ROBERT CAPA Y OTROS
En el Círculo de Bellas Artes de Madrid, calle Alcalá 42, exposición bajo el nombre de La Maleta Mexicana. Se trata de una selección de los negativos aparecidos a mediados de los 90 en México, llevados en una maleta por alguno de los exiliados a ese país, tras la Guerra Civil española. Son fotografías de la contienda y del exilio hacia tierras francesas. Además de Capa pueden verse fotografías de Gerda Taro y de David Seymour "Chim". Es interesante tanto la historia de las propias fotografías como ellas mismas. Hasta septiembre.
lunes, 13 de agosto de 2012
jueves, 9 de agosto de 2012
MEISTERSTUCK (Relato)
Conocí a
Fernández una soleada mañana de invierno en que lo vi revolviendo entre un
montón de libros viejos en una librería que hay a mitad de camino entre San
Martín y la Catedral Nueva ,
en la calle de la Rúa ;
era un hombre entrado en años, de pelo cano, y una extraña expresión, como si
su mente vagara permanentemente por otros mundos y la búsqueda fuera algo
mecánico que no pasaba por las neuronas, empleadas en más altos menesteres.
Luego fue siempre así, y con toda probabilidad lo había sido con anterioridad.
A lo largo de los años en que tuve ocasión de trabar una discreta amistad con
él, siempre se mostró con ese aspecto algo alucinado, que no era sino una
engañosa pose que adoptaba en cuanto se cernía el menor peligro, eso que para
este hombre lo era todo: un viandante acercándose por la acera, otro
preguntando la hora, el vendedor de castañas en un rincón del Corrillo, y no
digamos el propio librero, que pasaba por ser su alter ego. A este librero le
tenía una especial veneración, y en lo más íntimo de su ser sentía una especie
de sana envidia hacia aquel hombre inmerso en la inmensidad del saber que, a su
parecer, proporcionaban todos aquellos viejos libros arremolinados sin
compostura en múltiples cajas abiertas hacia el cielo.
Había caído una
buena helada y para protegerse del frío portaba una enorme bufanda de color
granate, con flecos en ambos extremos, tan larga que daba varias vueltas en
torno a su cuello antes de caer libremente hasta la cintura.
Me dirigí a él,
primero con la mirada, apartando la suya
bruscamente, y luego con la palabra, consiguiendo como único botín transformar
su cara en un trozo de carne herida por algún venenoso dardo. ¿Busca usted
algún libro en concreto? Dudó un tiempo que parecía eterno, antes de contestar.
No, ojeo lo que ha entrado últimamente. Por lo que veo viene mucho por aquí.
Sí, casi todas las semanas, aunque me había descuidado un poco últimamente. Y
qué, ¿ha encontrado algo interesante? No, hasta ahora no; tengo ejemplares de
todos estos libros. Novelas, a lo que se ve. Sí, sobre todo me gusta la
narrativa. ¿Y escribir…también escribe? Debí acertar en el centro de la diana,
pues todo su cuerpo se tensó bruscamente, los ojos parecían echar fuego, y el
pelo blanco que poblaba su cabeza se le erizó, dándole un aspecto de
puercoespín literario.
Cuando
finalmente se rehizo, adoptando una postura mitad nobiliaria mitad novelesca,
respondió: ha dado en el clavo, caballero, es usted muy sagaz; estoy en trance
de escribir un libro. A buen seguro tendrá entonces tema o incluso guión del
mismo. Tras ello ando y ese es el motivo que me trae aquí, pues busco
inspiración en los libros, que son un pozo sin fondo al que acudo para saciar
la sed que me sofoca. ¿Es usted primerizo o tiene obra previa? Bueno, experiencia,
lo que se dice experiencia no tengo pues aún no he publicado nada; algún
intento he hecho, pero lo importante está por llegar. Dejé que el bueno de
Fernández siguiera vagabundeando por su deseado e inalcanzable mundo literario
contento yo también de mi propio hallazgo.
Pasó el tiempo,
las estaciones iban declinando sus olores y aromas en catarata destemplada o
remanso apacible, según los casos y humor de cada cual, en palabras de
Fernández. Pero allí, cada matinal del sábado, aquella librería de viejo se
convertía en un bálsamo que restañaba las heridas de la semana de ambos
contertulios. Deserté de las sesiones continuas del cine Taramona, a pesar de
que era un furibundo seguidor, para pasarme a las conversaciones con Fernández
al ver que eran de mucha mayor utilidad para mi intelecto, y no digamos, para
mi propia producción literaria.
