cuando ya era capaz de dar unos pasos sin sujetarse al andador.
    Coincidiendo con la evidente mejoría, a Petronila las visitas del tipo de la gabardina empezaron a parecerle cada vez menos interesantes, incluso inoportunas. Se preguntaba qué diablos pintaba allí aquel sujeto, al que no conocía de nada y sin embargo él sabía de las vidas y milagros de todos los vecinos. Algo querrá. A mí no me interesa este tipo, le voy a dar puerta.
––Además tengo a Pepito, él es mi mejor compañía. No necesito a nadie y menos a este carcamal, que no sabe ponerse otra cosa que esa gabardina. ¿No se dará cuenta lo guarra que  la  lleva, toda  llena  de  manchas? Parece  que  no  se  la  hubieran  lavado  nunca, ––clamaba en voz alta Petronila en el jardín de la residencia, aprovechando que el hombre había ido al cuarto de baño.
––Tengo una tarea, me he empeñado en descubrir al autor del desaguisado y lo conseguiré, tarde o temprano, ––clamó para sus adentros el aprendiz de Sherlock Holmes, mientras evacuaba la vejiga; luego, parsimoniosamente, tiró de la cadena, emergiendo del desagüe un rumiar de albañales antiguos.
––Él no tuvo la culpa, fui yo sola; me caí como una tonta de la escalera; él sólo se cruzó cuando iba yo a dar un paso y se me enredó la falda, ––se lamentaba Petronila disculpando al cómplice de su caída. 
Aquel día el hombre se despidió de ella por algún tiempo, pues dijo que se iba de vacaciones unos días a la playa de Benidorm, ahora que no hay turistas y los hoteles están tirados de precio, en verano no se puede ir, está todo muy caro, pensaba decirle esta retahíla de vulgaridades a Petronila, y no queda muy claro si llegó a decírselas, pues por un lado ella atendía poco las razones de él, a la espera de no se sabe qué visita deslumbrante, y él repasaba sus apuntes queriendo en el último instante descubrir al autor del descalabro de la señora Petronila, sin reparar en la abuela, que aquella tarde se había negado a dar el paseo sin ayuda y se aferraba a su andador como el ahogado a un clavo ardiendo.
    A la salida de la residencia nuestro hombre pulsó el botón del semáforo y esperó la luz verde. Cruzaba tranquilamente hacia el otro lado de la calle cuando vio venir de frente, atravesando la calle como él, pero en sentido contrario, un gato de color rojizo. Entonces se le iluminó la trasnochada materia gris que deambulaba dentro de su cabeza y reaccionando con prontitud exclamó como en un susurro al pasar el gato a su lado: “Pepito”. Hete aquí que se obró el milagro: el felino paró un instante su acompasado andar y lo miró fijamente con sus ojos de cobre. Al hombre le corrió un relámpago de escalofrío por la espalda y cuando volvió a la realidad ya el gato había alcanzado el otro lado de la calle. Se quedó unos instantes observando cómo el animal se metía entre los barrotes de la verja, alcanzando el jardín de la Residencia con inusitada habilidad, trepando luego por el canalón hasta el alféizar de una ventana del segundo piso.
    En la noche, lejanos ya los proverbios del rey sabio, cuando se disponía a lavarse los dientes antes de meterse en la cama, entró en la habitación  y cogió la libreta. Tachó los nombres que había escrito en las tres primeras páginas, y en la cuarta, que se mantenía de un blanco impoluto, con la mejor de sus caligrafías, escribió: “Pepito, el gato rojo”. Luego se zambulló en la cama, bamboleado por el olor de la resina, y dejó que la memoria, poco a poco, se le fuera inundando de luciérnagas.

lunes, 29 de octubre de 2012

CABEZA DE CABRITO

En su paseo diario no había reparado nunca en aquella tienda. Él era un hombre de costumbres fijas, siempre se levantaba a la misma hora, a la hora señalada iniciaba el paseo y lo terminaba con igual precisión; sus pasos parecían marcados por el ritmo de un metrónomo. Transcurría su vida como un fluido que corre siempre igual; los días y las noches no eran diferentes unos de otros, ni los meses, ni las estaciones, ni incluso los años.

Ese día, aciago como más tarde se sabrá, bajaba por la Trinidad cuando ocurrió algo impensable: su cabeza, como atraída por una corriente magnética, dio un giro imprevisto, algo que no figuraba en absoluto en la secuencia genética de sus diarios movimientos. Entonces vio la carnicería. El cuerpo, al igual que un barco en la tormenta, se le fue escorando poco a poco hasta quedar encallado frente al escaparate. Allí yacían, situados en un primer plano casi cinematográfico, abundantes restos de carne de procedencia múltiple. Éstos eran los menudillos de una gallina, ésas las patas de un cerdo, aquéllas las criadillas de un novillo. Pero ninguna de las menudencias descritas le llamó la atención.

Encima de unas morcillas de color negruzco salpicado por algunos tonos blanquecinos de arroz, reposaba la cabeza de un cabrito. Un cartel rezaba:”Cabeza de cabrito, 1 euro”. Ahí, sí, ahí estaban sus ojos, posados sobre los ojos del cabrito, o mejor, de la cabeza del cabrito inerte que reposaba sobre las morcillas de arroz. Comprendió al instante que su vida había dado un giro copernicano, o sea, de ciento ochenta grados. Ya nada sería igual a partir de ese instante.

Quieto, casi inerte, hipnotizado en su propia mirada, tenía helados el pensamiento y la acción. Aquel hombre sin nombre jamás había traspasado aquella puerta, ni ninguna otra puerta de carnicería alguna. Pero una fuerza descomunal e ignota le empujaba hacia adentro y sin darse cuenta se encontró frente al carnicero, que le interrogaba con la mirada.

