lunes, 29 de octubre de 2012

CABEZA DE CABRITO

En su paseo diario no había reparado nunca en aquella tienda. Él era un hombre de costumbres fijas, siempre se levantaba a la misma hora, a la hora señalada iniciaba el paseo y lo terminaba con igual precisión; sus pasos parecían marcados por el ritmo de un metrónomo. Transcurría su vida como un fluido que corre siempre igual; los días y las noches no eran diferentes unos de otros, ni los meses, ni las estaciones, ni incluso los años.

Ese día, aciago como más tarde se sabrá, bajaba por la Trinidad cuando ocurrió algo impensable: su cabeza, como atraída por una corriente magnética, dio un giro imprevisto, algo que no figuraba en absoluto en la secuencia genética de sus diarios movimientos. Entonces vio la carnicería. El cuerpo, al igual que un barco en la tormenta, se le fue escorando poco a poco hasta quedar encallado frente al escaparate. Allí yacían, situados en un primer plano casi cinematográfico, abundantes restos de carne de procedencia múltiple. Éstos eran los menudillos de una gallina, ésas las patas de un cerdo, aquéllas las criadillas de un novillo. Pero ninguna de las menudencias descritas le llamó la atención.

Encima de unas morcillas de color negruzco salpicado por algunos tonos blanquecinos de arroz, reposaba la cabeza de un cabrito. Un cartel rezaba:”Cabeza de cabrito, 1 euro”. Ahí, sí, ahí estaban sus ojos, posados sobre los ojos del cabrito, o mejor, de la cabeza del cabrito inerte que reposaba sobre las morcillas de arroz. Comprendió al instante que su vida había dado un giro copernicano, o sea, de ciento ochenta grados. Ya nada sería igual a partir de ese instante.

Quieto, casi inerte, hipnotizado en su propia mirada, tenía helados el pensamiento y la acción. Aquel hombre sin nombre jamás había traspasado aquella puerta, ni ninguna otra puerta de carnicería alguna. Pero una fuerza descomunal e ignota le empujaba hacia adentro y sin darse cuenta se encontró frente al carnicero, que le interrogaba con la mirada.

El espectáculo de aquellas carnes desnudas, de mil matices en torno a un solo color sanguinolento, le producían un asco que le llevaba casi al vómito. Se resistió no obstante como pudo y sacando fuerzas de flaqueza pidió la cabeza del cabrito. El carnicero la envolvió cuidadosamente en papel de estraza y luego la metió en una bolsa blanca de plástico. Pagó y flanqueó de nuevo la puerta llevando bajo el brazo la compra que acababa de adquirir. El carnicero se asomó a mirarle cómo marchaba con el trofeo recién conquistado, atónito ante los ojos de felicidad de aquel hombre al tomar posesión de semejante tesoro.

Iba tan absorto en sus pensamientos, en el hallazgo de la llave que le abría una nueva existencia, que no alcanzó a ver que varios chavales venían calle abajo hacia él, en carrera sobre sus bicicletas, al tiempo que los timbres de las mismas marcaban rítmicamente el tonillo de la canción de Freddy Mercury. Pegó un brinco en el instante final y cayó a un lado, escapándosele la cabeza recién comprada, que rodó unos metros por la acera.

Se levantó a duras penas y recogió el tesoro roto, comprimiendo como pudo los sesos que se escapaban por la calota, rota en la caída. Sintió entonces un golpe en su cabeza y un agudo dolor le invadió el cráneo, recorriendo cada neurona hasta instaurarse en la punta de cada dedo de ambos pies, que temblaban  en medio de un calor que le abrasaba, y volvía hacia arriba capturando la cabeza en un recorrido inverso al del dolor.

Ya en casa colocó la cabeza del cabrito sobre la encimera de la cocina y sentado en una silla, a escasa distancia, la contempló extasiado mientras su propia cabeza vagabundeaba por las peripecias del animal. Se vio como un chivo recién nacido, mamando de las ubres de la madre, luego crecía y crecía hasta ser un auténtico cabrito, un cabrito algo mayor de lo previsto –en sus sueños padreaba ya- y tal era el ensimismamiento del sueño que no se enteró de la llegada de su mujer hasta que ella, viéndolo de tal guisa, se interpuso entre el cabrito y él, interrumpiendo la beatífica visión del hombre. La reacción que tuvo fue inmediata y estentórea: dando voces sin concierto alguno, cogió la cabeza envuelta en el papel y salió corriendo en busca de un lugar tranquilo para seguir en la contemplación. Halló el lugar más adecuado en el cuarto de baño; se sentó sobre la taza del water y volvió al éxtasis, esta vez con la mil veces repetida cabeza en la mano derecha, en la más exquisita de las poses hamletianas.