El tal Fernández
había nacido en un pueblo mínimo, por la raya de Portugal, donde transcurrió su
primera infancia. Ya desde muy pequeño sus continuas preguntas a los mayores
sobre lo divino y lo humano llegaron a crear sobre él un aura de niño raro,
pedante y empalagoso. En efecto, no era como los demás niños que se pasaban las
horas jugando a la pelota o corriendo las calles, ni se le contaban cuentos, aunque
más de uno había caído en la trampa, cayendo sobre el pobre infeliz una
avalancha de preguntas impertinentes del tipo de ¿por qué Caperucita llevaba el
gorro de color rojo? Qué más da rojo que azul. No es igual, el rojo llama más
la atención, además ¿para qué se puso el lobo las gafas de la abuelita? Para
ver mejor. Pues yo creía que los animales no se ponían gafas nunca. ¡Este niños
es odioso, quitádmelo de delante, que me lo como crudo!
Como es fácil de
imaginar las pretensiones intelectuales del niño no cayeron en saco roto, dando
el maestro de primeras letras la voz de alerta, y tras consultar con el cura
colocó a nuestro amigo Fernández en el Seminario de Ciudad Rodrigo, como no
podía ser de otro modo en aquellos tiempos. Aprendió los primeros latines y
también el alfabeto griego, sin meterse en más zarandajas. Pero un buen día
tuvo la mala suerte de ser cogido in fraganti por el maestro de novicios. ¿Qué
hacen en la mesa esos papeles revueltos y sin compostura? Escribo un cuento.
Muy loable actitud, y ¿de qué trata? De la vida en el seminario. ¡Ah, ya me
hago a la idea! ¿Y tú crees que el Seminario, la casa donde profesan los
futuros sacerdotes, un lugar sagrado donde los haya, puede ser motivo de tan
profano asunto, puede dar pie a una bazofia de relato o cuento, o como quiera
que se llame? El Rector fue informado de inmediato y tomó una drástica, aunque
dolorosa decisión: poner de patitas en la calle al bueno de Fernández,
arrancando de sus manos el guión en ciernes, y vociferando: ¡Llevas la semilla
del diablo, muchacho; eres la cizaña que hay que arrancar de inmediato! Y así
fue.
Un claro día de
primavera, sábado como siempre, logré que me aceptara una invitación para tomar
el vermouth. Nos acercamos hasta el Edelweiss; él pidió un martini seco, yo un
campari. Mientras contemplábamos el ir y venir de las cigüeñas entre los altos
pináculos góticos de la catedral, me confesó que el colmo de la felicidad era
un vermut con su correspondiente aceituna española rellena de anchoa flotando
en el medio. No es mía la frase, se la oí a alguien importante, no recuerdo
quién. No creo que fuese totalmente cierto: la frase era suya, pero una vez más
usaba un recurso literario para expresar su opinión, aunque no valía la pena
llevarle la contraria, y menos intentar sacarlo del mundo propio que había
confeccionado a la medida de sus deseos.
Ese mismo día me
contó la huída a Madrid. No podía volver a su pueblo, soportar las miradas de
chanza de los paisanos, el enfado del cura, la tristeza del maestro. Tenía que buscarse la
vida como fuera. Recordó la existencia de un tío-abuelo, ferroviario de
profesión, que vivía por Francos Rodríguez. La memoria lo salvó, y haciendo de
tripas corazón, con los escasos dineros que había sustraído de las miradas
del preceptor, llegó a Madrid y preguntando
a unos y a otros dio con la calle. Luego la cosa resultó más fácil, pues empezó
con el lado que cae por Estrecho y llamando de casa en casa, al final localizó
a un tan Eufrasio, ferroviario jubilado, que vivía en uno de los primeros
números. Era una casa baja, con un pequeño patio que hacía las veces de corral,
donde los dueños criaban unas cuantas gallinas y conejos que servían de ayuda a
la maltrecha economía familiar.