El espectáculo de aquellas carnes desnudas, de mil matices en torno a un solo color sanguinolento, le producían un asco que le llevaba casi al vómito. Se resistió no obstante como pudo y sacando fuerzas de flaqueza pidió la cabeza del cabrito. El carnicero la envolvió cuidadosamente en papel de estraza y luego la metió en una bolsa blanca de plástico. Pagó y flanqueó de nuevo la puerta llevando bajo el brazo la compra que acababa de adquirir. El carnicero se asomó a mirarle cómo marchaba con el trofeo recién conquistado, atónito ante los ojos de felicidad de aquel hombre al tomar posesión de semejante tesoro.

Iba tan absorto en sus pensamientos, en el hallazgo de la llave que le abría una nueva existencia, que no alcanzó a ver que varios chavales venían calle abajo hacia él, en carrera sobre sus bicicletas, al tiempo que los timbres de las mismas marcaban rítmicamente el tonillo de la canción de Freddy Mercury. Pegó un brinco en el instante final y cayó a un lado, escapándosele la cabeza recién comprada, que rodó unos metros por la acera.

Se levantó a duras penas y recogió el tesoro roto, comprimiendo como pudo los sesos que se escapaban por la calota, rota en la caída. Sintió entonces un golpe en su cabeza y un agudo dolor le invadió el cráneo, recorriendo cada neurona hasta instaurarse en la punta de cada dedo de ambos pies, que temblaban  en medio de un calor que le abrasaba, y volvía hacia arriba capturando la cabeza en un recorrido inverso al del dolor.

Ya en casa colocó la cabeza del cabrito sobre la encimera de la cocina y sentado en una silla, a escasa distancia, la contempló extasiado mientras su propia cabeza vagabundeaba por las peripecias del animal. Se vio como un chivo recién nacido, mamando de las ubres de la madre, luego crecía y crecía hasta ser un auténtico cabrito, un cabrito algo mayor de lo previsto –en sus sueños padreaba ya- y tal era el ensimismamiento del sueño que no se enteró de la llegada de su mujer hasta que ella, viéndolo de tal guisa, se interpuso entre el cabrito y él, interrumpiendo la beatífica visión del hombre. La reacción que tuvo fue inmediata y estentórea: dando voces sin concierto alguno, cogió la cabeza envuelta en el papel y salió corriendo en busca de un lugar tranquilo para seguir en la contemplación. Halló el lugar más adecuado en el cuarto de baño; se sentó sobre la taza del water y volvió al éxtasis, esta vez con la mil veces repetida cabeza en la mano derecha, en la más exquisita de las poses hamletianas.

La mujer estaba sorprendida, despistada, aterrorizada con la visión que acababa de contemplar. Se asomó al cuarto de baño abriendo la puerta discretamente y el espanto fue mayúsculo al ver la postal que se acaba de narrar. ¿Se habrá vuelto loco? Parece que le ha dado un flash al tiesto. La buena mujer no sabía cómo enfocar una situación tan nueva y sorprendente. Preparó la cena, huevos fritos y ensalada, repasando las posibilidades que se le ofrecían. Llamaré a mi hermana, aunque quizás no sea bueno que se entere. Puedo decírselo a sus compañeros de trabajo, pero claro, puede que se presenten aquí a ver qué pasa y esto se convierta en un remedo del cuento de Kafka  con su jefe visitándolo. Mejor llamo al médico de cabecera, aunque si me pregunta qué le pasa la verdad es que no sé qué voy a decirle. Andaba en estas disquisiciones cuando apareció el marido en la cocina, ya sin la cabeza del cabrito, como si nada hubiera ocurrido. Se sentó a la mesa, cenó la ensalada diciendo que no le apetecían los huevos fritos, y habló y comentó las incidencias del día con la parsimonia de siempre.

La mujer fue tranquilizándose poco a poco, y a la hora de irse a la cama ya se había olvidado del incidente. No tardó en caer en un suave y deleitable sopor, que de forma brusca se vio alterado; todo su cuerpo se puso en tensión y los pocos pelos que le quedaban después de una cara depilación con láser se le erizaron como escarpias. La causa no era otra que el comportamiento del bueno de su marido, aquel hombre meticuloso, sencillo, amable, estoico, intachable, aburrido hasta la náusea: el hombre, cual cabrito en celo, o mejor sería decir cabrón, intentaba montarla por detrás, a cuatro patas.  La mujer salió despavorida de la cama perseguida por el hombre, que berreaba echando espuma por la boca de Belcebú, componiendo ambos una estampa digna de una pintura negra de Goya. Ella se metió en el cuarto de la plancha y cerró por dentro. Con el oído pegado a la puerta pudo escuchar claramente el deambular del cabrón por el pasillo, dando brincos y emitiendo berridos inconfundibles.

La noche fue larga, pero finalmente pudo conciliar el sueño, más por puro cansancio que otra cosa, pues eran tantas las ideas que pasaban por su cabeza en oleadas, que en las primeras horas le resultó imposible ni tan siquiera dormitar un instante, pero cuando se dejaron de oír los pasos del chivo de su marido, en el silencio del  amanecer, cayó rendida. Horas más tarde le despertaron unos ruidos procedentes de la cocina. Haciendo de tripas corazón  abrió la puerta de la estancia en que se había escondido y se aventuró poco a poco pasillo adelante. Al entreabrir la puerta de la cocina y contemplar a su marido quedó aterrorizada: allí estaba desayunándose unas lechugas, con tal cara de fruición que más parecía que el manjar fuera caviar iraní. No pudiendo soportar la visión corrió de nuevo al escondite y esperó a oír cerrar la puerta de la calle. Cuando se sintió sola volvió a la cocina, esta vez adentrándose en ella, y por más que rebuscó e indagó todo estaba en su sitio, colocado con la exquisita sutileza con que el hombre trataba las cosas.