La mujer estaba sorprendida, despistada, aterrorizada con la visión que acababa de contemplar. Se asomó al cuarto de baño abriendo la puerta discretamente y el espanto fue mayúsculo al ver la postal que se acaba de narrar. ¿Se habrá vuelto loco? Parece que le ha dado un flash al tiesto. La buena mujer no sabía cómo enfocar una situación tan nueva y sorprendente. Preparó la cena, huevos fritos y ensalada, repasando las posibilidades que se le ofrecían. Llamaré a mi hermana, aunque quizás no sea bueno que se entere. Puedo decírselo a sus compañeros de trabajo, pero claro, puede que se presenten aquí a ver qué pasa y esto se convierta en un remedo del cuento de Kafka  con su jefe visitándolo. Mejor llamo al médico de cabecera, aunque si me pregunta qué le pasa la verdad es que no sé qué voy a decirle. Andaba en estas disquisiciones cuando apareció el marido en la cocina, ya sin la cabeza del cabrito, como si nada hubiera ocurrido. Se sentó a la mesa, cenó la ensalada diciendo que no le apetecían los huevos fritos, y habló y comentó las incidencias del día con la parsimonia de siempre.

La mujer fue tranquilizándose poco a poco, y a la hora de irse a la cama ya se había olvidado del incidente. No tardó en caer en un suave y deleitable sopor, que de forma brusca se vio alterado; todo su cuerpo se puso en tensión y los pocos pelos que le quedaban después de una cara depilación con láser se le erizaron como escarpias. La causa no era otra que el comportamiento del bueno de su marido, aquel hombre meticuloso, sencillo, amable, estoico, intachable, aburrido hasta la náusea: el hombre, cual cabrito en celo, o mejor sería decir cabrón, intentaba montarla por detrás, a cuatro patas.  La mujer salió despavorida de la cama perseguida por el hombre, que berreaba echando espuma por la boca de Belcebú, componiendo ambos una estampa digna de una pintura negra de Goya. Ella se metió en el cuarto de la plancha y cerró por dentro. Con el oído pegado a la puerta pudo escuchar claramente el deambular del cabrón por el pasillo, dando brincos y emitiendo berridos inconfundibles.

La noche fue larga, pero finalmente pudo conciliar el sueño, más por puro cansancio que otra cosa, pues eran tantas las ideas que pasaban por su cabeza en oleadas, que en las primeras horas le resultó imposible ni tan siquiera dormitar un instante, pero cuando se dejaron de oír los pasos del chivo de su marido, en el silencio del  amanecer, cayó rendida. Horas más tarde le despertaron unos ruidos procedentes de la cocina. Haciendo de tripas corazón  abrió la puerta de la estancia en que se había escondido y se aventuró poco a poco pasillo adelante. Al entreabrir la puerta de la cocina y contemplar a su marido quedó aterrorizada: allí estaba desayunándose unas lechugas, con tal cara de fruición que más parecía que el manjar fuera caviar iraní. No pudiendo soportar la visión corrió de nuevo al escondite y esperó a oír cerrar la puerta de la calle. Cuando se sintió sola volvió a la cocina, esta vez adentrándose en ella, y por más que rebuscó e indagó todo estaba en su sitio, colocado con la exquisita sutileza con que el hombre trataba las cosas.

Revolvió toda la casa minuciosamente. Altillos que hacía años que no se desfondaban, quedaron al desnudo; armarios y más armarios fueron despojados de sus ropas y naftalinas; cajones de cómodas, cajones de los bajos de los armarios, cajones de todo tipo en fin, fueron vaciados. Pero nada, no hubo manera de encontrar el objeto buscado, la cabeza no aparecía por ninguna parte. ¿La habrá llevado a la oficina metida en la cartera? ¡Como puede haber tenido semejante ocurrencia! Corrió a la cocina indagando en cada palmo de suelo el rastro de la sospecha, la gota de sangre u otro humor que diera la pista exacta, pero no encontró nada. Mas de pronto una idea mágica la hizo dar un salto de alegría, como si hubiera descubierto algo importante, y abrió la puerta de la casa precipitadamente. Aquella mujer ya nada joven, con unas cuantas arrugas surcándole la frente, de ojos diminutos y miopes corregidos con lentillas no tan invisibles, aquella mujer, efectivamente, había descubierto justo al borde del ascensor una gota roja, casi coagulada, delatora del camino que habían tomado sujeto y objeto.