Se colocó de
aprendiz en una zapatería de Cuatro Caminos, y a última hora de la tarde acudía
a una escuela nocturna que había a dos pasos de Maudes. Los días que pasé entre
los zapatos fueron los más alegres de mi vida; aunque estuviera con las manos
ocupadas mi mente vagaba libre por las páginas de los libros en que andaba
enfrascado. Iba y venía al trabajo y a las clases casi sin enterarme, absorto
en mi mundo y ajeno a la multitud cada vez más enfebrecida que llenaba las
calles del barrio.
Pero llegó la Guerra Civil y todo
cambió bruscamente. La alpargatería se cerró y Fernández, sin oficio ni
beneficio, no encontró mejor cosa que hacer que deambular por las calles desde
las primeras horas de la mañana hasta el anochecer. Cogió la querencia de la Ciudad Universitaria
y con la imprudencia de los pocos años, cada día fue acercándose más y más a la
línea del frente. Pasaba las horas embelesado en el ir y venir de los
milicianos, el trajín de los camilleros y las ambulancias y hasta el reparto
del pan y la comida entre los combatientes. No le asustaban los ruidos de los
disparos o las bombas, ni tan siquiera la sangre o los gritos de dolor de los
heridos. Llegó incluso a intentar afiliarse a la CNT , pero lo echaron con cajas destempladas al
ver que era poco más que un niño. Sin embargo la extraordinaria tozudez de que
hacía gala el rapaz tuvo su premio: más por quitárselo de encima que por otra
cosa lo mandaron a pegar pasquines por las calles de Madrid. Salía cada mañana
con sus carteles enrollados bajo el brazo, una brocha y un bote de cola,
sintiéndose el adalid de la
España libertaria. Pero un aciago día, cuando pegaba
tranquilamente los susodichos carteles en el barrio de Tetuán, alguien se
acercó por detrás tocándole en el hombro. ¿Qué haces tú pegando propaganda de
esos anarquistas de mierda? El tío ferroviario era del PCE y no le perdonó al
chaval aquel desatino. Lo llevó a empujones hasta la casa y de un puntapié lo
mandó al centro del gallinero. Estuvo metido en semejante guarida más de un
mes; le pasaban la comida una vez al día y no le dejaban salir ni tan siquiera
a hacer sus necesidades, por lo que no le quedó otro remedio que habilitar un
rincón del gallinero para tales menesteres. Salió del gallinero con las orejas
gachas pero jurándose a sí mismo cumplida venganza contra tan grande afrenta.
Inventó para sí mismo una historia en la que el tío-abuelo, controlador del
cambio de agujas en Vallecas, se equivocaba en la tarea haciendo que dos trenes
chocaran estrepitosamente, con el funesto resultado de un montón de muertos y
heridos. Pero al poco tiempo, pasadas las primeras bilis, dejó arrinconado el
relato por excesivo y sólo lo volvió a desempolvar el día que me lo contó.
Acabada la
guerra volvió a sus orígenes, estableciéndose en la capital de la provincia,
con la inestimable ayuda del cura del pueblo, con el que se había reconciliado a
través de numerosas cartas cruzadas entre ambos durante el exilio madrileño de
nuestro héroe. En lo más íntimo de su ser algo se revelaba por aceptar la ayuda
de la Iglesia. Yo ,
un anarquista convencido, no tengo perdón de Dios aceptando el enchufe de don
Mauricio. La realidad era sencilla: el pobre cura no hizo otra cosa que
colocarlo en una pequeña industria de cemento, donde se encargó de llevar la
contabilidad. Una vez más se sintió ofendido en sí mismo al cambiar las letras
por las ciencias. ¡Qué se le va a hacer, así es la vida, somos débiles! Y se
montó una batalla, literaria naturalmente, entre tropas de ambos bandos, el de
los literatos y el de los matemáticos, con resultado que no llegó a concluir,
por falta de decisión. El cuerpo me pide que ganen las letras porque es lo mío,
pero no voy a traicionar a las ciencias, pues ellas me dan de comer.