Revolvió toda la casa minuciosamente. Altillos que hacía años que no se desfondaban, quedaron al desnudo; armarios y más armarios fueron despojados de sus ropas y naftalinas; cajones de cómodas, cajones de los bajos de los armarios, cajones de todo tipo en fin, fueron vaciados. Pero nada, no hubo manera de encontrar el objeto buscado, la cabeza no aparecía por ninguna parte. ¿La habrá llevado a la oficina metida en la cartera? ¡Como puede haber tenido semejante ocurrencia! Corrió a la cocina indagando en cada palmo de suelo el rastro de la sospecha, la gota de sangre u otro humor que diera la pista exacta, pero no encontró nada. Mas de pronto una idea mágica la hizo dar un salto de alegría, como si hubiera descubierto algo importante, y abrió la puerta de la casa precipitadamente. Aquella mujer ya nada joven, con unas cuantas arrugas surcándole la frente, de ojos diminutos y miopes corregidos con lentillas no tan invisibles, aquella mujer, efectivamente, había descubierto justo al borde del ascensor una gota roja, casi coagulada, delatora del camino que habían tomado sujeto y objeto.

Se sentó a desayunar tranquilamente mientras en el cuarto de baño el agua sonaba cantarina llenando la bañera con parsimonia. Se metió en aquella agua purificadora envuelta en sales saludables y relajantes y perdió unos minutos en la contemplación de su cuerpo, algo que no hacía desde tiempos inmemorables. ¿Qué tendrá este cuerpo que pueda atraer a un cabrito, a un chivo, a un cabrón?, se preguntaba a sí misma, sonriendo tontamente, a la par que se solazaba con verdadera concupiscencia. Es bueno o es malo que este ser anodino y bobalicón que tengo por marido se entere de que existo, que tengo cuerpo, que vivo. No era interrogación, tampoco afirmaba, lo era ambas cosas y ninguna a la vez. Pero esto no puede ser, proseguía en sus soliloquios, no puedo convivir con un animal en casa, y menos si para colmo quiere poseerme con tal fiereza. Con tales disquisiciones matutinas andaba aquel señalado día.

Despierta, relajada y limpia, cogió el bolso, metió las llaves en el fondo del mismo después de cerrar la puerta con dos vueltas, y marchó a la tienda que tenía en la calle del Sol, una especie de mercería especializada recientemente en toda clase de ropa íntima que una mujer puede desear. Vendió en la mañana todas las prendas que se propuso, estando especialmente habilidosa en los comentarios a las clientas. La trampa estaba en su imaginación: se veía ella misma con cada sujetador, cada braguita, cada corsé, paseando y contoneándose ante el chivo de su marido. A medida que avanzaba la mañana  fue ampliándosele la sonrisa y cuando llegó a casa descargó en una solemne carcajada. Había compuesto la estrategia definitiva para solucionar el caso.

El marido llegó puntualmente, con la cartera bajo el brazo, amparándola como si llevara un tesoro para defenderlo de enemigos y ladrones. La mujer le sirvió una copa de vermouth, su bebida preferida. Él la miró extrañado, pero como el deseo de beberla era superior a sus reparos, cogió la copa y tomó el contenido de un solo trago. Fue a la habitación a cambiarse, siempre con la cartera bajo el brazo, y la mujer esperó unos minutos, hasta que cuando creyó que había hecho efecto el somnífero entró en la habitación contemplando a su hombre tumbado en la cama, dormido beatíficamente. Le arrebató la cartera de entre los brazos sin más contemplaciones, la abrió, sacó la cabeza de cabrito, que seguía envuelta en papel de estraza, la colocó en una bandeja de cristal y la metió en el horno. Manipuló los mandos, puso el artilugio a toda potencia y esperó a que estuviera asada la cabeza del cabrito. Cuando creyó concluida su labor sacó la cabeza del horno observando complacida que estaba perfectamente asada. Luego fue a la habitación y comprobó que el hombre yacía en la cama, aparentemente sin respirar, con la cara amoratada y los labios escarlata.

El salón estaba engalanado como en las mejores ocasiones, con la vajilla de plata, la porcelana inglesa y los cristales de bohemia. Como el caso lo merecía, la mujer había dispuesto todo adecuadamente. Se sentó con inefable expresión de felicidad y comió la cabeza pausadamente, deleitándose con cada bocado. Los sesos fueron la parte más suculenta, demorándose en ellos un buen rato. Cuando ya no quedaba de la cabeza del cabrito más que los huesos, se preparó un café que tuvo el atrevimiento de acompañar de una copa de ginebra Xoriguer, su marca favorita. Luego retiró todo, lavó los utensilios y volvió a colocar cada cosa en el correspondiente aparador.

A media tarde el médico acudió a su llamada. Oyó con verdadera expresión de autenticidad cuanto le relataba la esposa sobre las últimas horas del marido, y finalmente, con no disimulado ojo clínico pontificó: indudablemente se trata de la enfermedad de Creutzeldt-Jacob, sepa usted que se ha detectado algún caso de esta enfermedad, que es habitual de la vacas, también en cabras. ¡Es calcado del libro!, decía el galeno mesándose las barbas. Expidió el certificado de defunción y salió por donde había entrado, dejando a la mujer sola ante el muerto.

Hacía años que había dejado el tabaco, como casi siempre por sugerencia del marido, pero se permitió abrir un paquete de camel, aparecido como por encanto en el cajón de una librería; lo encendió y tras darle una calada profunda y lenta echó el humo con fuerza, apretando los labios, y dirigiéndolo hacia la cabeza del cabrito.

Cogió el teléfono, colocó a su lado una agenda repleta de números de familiares y amigos y se dispuso a comunicar a todos ellos tan funesta nueva.

martes, 25 de septiembre de 2012

EL HOMBRE DEL VIOLÍN (relato)


A Lola y su violín armenio

Aquella era una playa salvaje, de las que no necesitan el señuelo de una bandera azul. Una de esas playas diminutas que mecen sus arenas al vaivén de las olas del mar abierto. Si quieres la apacible somnolencia de un oleaje sofisticado y tórrido, no será playa de tu agrado. Si por el contrario esos trabajosos baños e insolaciones te parecen asunto aborrecible y prefieres vagar la mente contemplando los golpes del mar en su plenitud, o los pinos enanos que bajan a beber sus aguas salobre -desvencijados al socaire del viento de poniente-, entonces, sin duda alguna, esa playa te atraerá sin remedio hacia sus orillas con poderoso magnetismo.