Se sentó a desayunar tranquilamente mientras en el cuarto de baño el agua sonaba cantarina llenando la bañera con parsimonia. Se metió en aquella agua purificadora envuelta en sales saludables y relajantes y perdió unos minutos en la contemplación de su cuerpo, algo que no hacía desde tiempos inmemorables. ¿Qué tendrá este cuerpo que pueda atraer a un cabrito, a un chivo, a un cabrón?, se preguntaba a sí misma, sonriendo tontamente, a la par que se solazaba con verdadera concupiscencia. Es bueno o es malo que este ser anodino y bobalicón que tengo por marido se entere de que existo, que tengo cuerpo, que vivo. No era interrogación, tampoco afirmaba, lo era ambas cosas y ninguna a la vez. Pero esto no puede ser, proseguía en sus soliloquios, no puedo convivir con un animal en casa, y menos si para colmo quiere poseerme con tal fiereza. Con tales disquisiciones matutinas andaba aquel señalado día.

Despierta, relajada y limpia, cogió el bolso, metió las llaves en el fondo del mismo después de cerrar la puerta con dos vueltas, y marchó a la tienda que tenía en la calle del Sol, una especie de mercería especializada recientemente en toda clase de ropa íntima que una mujer puede desear. Vendió en la mañana todas las prendas que se propuso, estando especialmente habilidosa en los comentarios a las clientas. La trampa estaba en su imaginación: se veía ella misma con cada sujetador, cada braguita, cada corsé, paseando y contoneándose ante el chivo de su marido. A medida que avanzaba la mañana  fue ampliándosele la sonrisa y cuando llegó a casa descargó en una solemne carcajada. Había compuesto la estrategia definitiva para solucionar el caso.

El marido llegó puntualmente, con la cartera bajo el brazo, amparándola como si llevara un tesoro para defenderlo de enemigos y ladrones. La mujer le sirvió una copa de vermouth, su bebida preferida. Él la miró extrañado, pero como el deseo de beberla era superior a sus reparos, cogió la copa y tomó el contenido de un solo trago. Fue a la habitación a cambiarse, siempre con la cartera bajo el brazo, y la mujer esperó unos minutos, hasta que cuando creyó que había hecho efecto el somnífero entró en la habitación contemplando a su hombre tumbado en la cama, dormido beatíficamente. Le arrebató la cartera de entre los brazos sin más contemplaciones, la abrió, sacó la cabeza de cabrito, que seguía envuelta en papel de estraza, la colocó en una bandeja de cristal y la metió en el horno. Manipuló los mandos, puso el artilugio a toda potencia y esperó a que estuviera asada la cabeza del cabrito. Cuando creyó concluida su labor sacó la cabeza del horno observando complacida que estaba perfectamente asada. Luego fue a la habitación y comprobó que el hombre yacía en la cama, aparentemente sin respirar, con la cara amoratada y los labios escarlata.

El salón estaba engalanado como en las mejores ocasiones, con la vajilla de plata, la porcelana inglesa y los cristales de bohemia. Como el caso lo merecía, la mujer había dispuesto todo adecuadamente. Se sentó con inefable expresión de felicidad y comió la cabeza pausadamente, deleitándose con cada bocado. Los sesos fueron la parte más suculenta, demorándose en ellos un buen rato. Cuando ya no quedaba de la cabeza del cabrito más que los huesos, se preparó un café que tuvo el atrevimiento de acompañar de una copa de ginebra Xoriguer, su marca favorita. Luego retiró todo, lavó los utensilios y volvió a colocar cada cosa en el correspondiente aparador.

A media tarde el médico acudió a su llamada. Oyó con verdadera expresión de autenticidad cuanto le relataba la esposa sobre las últimas horas del marido, y finalmente, con no disimulado ojo clínico pontificó: indudablemente se trata de la enfermedad de Creutzeldt-Jacob, sepa usted que se ha detectado algún caso de esta enfermedad, que es habitual de la vacas, también en cabras. ¡Es calcado del libro!, decía el galeno mesándose las barbas. Expidió el certificado de defunción y salió por donde había entrado, dejando a la mujer sola ante el muerto.

Hacía años que había dejado el tabaco, como casi siempre por sugerencia del marido, pero se permitió abrir un paquete de camel, aparecido como por encanto en el cajón de una librería; lo encendió y tras darle una calada profunda y lenta echó el humo con fuerza, apretando los labios, y dirigiéndolo hacia la cabeza del cabrito.

Cogió el teléfono, colocó a su lado una agenda repleta de números de familiares y amigos y se dispuso a comunicar a todos ellos tan funesta nueva.