En la librería
siempre era bien recibido, tanto por su amabilidad como por ser un cliente
excepcional. A lo largo de su vida compró cientos y cientos de libros, todos en
aquel establecimiento de la Rúa. No
siempre eran viejos; llegaban algunos recién sacados de las cocinas literarias,
humeando aún, y venían precedidos, cómo no, de gran alharaca editorial. A
menudo despotricaba de esos libros nuevos. Me han engañado, otra vez he caído
como un ignorante. Pero tropezaba una y otra vez en la misma piedra cuando la
ocasión era propicia, víctima de su propia gula, necesitado de una resurrección
literaria que no llegaba nunca. A medida que iba cumpliendo años, esos otros
mundos, ese gozo por la belleza de las palabras, todo iba disipándose, y ya no
veía nada que no fuera la necesidad del relato, ese relato que se obstinaba en
no existir.
Se convirtió en
un experto de la novela del siglo XIX y veía en los autores rusos o los
franceses, e incluso en algún español, una muy probable fuente en la que saciar
su sed. ¿Y por qué no escribió usted sus vivencias de la guerra? Al fin y al
cabo don Benito podría haberle servido de modelo. No es de los peores, desde
luego, pero mire usted, mi vida ha sido anodina, y además mi parcialidad es
manifiesta en los menesteres que me propone, y si esto no fuera suficiente sepa
que hasta tiempos recientes se decía eufemísticamente que la guerra era un tema
poco conveniente al nuevo espíritu nacional de los españoles; usted es joven y
no sabe nada de todo eso.
La visión que
tenía de algunos autores clásicos era muy peculiar. Mire usted, ni Quevedo ni
Borges encontraron su obra, no tuvieron el tema que les llevara a la cumbre;
Cervantes sí lo tuvo, y ahí está, con la cabeza coronada de laurel y tan sólo
un libro que valga la pena. No había mujeres en su mundo literario, la
acrisolada misoginia contemplativa le impedía cualquier acercamiento a ellas.
Un día consintió en enseñarme su colección. Me llevó a la casa, que no era sino
una auténtica librería. Había dispuesto en la cocina a los autores más
antiguos. Era amplia, con una pequeña despensa con ventana que daba al patio.
Usaba esta despensa para guardar todos los utensilios: una sartén, un
desportillado puchero, una pequeña cazuela de barro, cuchara, tenedor y
cuchillo, esos eran sus exclusivos poderes. Entre ellos y con ellos revueltos
había montones de paquetes de judías, garbanzos, fideos y alguna botella de
aceite de orujo de oliva. El cuarto de estar, que a la vez era comedor, lo
ocupaban las obras del diecinueve: allí estaban Víctor Hugo y Clarín viajando
de la mano por el mundo de los muertos inmortales, y algunos personajes de
Tolstoi charlaban animosamente con el bello Dorian Grey. Como eran sus
favoritos los tenía a mano por si acaso. El siglo XX se apoyaba en las paredes
de su habitación y convivía con sus sueños en impenetrable tumulto. Sí, el
Ulises de Joyce me parece muy fuerte, y que quede entre nosotros, le confieso
que no he podido acabarlo, aunque lo he intentado varias veces. Durrell es mi
preferido: no hay nada como su cuarteto de Alejandría, es la cumbre de la
literatura de nuestro siglo. Tenía otras debilidades, aunque las guardaba con
celo desmedido en el herrumbroso ambiente del cuarto de baño. Una vez pude
confirmar mis sospechas, e indagué de refilón en los títulos. Había poesía de
Lorca y de Pessoa, estaba la innombrable Margerite Youncenar, y cómo no, las
obras completas de Shakespeare. Una cosa resultaba sorprendente: en el sancta sanctorum
no había nada de su amado siglo XIX. En fin, toda la casa exhalaba un espíritu
de desastre y desorganización que –conocedor de ello- negaba contundentemente.
Es un desorden organizado, conozco dónde está cada libro y si lo necesito lo
encuentro al instante.
Cuando le llegó la jubilación todo ese mundo
cronometrado y rígido que constituía su existencia se vino abajo. Ausentes las
matemáticas de su vida, fue cayendo inexorablemente por la pendiente lenta del
Alzheimer literario. Empezó a ver personajes donde sólo había sombras y
silencio. Pasaba el día discutiendo quién era mejor o peor literato. Como
Saramago no ha habido nada igual en el último tercio de siglo que acabamos de
dejar atrás, amigo mío. Muy superior a Cela sin duda: más imaginación, mucha
más magia en su narrativa. A quien tiene usted que leer es a Vila Matas, le
dije un fatídico día, cuando ya era un cadáver andante, pues como don Quijote,
hasta de comer se había olvidado. Fue como mentarle el diablo. En sus ojos conocí
que ya había leído el libro, e indudablemente se había visto reflejado en él.