Aquel día que no volveré a olvidar -hermanado con otro más cercano, pronto se sabrá el por qué-, me había levantado muy temprano, noche cerrada aún, para acercarme a contemplar el naciente sol, cuando se eleva sobre las aguas verdinegras hendidas de reflejos deslumbradores, en el silencio anunciador del nuevo día.

Aparqué el coche a cierta distancia, relamiéndome del festín para los sentidos que suponía el paseo entre plantas rastreras y ásteres, que luchaban por colonizar las dunas de la playa. A pesar de ser camino que recorro con frecuencia, algunas zarzas tuvieron la osadía de romper el hechizo rociándome los pies de arañazos.

Un silencio extraño temblaba en el ambiente, enredado entre los pinos y entrecortado por el susurrante oleaje casi dormido a tan temprana hora. Con los sentidos exacerbados, sentado sobre la arena húmeda, con todo el ímpetu de las pupilas en alerta, esperé el amanecer y algún otro acontecimiento que no acertaba a dilucidar.

El olor salino del mar empapaba las estancias invisibles y me sentía ahíto, engullido por las ocultas sensaciones que preceden al amanecer.

Pero no estaba solo.

¿Quién no ha notado alguna vez esa sensación indefinida de una presencia extraña antes de que se hiciera definitivamente visible? Desdeño explicar mis propias sensaciones por conocidas y sobre todo por incapacidad de expresarlas. En resumen: algo o alguien estaba allí.

No sentí miedo, soy escasamente propenso a él; pero sí una desazón que me enturbió la búsqueda de esa belleza especial del amanecer sobre el mar.

Recorría la playa, invisible aún, entornando mis ojos miopes, olvidando el hueco de levante por donde asoma el sol al despertar. Tibiamente, con una languidez sinuosa, el sol fue elevándose por encima del mar y las verdinegras profundidades fueron abriendo sus contornos hasta depositarse en la arena de la playa, que parecía estar desierta. Nada extraño se veía.

Me acerqué a la orilla y me refresqué con aquel agua fría, que escocía en la cara, restañando la piel. Como cada día, inicié un trotecillo por la línea errante que dibujan a la par arena y agua, procurando levantar un chapoteo de gotas y colores, como en uno de esos inolvidables juegos de la infancia.

Fue entonces cuando lo vi.

Venía andando desde el mar hacia la orilla. El agua le llegaba aún hasta la cintura, pero ya eran evidentes los andrajos que lo cubrían. Delgado, mediano de estatura, los ojos claros, el pelo rubio y una mirada ausente que se hundía en la nada; todo en él denotaba esa extraña presencia que yo delatara antes de verlo.

Parecía que nuestros respectivos caminos fueran a chocar irremediablemente. Entonces aminoré el paso hasta quedar varado a escasos metros del "náufrago", que tras sentarse sobre la arena mantuvo en sus ojos una ausencia indescifrable.

¿Está bien, necesita ayuda?, le pregunté, atreviéndome a asomarme al balcón de sus ojos azules. El hombre miró hacia el sol, quedando en el contraluz como una sombra de sí mismo. Llegó entonces una ráfaga de aire, teñido del aroma del rosal trepador de las tapias de una desvencijada fábrica abandonada. Pero ni el perfume de las rosas pudo romper la embrujada inestabilidad del momento.

Ante la certidumbre de su silencio abandoné el intento de entablar una conversación con él, regresando a mis asuntos. Pero ya el hechizo de la aurora había desaparecido y sólo quedaba allí la playa de siempre, aunque habitada ahora por un ser del todo desconcertante.

Mientras daba los paseos de rigor, de una punta a la otra, vigilaba con el rabillo del ojo al hombre, que había ido a sentarse en lo alto de la duna, allí donde los ásteres abandonan el intento de invasión; pero permanecía ajeno a todo lo que acontecía a su alrededor y mantenía fijos los ojos en la plenitud del mar.

Cuando terminé mi rutinario paseo y di por concluida la sesión matutina de playa, volví por el mismo camino que trajera una hora antes, evitando ahora los arbustos espinosos. Allí quedó el náufrago, que no hizo ademán alguno cuando, bordeando un poco la senda, pasé junto a él.

Abrí la puerta del coche y entré, pero entonces me invadió un desesperante deseo de ir a vigilar al hombre. Salí del coche y gateé duna arriba, hasta casi coronar el montículo de arena, y miré hacia donde había quedado sentado. Ya no estaba allí. Se había levantado y ahora permanecía en la orilla, otorgando al mar la profundidad de sus perdidos ojos. Volví sobre mis pasos y entré en el coche dispuesto a regresar a casa. Mientras pugnaba con el camino, cruzado de tablas, que lleva a la carretera, pensaba en tan insólita situación.

Pasé por el pueblo; el bar estaba abierto ya, dejando en el ambiente un aroma delicioso a café recién hecho. Al entrar en la rotonda, por un impulso desconocido, en lugar de acceder a la carretera principal di la vuelta completa, tomando de nuevo el camino hacia el pueblo. Aparqué el coche delante de la cafetería y entré en ella. Como todas las mañanas a esa misma hora, dos guardias municipales desayunaban tranquilamente, parapetados junto a la barra. Al verme entrar me saludaron cortésmente y siguieron aplicados al café con churros. Pedí otro tanto para mí, sobre todo para hacer tiempo mientras terminaban de desayunar los municipales, pues no era cosa de abordarlos allí mismo con mi historia.

Al rato, cuando salieron camino de la comisaría, los seguí discretamente, y cuando pensé que ya tendrían todo dispuesto y en orden para iniciar el nuevo día, entré, decidido a contarles mi historia y sobre todo en busca de ayuda para resolver el dilema.

No quisiera ahora relatar cómo me las arreglé para explicar a los sorprendidos guardias el comportamiento, anómalo a mi entender, del hombre aparecido en la playa. Dado que tenían alguna referencia sobre mí –yo pasaba por ser un tipo "normal"-, accedieron a acompañarme para observar a aquel extraño personaje. Monté en el asiento trasero de su todoterreno y salimos pitando hacia la playa. Me sorprendió, por desconocerlo, el atajo que siguieron, metiéndose de lleno en los marjales, pisoteando las ruedas a las malvarrosas asilvestradas que crecían deslumbrantes por todas partes. Aparcaron a cierta distancia, respetando los bordes de las dunas, y por un camino hecho de tablas, accedimos al lugar más elevado, desde el que se contemplaba la playa en todo su esplendor. Ya el sol caminaba alegremente hacia lo alto, aunque unas nubecillas plomizas se anunciaban por el poniente.

Allí estaba, no se había movido. Los guardias no parecieron ver nada extraño en él; si acaso las ropas deshilachadas que a duras penas cubrían su cuerpo. Descendimos sorteando los pinos, procurando hacer ruido para llamar la atención del aparecido, pero no surtió efecto.

Se le acercó uno de los guardias y le preguntó su nombre, sin obtener respuesta. Lo conminó a hablar bajo la amenaza de detenerlo y obtuvo el mismo éxito. Como me parecía que el poli llevaba el interrogatorio con brusquedad, me acerqué a ambos para intentar que todo acabara pacíficamente. A la vista de que no adelantábamos nada, lo tomaron ambos policías, cada uno por un brazo, sin hacer el vagabundo ningún intento de escaparse. Desandamos el camino y volvimos al coche. Uno de los policías se sentó con él en los asientos de atrás y yo me quedé de copiloto junto al conductor.

En la comisaría lo asaetearon a preguntas, pero las cosas no fueron mejor. Sugerí que podía tener una pérdida de memoria transitoria; les pareció razonable mi opinión,  y en consecuencia se decidió por unanimidad llevarlo al Centro de Salud para que lo examinara el médico, a ver si aportaba algún dato más, para saber a qué atenerse. El doctor lo examinó con toda la paciencia del mundo, no encontrando mal alguno aparente, salvo ese extraño comportamiento, como de alguien ajeno a todo lo que le rodea, ensimismado en su interior.

Los guardias decidieron hacer un atestado y remitirlo al juez, para que tomara una decisión al respecto. El hombre desconcertante se quedó con ellos; yo me fui a casa con cierta sensación de frustración, pero tampoco a mí se me ocurría la manera de solucionar aquel dilema.

Volví al día siguiente. El sujeto permanecía en el cuartelillo, a la espera de un oficio o comunicación judicial que decidiera la suerte de su desdicha. Repetí la visita dos días más hasta que supe que había sido enviado a una especie de Sanatorio para pacientes con enfermedades psiquiátricas. En cuanto conocí su destino, ni corto ni perezoso, dirigí los pasos hasta la institución.

No resultó fácil acceder al "enfermo" aunque finalmente el psiquiatra que llevaba "el caso" dio el visto bueno. Me llamó a su despacho, donde hube de repetir los hechos acaecidos la mañana del encuentro. Luego me preguntó por mi opinión, y no pasé de expresarle mi incapacidad para sugerir algo que no fuera distinto a una enfermedad de la memoria o trastorno de la personalidad. El psiquiatra dijo, con toda la razón del mundo, que mis teorías no resolvían la forma en que llegó o apareció en la playa. Yo callé, confundido ante tan  incuestionable réplica.

El pobre hombre fue sometido a mil y una pruebas, inocuas y no tanto, con la única respuesta de un silencio indescifrable. Comía lo que le ponían delante, aunque con frugalidad franciscana, y marchaba de un lado para otro siguiendo a sus guardianes.

En vista del fracaso con métodos agresivos, pasaron a una especie de terapia "conductual", consistente en darle más libertad, pudiendo pasear por el jardín de la institución. Estos nuevos propósitos no dieron con la solución: el hombre ausente, ausente se mantenía en medio de los lirios y las rosas. Un día de los muchos que acudí a visitarlo y pasear en silencio con él por el jardín, el doctor, asomado a una ventana, me hizo señas para que subiera a hablar con él.

Así lo hice.

El doctor, muy atento, me invitó a sentarme en un sillón. Me preguntó si había notado algún adelanto en la conducta del paciente, a lo que contesté que no, que seguía comportándose exactamente igual que el primer día. En efecto, mantenía una conducta de enajenado, pero seguía siendo dócil y hacía cuanto le pedían, salvo hablar o reaccionar con algún tipo de sentimiento.

Mire doctor, un vecino mío es autista y este hombre se comporta de forma parecida, me atreví a decirle. Puede ser, puede ser, contestó con escaso convencimiento. El caso es que quería hacerle una propuesta, me dijo. Y continuó: todo será poco para intentar que nuestro amigo mejore.

La verdad es que desde el primer día me sentí bastante responsable del hombre, quizás por haberlo encontrado, no lo sé, el caso es que no dudé un instante en mostrarme dispuesto a colaborar con el psiquiatra con vistas a intentar recuperar a nuestro hombre.

Verá usted, me dijo, el planteamiento consiste en alejarlo de vez en cuando de este ambiente para ver si adopta otra actitud, y he pensado que no puede haber mejor forma de afrontar la situación que llevárselo usted por ahí, de paseo, y si no se escapa, si no responde violentamente, si no hace nada extraño, entonces podremos pensar en algo más efectivo.

¿Qué podía hacer? No me quedaba otra alternativa que dar mi consentimiento a la propuesta del doctor. Nos pusimos manos a la obra para hacer una especie de guión a qué atenernos en las salidas controladas. Decidimos que la primera aventura tendría por objeto la playa, pero no al amanecer, sino en la tarde, coincidiendo con la hora del paseo en la clínica.