Aquel hombre, portador del mal de la literatura –el Mal de Montano- que vagaba
por las páginas del malhadado libro era su sosias perfecto.
Un día me enteré
por la portera que Fernández había muerto. Por lo que supe la asistenta lo
encontró caído en el pasillo, junto a la escalera que usaba para el trajín de
los libros. Parece que había intentado trepar a lo más alto. Encontraron en el
suelo el famoso libro de Vila Matas, por lo que no me cabe ninguna duda de que
estaba intentando colocarlo en el lugar más inalcanzable de la casa. Cuando el
doctor rellenó el certificado de defunción le sugerí que pusiera como
enfermedad causal de la muerte el “Mal de Montano”, pero negó con la cabeza,
diciendo que no existía tal enfermedad en los libros médicos, al menos en los
suyos. Se limitó a señalar como supuesta causa un infarto al corazón, algo muy
socorrido en tales circunstancias.
En su testamento
privado, que no era otra cosa que una hoja donde había apuntado las últimas
voluntades, figuraba la donación de los libros al librero de toda la vida, que
ya no era el tal sino uno de los hijos que había heredado el negocio, de manera
que los libros realizaron un viaje literario de regreso a los estantes y cajas
de la vieja librería de la calle de la Rúa. Participé
de aquel viaje pues me pareció algo inenarrable y dichoso ver cómo los libros
eran devueltos a su origen primigenio. En cuanto a los dineros que había
ahorrado en tantos años de vida monástica, fueron a parar a unas monjitas por
las que sentía veneración debido a que le dieron la sopa boba un tiempo en que
pasó apuros económicos en su primera juventud. Me lo contó el albacea la noche
del funeral, a la salida de la iglesia. Yo le enseñé unos apuntes del relato
que estaba escribiendo sobre Fernández y él pareció interesarse mucho. A los
pocos días –sábado si mal no recuerdo- me encontró en la librería, hurgando en
los libros, que habían sufrido una auténtica avalancha con la llegada de la
donación de Fernández. Llevaba un pequeño bulto en el bolsillo de la chaqueta;
lo sacó con cuidado y me lo ofreció. Es para usted, del señor Fernández; dejó
su Montblanc Meisterstuck para que la diera a aquel que yo considerara autor de
un relato digno de ser firmado por esta pluma. Acepté el regaló y sin mucha
dilación terminé en relato aquel mismo día, acompañándolo de firma y rúbrica
propios de notario de alcurnia.
JUEGOS, ROBINJUDES Y CALORES (Opinión)
Esto de los juegos olímpicos está muy bien. No es el pan y circo -que dicen fue cosa de romanos- pero se le parece. No son las corridas de toros y los bailes regionales de Franco, con curiosa plétora de los mismos el 1 de mayo, pero también se le parecen. Es sorprendente encontrar a tu vecino del rellano, ese que odias encontrarte otras veces aunque sólo sea porque no sabes qué decirle ni a donde mirarle en el corto trayecto del ascensor, y ahora te parece hasta interesante. ¿Qué tal, amigo? ¿Cómo vamos de medallas? ¿Has visto el del taekuondo (Vete a saber cómo se escribe la palabrita)? ¡Vaya patada que le sacudió al contrincante en todos los morros! A eso se le llama ganar por narices. Bueno, ya se acabó el trayecto. A callar hasta la próxima.
Menos mal que por unos días hemos dejado a un lado la famosa prima, hija de nuestra tía Helga (la alemana), a la que ahora llamamos "prima de riesgo". Con lo fea que es la tía, me parece imposible que tenga riesgo alguno, como no sea que todo quisque eche a correr en cuanto asoma por el patio. Pero no te creas que se la encuentra en cualquier sitio, no hombre; es asidua en exclusiva del "mercado secundario", que no es el de la Boquería ni el de San Miguel, ni tan siquiera uno de Lavapiés. Al parece está en algún lugar invisible e intangible a los humanos, que son los que lo han inventado.