Lo llevé en mi coche, sentado al lado, en el asiento delantero, mientras dos celadores viajaban en los asientos de atrás. La verdad es que los forzudos estaban más nerviosos que yo, mientras que el hombre mantenía su eterna actitud indiferente. Al llegar al lugar ya conocido, aparqué y bajé, imitando él mi acción, sin esperar a que le dijera que bajase; los otros nos siguieron. Subimos por la duna hasta acceder a lo alto, desde donde se divisaba el pleno mar azul, limpio, sin una mancha. Los pinos vibraban de verde intenso. La arena estaba caliente, pero no quemaba los pies; más bien parecía una caricia. Le dije que se sentara y me obedeció. Miré al mar; él también tenía los ojos fijos en las olas que llegaban mansas a la paya, y parecían introducirse por sus pupilas hasta el pozo de su alma. Permanecimos un buen rato en esta coyuntura, con los celadores enriscados entre los pinos, a la espera de acontecimientos que no llegaron a producirse. Volvimos por donde habíamos llegado y tras dejar a nuestro hombre al cuidado de unas enfermeras, subí a dar el parte al doctor, al que no le causó extrañeza mi narración.

Pasaron unos días sin noticias del hombre, porque mis quehaceres me impidieron visitarlo, y no tenía otra forma de enterarme de ellas que la información que obtenía de enfermeras y celadores cuando iba a verlo. Pero finalmente encontré un hueco en mi trabajo para hacerle una visita. Era una tarde tan lluviosa que parecía que las nubes hubieran abierto sus compuertas para dejar que el agua se vertiera sobre el mundo en forma de catarata universal. Digo lo de universal a posteriori, porque en el telediario de la noche afirmaba el hombre del tiempo que el evento atmosférico había sido generalizado. Pensaba en la tarde -viendo caer la cortina de agua desde el porche de mi casa, en forma de un episodio de lo que hoy llaman gota fría, antaño sin nombre, mañana dios dirá como es llamado-, que el cielo se vengaba del desasosiego humano por la esterilidad lluviosa, con aquella desmesurada tromba.

Cuando acudí al psiquiátrico me llevaron a la sala grande, donde decenas de enfermos hacían corrillos con los celadores, mostrando los grupos sus respectivas ociosidades mentales. Pero el hombre de la playa estaba solo, sentado en una silla, con los brazos encogidos y las manos sobre el pecho, pareciendo meditar intensamente, aunque al aproximarme a él vi en sus ojos la misma ausencia de siempre. Pensé que quizás pudiese mantener esa barrera infranqueable con el resto del mundo mientras por los senderos casi infinitos de su cerebro pululara una muchedumbre de ideas y pensamientos. Dejé para otra ocasión esos retorcidos planteamientos, no fueran a anegarse en lodos movedizos en tarde tan lluviosa.

Naturalmente, nuestro omnipresente -que no omnisciente- doctor, apareció en escena, mientras el hombre de la playa y yo pugnábamos por hacernos invisibles. Saludó muy cortésmente a los presentes, es decir, que también a nuestro silencioso amigo le tendió la mano, y observé atónito que él se la apretaba y saludaba con una inclinación de cabeza, como cualquier mortal; eso sí, sin decir esta boca es mía. Nos sentamos los tres y el médico empezó a explicarnos –como si ambos dos estuviéramos en igualdad de condiciones- la próxima salida, que no sería a otro lugar que el parque del pueblo, donde multitud de niños y jóvenes juegan en columpios y otros artilugios, además de pedalear de un lado a otro con sus multicolores bicicletas. Dijo el doctor que quería pulsar la sensibilidad del hombre en un entorno de niños, por si esa vivencia le ayudaba a recordar algo con que salir de su mutismo exacerbado. En la noche estuve atento a las predicciones meteorológicas para el día siguiente, y como eran buenas, es decir, que anunciaban día soleado, pensé en acudir al encuentro de aquel hombre, pues el médico había conseguido, con su verbo fácil y envolvente, convencerme de la estupenda idea que había tenido sobre dónde acudir en la siguiente excursión.

En efecto, la tarde era la ideal para pasear: una temperatura algo mayor de los veinte grados, un solecillo otoñal disimulado y una brisa austera enmarcaban aquella tarde de paseo. Salimos los dos peregrinos, esta vez sin celadores que nos vigilaran –esa fue la condición que puse- y en un santiamén nos presentamos en el parque. Al principio paseamos arriba y abajo, a la sombra de unos pinos centenarios, inmensos, de redondas copas, parándonos de vez en cuando a contemplar el devaneo de las ardillas, bajando y subiendo por  los árboles, en busca de la comida que le ofrecían algunos niños. El hombre contemplaba la escena aunque no parecía anegarle ningún sentimiento, pero ya no eran sus ojos aquellos ahogados por la ausencia, que yo contemplara en la playa el primer día. Luego estuvimos largo rato contemplando cómo se columpiaban unos niños pequeños e incluso reaccionó -ante el lloro de uno de ellos porque el columpio se paraba al no animarlo nadie-, acercándose a columpiar al pequeño, que le respondió con una sonrisa. Cuando la tarde marcaba el límite con las cercanas sombras de la noche dimos por terminado el paseo. Las enfermeras estaban un poco revolucionadas por nuestra tardanza, porque creían que había ocurrido algún imprevisto. Se tranquilizaron al vernos llegar pacíficamente hermanados. Les conté someramente los avatares del paseo, y hubo hasta aplausos por lo que parecía una mejoría evidente del comportamiento de nuestro hombre. Como el doctor ya se había ido a su casa, dejé para otro día las explicaciones más sutiles, que tampoco eran tantas, en verdad, pues poco más que lo ya contado podía decirle al doctor.

Acudí al día siguiente, sin falta, al encuentro del doctor, que estaba asomado a la ventana, oteando el horizonte, a ver si yo aparecía. Vi en sus labios una amplia sonrisa cuando se percató de mi llegaba. Subí las escaleras de dos en dos, hasta el segundo piso, y al llegar al pasillo me di de bruces con el médico, que había salido de su despacho a recibirme. Me dio un abrazo de bienvenida y me invitó a sentarme en el sillón que ya conocía de otras veces. Le conté pormenorizadamente la excursión, ahondando cada entresijo, en respuesta a sus preguntas, y cuando pareció satisfecho me dijo: mire usted, creo que este hombre ha tenido algún trauma muy importante, y la respuesta a él ha sido ese estado en que se encuentra, incluida la pérdida de memoria y de sentimientos; consiguiendo que perciba sensaciones antiguas podremos devolverlo a la realidad y quizás nos ayude él mismo a descifrar el misterio que lo rodea. Salí satisfecho de la conversación, dispuesto, aún más si cabe, a conseguir que aquel hombre encontrara sus sentimientos extraviados.

Como no parecía correr prisa, más aún, el doctor era partidario de tomarse su tiempo, convinimos en dejar pasar un tiempo antes de someterlo a un nuevo empeño. Me dediqué durante unas semanas a mis tareas habituales y por la tarde, en nuestros paseos cotidianos, mi mujer y yo no perdíamos ocasión de acercarnos a las verjas del Hospital para buscar ansiosamente con la vista al hombre. Algunos días lo veíamos sentado en un banco, solo, hundido en su misterioso mundo, pero otros parecía seguir a la tropa de extraviados que iban de un lado para otro del jardín, tutelados por los celadores.

Pero llegó el día convenido para la nueva entrevista y ahí estaba yo, sentado una vez más en aquel sillón de color indescifrable, quizás pastel, desvencijado por el paso del tiempo, con los muelles ya rotos, y a pesar de ello portando un aire principesco en su forma rococó de madera antigua, lustrosa y negra.

He pensado mucho durante todos estos días, he consultado libros, hasta me ha quitado el sueño, decía el doctor en un monólogo que más parecía interior que una conversación conmigo. Lo dejé que se explayara, pues a fin de cuentas todos aquellos avatares que estaba padeciendo parecían calcados de los míos, transmitidos a la fuerza, también, a mi mujer, que estaba poseída de una misma desazón. Finalmente lo vi dispuesto a explicarme la estrategia a seguir. Convendrá conmigo en que algún recuerdo familiar debe haberle quedado; quizás podría despertarlo la visión de una casa cualquiera, la gente que en ella habita, los objetos que la pueblan, en fin, todas aquellas pequeñas cosas que constituyen nuestro mundo íntimo y habitual. El doctor se expresaba como los ángeles, no podría haberle llevado la contraria. Sus opiniones parecían exactas, y su necesidad de resolver el problema cada día más imperiosa.

Esta vez me invitó a un jerez, que acepté complacido. Sacó sendas copas de una especie de aparador o  bargueño, rojo y caoba, que había a un lado de la inmensa librería que llegaba hasta el techo. Parecía regocijarse escanciando la dorada bebida, mientras una dulce atmósfera aterciopelada inundaba la estancia. La parodia duró un rato, suficiente para charlas de nuestras cosas, mientras paladeábamos la exquisita bebida. El galeno se recreaba en el tempo que invertía en aquel lance, retardando y dibujando las formas de lo que había de ser el comienzo de su faena. Cuando hubo aplacado su ego, comenzó a relatarme los pasos a seguir para desenmascarar al hombre de la playa.

Siguiendo las instrucciones del médico, acudí unos días después de la entrevista, una mañana de fin de semana, a buscar a nuestro hombre. Lo habían vestido de punta en blanco, y endomingado de tal manera parecía un san Luis. Pero él no expresaba novedad alguna, y me acompañó hasta mi casa con la misma rutina que me había seguido al parque. Mi mujer ya estaba al tanto de la visita y había preparado una comida que ella pensaba podría gustarle, aunque por lo que me habían dicho en la clínica, comía lo que le ponían sin hacer ascos a nada, pero sin expresar una desmesurada afición por algún plato en concreto.

La comida resultó extraña, con un comensal de aspecto ausente, sin ser capaces los otros dos de hablar prácticamente nada. No mostró interés por ninguno de los platos, lo que supuso un pequeño fracaso para mi esposa, y también para mí, que había preparado una ensalada de naranjas y aceitunas negras sin conseguir que despertaran al menos sus papilas gustativas. Tampoco el besugo a la espalda, que se esmeró mi mujer en cocinar, logró nuestro objetivo. Cuando estábamos sentados en la sala de estar, en torno a los cafés, ella trajo unas trufas de castaña, que hace con una paciencia infinita. Aquí ocurrió un pequeño imprevisto: el hombre de la playa repitió en dos ocasiones, después de tomar la primera trufa, que le había ofrecido mi mujer. Nos quedamos mirando sin atrevernos a decir nada, aunque de ambos salían sonrisas delatoras, mientras observábamos con qué fruición comía las trufas nuestro hombre.

A media tarde Lola marchó a la habitación que tiene para ensayar con su violín, mientras nosotros quedábamos en el cuarto de estar jugando una partida de ajedrez: no lo he dicho, días atrás el doctor había descubierto que el hombre jugaba al ajedrez, y que además lo hacía muy bien. Le tocaron blancas e inició la apertura española, mientras yo planteaba una especie de defensa siciliana, en la variante del dragón, con las negras. Estábamos enzarzados intentando controlar nuestras posiciones en el tablero cuando Lola comenzó a tocar con su violín una gavota de la Suite para orquesta nº 3 en re de Bach. El hombre de la playa, al oír las primeras notas, perdió toda la atención que parecía tener en el tablero y se quedó de nuevo extasiado en su propio mundo, pero de pronto vi en él algo nuevo: sus ojos se anegaron de lágrimas. Un silencio impenetrable cubrió la estancia, surcado por las exquisitas sensaciones del sonido del violín, que se balanceaban, enlentecían, aupaban y volvían a adormecer, avivadas tan solo por su extremada belleza. El silencio definitivo desmoronó el templo. “Armenio”, dijo el hombre, y yo me quedé paralizado al oírlo hablar por primera vez. ¿Qué?, pregunté sin saber descifrar su palabra. “Armenio”, repitió como un autómata, para volver a su mundo de incandescencias disimuladas.