Y ahora repartimos lo de Carrefur y Mercadona al estido Robin Hood. Pero los otros super o hipermercados qué culpa tienen de no haber sido ellos los elegidos para el asalto, con lo que supone la publicidad por la jeta de unos minutos de telediario. A ver quien es el guapo que se acerca por esos lares -llámese Cádiz o Sevilla- y no va de visita a las tiendas asaltadas. En USA lo harían, desde luego; incluso puede que fomentaran una ruta turística a modo de Senda de los Contrabandistas, como la que hay en mi pueblo en homenaje a algunos de los más famosos, entre ellos el abuelo Pablo Lanchas.
Por lo que hace al calor, parece que es demasiado. A lo peor hasta se baten los records de antaño, que deben tener apuntados en su libreta azul los sabios de hogaño. Yo siempre vi -es un decir- que hacía calor en verano y frío en invierno. Pero ahora no es lo correcto: debe hacer frío en verano y calor en invierno. Es como aquello que decía Camacho de "si mi abuelo fuera mi abuela y mi abuela mi abuelo...". Pues eso, que cualquier día cambiamos las tornas, le echamos la culpa al Niño y en verano pasaremos frío -y lo llamaremos invierno- y en invierno soportaremos el calor -y lo llamaremos verano- y todos tan contentos.
En fin, que el mundo es como una tortilla de patatas...pero mal hecha. Hasta la vista.
Esta fotografía está tomada desde lo alto de la presa de Aldeadávila de la Ribera, en Salamanca. Estos parajes maravillosos son Las Arribes del Duero. Pueden verse a pie, con innumerables rutas de senderismo, o en barcos que salen de diversos lugares: Corporario (anejo de Aldeadávila), Vilvestre y Miranda do Douro. Hay un gran número de "miradores" desde los que contemplar el río Duero y los cantiles que lo escoltan. Vale la pena una escapada.
Menos mal que por unos días hemos dejado a un lado la famosa prima, hija de nuestra tía Helga (la alemana), a la que ahora llamamos "prima de riesgo". Con lo fea que es la tía, me parece imposible que tenga riesgo alguno, como no sea que todo quisque eche a correr en cuanto asoma por el patio. Pero no te creas que se la encuentra en cualquier sitio, no hombre; es asidua en exclusiva del "mercado secundario", que no es el de la Boquería ni el de San Miguel, ni tan siquiera uno de Lavapiés. Al parece está en algún lugar invisible e intangible a los humanos, que son los que lo han inventado.
Y ahora repartimos lo de Carrefur y Mercadona al estido Robin Hood. Pero los otros super o hipermercados qué culpa tienen de no haber sido ellos los elegidos para el asalto, con lo que supone la publicidad por la jeta de unos minutos de telediario. A ver quien es el guapo que se acerca por esos lares -llámese Cádiz o Sevilla- y no va de visita a las tiendas asaltadas. En USA lo harían, desde luego; incluso puede que fomentaran una ruta turística a modo de Senda de los Contrabandistas, como la que hay en mi pueblo en homenaje a algunos de los más famosos, entre ellos el abuelo Pablo Lanchas.
Por lo que hace al calor, parece que es demasiado. A lo peor hasta se baten los records de antaño, que deben tener apuntados en su libreta azul los sabios de hogaño. Yo siempre vi -es un decir- que hacía calor en verano y frío en invierno. Pero ahora no es lo correcto: debe hacer frío en verano y calor en invierno. Es como aquello que decía Camacho de "si mi abuelo fuera mi abuela y mi abuela mi abuelo...". Pues eso, que cualquier día cambiamos las tornas, le echamos la culpa al Niño y en verano pasaremos frío -y lo llamaremos invierno- y en invierno soportaremos el calor -y lo llamaremos verano- y todos tan contentos.
En fin, que el mundo es como una tortilla de patatas...pero mal hecha. Hasta la vista.
Esta fotografía está tomada desde lo alto de la presa de Aldeadávila de la Ribera, en Salamanca. Estos parajes maravillosos son Las Arribes del Duero. Pueden verse a pie, con innumerables rutas de senderismo, o en barcos que salen de diversos lugares: Corporario (anejo de Aldeadávila), Vilvestre y Miranda do Douro. Hay un gran número de "miradores" desde los que contemplar el río Duero y los cantiles que lo escoltan. Vale la pena una escapada.
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