La tarde concluyó sin más altibajos, y regresé con el hombre a su guarida. Conté al doctor los pormenores, suficientes para poblar su mente con mil diversas teorías. La verdad la descifró Lola con sencillez meridiana. ¿Ha dicho “armenio” al oír el sonido del violín?: en efecto, este violín ha sido fabricado por una antigua familia de lutieres en las cercanías de Ereván. Corrí el siguiente día a contar al doctor la opinión de mi mujer. Calló, pensativo, y dijo que estaba maquinando un impacto definitivo para traer al hombre de la playa a nuestra realidad. Me marché a casa un poco desorientado, pues no me fiaba de las teorías y elucubraciones del galeno, que empezaba a hartarme con sus doctas opiniones, además de causarme cierta tirria por creerlo contrincante en la tarea común de revivir al hombre.

Estuve unas cuantas semanas sin aparecer por la clínica. Empezaba a sentirme algo cómplice del intento por desenmascarar a aquel hombre y no me parecía que tuviéramos derecho a ello. ¿Con qué permiso indagábamos en la mente de una persona que no se metía con nadie? Además, ¿qué ocurriría si descubríamos algo que no nos gustase, o peor aún, que no le gustase a aquel hombre, o que lo desequilibrara o lo hiciera ser otra persona, de comportamientos menos aceptables? Pero aquel jardín que rodeaba la clínica ejercía en su verdor una especie de imán que me atraía enormemente, y, como yo mismo había imaginado, caí en la tentación de asomar la cabeza por entre las rejas para ver a los internos.

Él me vio antes que yo a él, y cuando acerté a mirarlo, ya él fijaba sus ojos, atentos, en mí. Creí verle una sonrisa cuando comprendió que me dirigía a la puerta, para entrar a la clínica. Le tendí la mano y me la apretó. Esas fueron sus muestras de sentimiento, luego se hundió en su mundo de ausencias, en esa que parecía que era su habitual forma de ser. El médico no tardó un instante en aparecer. Se permitió el lujo de rebajarse acudiendo a mi encuentro. Yo estaba en el jardín, paseando con el hombre de la playa entre los setos de boj, hablándole de lo que había estado haciendo todos esos días de ausencia, a sabiendas de que no iba a encontrar respuesta. El doctor me saludó con extrema afabilidad, de lo que deduje que me iba a pedir algo más atrevido que en ocasiones anteriores. Cuando me contó sus intenciones, mejor dicho, las que yo debía ejercer, me sorprendió bastante, aunque resultaban tener mucha coherencia. Lo difícil era convencer a mi mujer para que participara en una nueva entrega de la recuperación de aquel hombre, esta vez también con su violín, y en la playa. ¿Cómo reaccionaría el hombre ante dos estímulos tan conocidos como el sonido del violín y la playa donde lo viera aparecer un año atrás?

Llegó el día señalado. Cuando nos levantamos aún era noche cerrada. Desayunamos un café con leche, como siempre, y salimos camino de la clínica. A la puerta nos estaban esperando ya el hombre y el doctor. Subieron al coche, ambos en los asientos de detrás, mientras Lola viajaba a mi lado, abrazada a su violín. Por el camino a la playa nadie habló. En la plena noche apenas se vislumbraba la maleza del camino, iluminada por los focos del vehículo. Aparcamos junto a la vieja fábrica. Subimos por la duna, vieja conocida también, cuidando que no nos hirieran las plantas rastreras que allí abundan. Al llegar a lo alto señalé al doctor el lugar donde encontraría el pinar, a nuestra derecha; desde aquel lugar tendría una visión completa de la playa cuando amaneciera.

Mientras él se afanaba trepando por la cuestecilla hasta los primeros pinos, el hombre y yo nos sentamos sobre la arena, siempre mirando al oriente, por donde el sol aún no se había mostrado en aquel amanecer tan distinto. Él no parecía mostrar ningún sentimiento. Me recordaba punto por punto su comportamiento de aquel lejano día en que lo viera por primera vez. La noche aún lo cubría todo y más que verse se adivinaban nuestras sombras. Unos metros atrás se había quedado ella, y en el silencio sólo avasallado por el batir de las olas, se adivinaban sus intentos por poner a punto el violín.

Y de pronto sonó la melodía, limpia, inesperadamente. Era un minueto de Boccherini, que en aquel instante previo al amanecer yo oí por primera vez. No la había visto ensayar aquella obra, que me sorprendió en el inusitado espacio que iba ensanchándose con el amanecer, mientras las notas viajaban imperceptiblemente por él en busca del mar.

Finalizó la melodía a la par que el sol iluminaba la playa, y las olas, poco a poco, tímidamente, se acercaban a la arena, acariciando nuestros pies. Parecía una liturgia abrumadora, irremediablemente llegada desde tiempos ancestrales, y el sortilegio del momento fluía por nosotros como una savia vegetal, retardando el final del amanecer.

Pero el doctor entró en escena bruscamente. Con sus voces, el contornear de brazos y los saltos de daba mientras bajaba desde los pinos -que ya eran totalmente visibles- hasta el lugar donde nos encontrábamos, acabó definitivamente con el hechizo de aquel amanecer tan distinto. Lo miré, extrañado, taladrando sus alocados ojos, preguntándole qué diablos le pasaba. ¡El hombre! ¡El hombre! Me respondía furioso. Miré a mi alrededor, también hacia lo alto de la duna, a la orilla del mar, incluso me atreví a sondear el oscuro verdor de las aguas, a sabiendas del desenlace, largo tiempo esperado.

Había desaparecido. El hombre de la playa se había esfumado como por encanto.

Nadie logró encontrar ni rastro de él.

Nunca.

 

No he vuelto a aquella playa, no quiero recuperar la imagen del hombre ausente, aunque nunca olvidaré aquella tarde en que vi sus ojos anegados por la lluvia de los recuerdos.