Ese día, aciago como más tarde se sabrá, bajaba por la Trinidad cuando ocurrió
algo impensable: su cabeza, como atraída por una corriente magnética, dio un
giro imprevisto, algo que no figuraba en absoluto en la secuencia genética de
sus diarios movimientos. Entonces vio la carnicería. El cuerpo, al igual que un
barco en la tormenta, se le fue escorando poco a poco hasta quedar encallado
frente al escaparate. Allí yacían, situados en un primer plano casi
cinematográfico, abundantes restos de carne de procedencia múltiple. Éstos eran
los menudillos de una gallina, ésas las patas de un cerdo, aquéllas las
criadillas de un novillo. Pero ninguna de las menudencias descritas le llamó la
atención.
Encima de unas morcillas de color negruzco salpicado
por algunos tonos blanquecinos de arroz, reposaba la cabeza de un cabrito. Un
cartel rezaba:”Cabeza de cabrito, 1 euro”. Ahí, sí, ahí estaban sus ojos,
posados sobre los ojos del cabrito, o mejor, de la cabeza del cabrito inerte
que reposaba sobre las morcillas de arroz. Comprendió al instante que su vida
había dado un giro copernicano, o sea, de ciento ochenta grados. Ya nada sería
igual a partir de ese instante.
Quieto, casi inerte, hipnotizado en su propia mirada,
tenía helados el pensamiento y la acción. Aquel hombre sin nombre jamás había
traspasado aquella puerta, ni ninguna otra puerta de carnicería alguna. Pero
una fuerza descomunal e ignota le empujaba hacia adentro y sin darse cuenta se
encontró frente al carnicero, que le interrogaba con la mirada.
El espectáculo de aquellas carnes desnudas, de mil
matices en torno a un solo color sanguinolento, le producían un asco que le
llevaba casi al vómito. Se resistió no obstante como pudo y sacando fuerzas de
flaqueza pidió la cabeza del cabrito. El carnicero la envolvió cuidadosamente
en papel de estraza y luego la metió en una bolsa blanca de plástico. Pagó y
flanqueó de nuevo la puerta llevando bajo el brazo la compra que acababa de
adquirir. El carnicero se asomó a mirarle cómo marchaba con el trofeo recién
conquistado, atónito ante los ojos de felicidad de aquel hombre al tomar
posesión de semejante tesoro.
Iba tan absorto en sus pensamientos, en el hallazgo de
la llave que le abría una nueva existencia, que no alcanzó a ver que varios
chavales venían calle abajo hacia él, en carrera sobre sus bicicletas, al
tiempo que los timbres de las mismas marcaban rítmicamente el tonillo de la
canción de Freddy Mercury. Pegó un brinco en el instante final y cayó a un
lado, escapándosele la cabeza recién comprada, que rodó unos metros por la
acera.
Se levantó a duras penas y recogió el tesoro roto,
comprimiendo como pudo los sesos que se escapaban por la calota, rota en la
caída. Sintió entonces un golpe en su cabeza y un agudo dolor le invadió el
cráneo, recorriendo cada neurona hasta instaurarse en la punta de cada dedo de
ambos pies, que temblaban en medio de un
calor que le abrasaba, y volvía hacia arriba capturando la cabeza en un
recorrido inverso al del dolor.
Ya en casa colocó la cabeza del cabrito sobre la
encimera de la cocina y sentado en una silla, a escasa distancia, la contempló
extasiado mientras su propia cabeza vagabundeaba por las peripecias del animal.
Se vio como un chivo recién nacido, mamando de las ubres de la madre, luego
crecía y crecía hasta ser un auténtico cabrito, un cabrito algo mayor de lo
previsto –en sus sueños padreaba ya- y tal era el ensimismamiento del sueño que
no se enteró de la llegada de su mujer hasta que ella, viéndolo de tal guisa,
se interpuso entre el cabrito y él, interrumpiendo la beatífica visión del
hombre. La reacción que tuvo fue inmediata y estentórea: dando voces sin
concierto alguno, cogió la cabeza envuelta en el papel y salió corriendo en
busca de un lugar tranquilo para seguir en la contemplación. Halló el lugar más
adecuado en el cuarto de baño; se sentó sobre la taza del water y volvió al
éxtasis, esta vez con la mil veces repetida cabeza en la mano derecha, en la
más exquisita de las poses hamletianas.
La mujer estaba sorprendida, despistada, aterrorizada
con la visión que acababa de contemplar. Se asomó al cuarto de baño abriendo la
puerta discretamente y el espanto fue mayúsculo al ver la postal que se acaba
de narrar. ¿Se habrá vuelto loco? Parece que le ha dado un flash al tiesto. La
buena mujer no sabía cómo enfocar una situación tan nueva y sorprendente.
Preparó la cena, huevos fritos y ensalada, repasando las posibilidades que se
le ofrecían. Llamaré a mi hermana, aunque quizás no sea bueno que se entere.
Puedo decírselo a sus compañeros de trabajo, pero claro, puede que se presenten
aquí a ver qué pasa y esto se convierta en un remedo del cuento de Kafka con su jefe visitándolo. Mejor llamo al
médico de cabecera, aunque si me pregunta qué le pasa la verdad es que no sé
qué voy a decirle. Andaba en estas disquisiciones cuando apareció el marido en
la cocina, ya sin la cabeza del cabrito, como si nada hubiera ocurrido. Se sentó
a la mesa, cenó la ensalada diciendo que no le apetecían los huevos fritos, y
habló y comentó las incidencias del día con la parsimonia de siempre.
La mujer fue tranquilizándose poco a poco, y a la hora
de irse a la cama ya se había olvidado del incidente. No tardó en caer en un
suave y deleitable sopor, que de forma brusca se vio alterado; todo su cuerpo
se puso en tensión y los pocos pelos que le quedaban después de una cara
depilación con láser se le erizaron como escarpias. La causa no era otra que el
comportamiento del bueno de su marido, aquel hombre meticuloso, sencillo,
amable, estoico, intachable, aburrido hasta la náusea: el hombre, cual cabrito
en celo, o mejor sería decir cabrón, intentaba montarla por detrás, a cuatro
patas. La mujer salió despavorida de la
cama perseguida por el hombre, que berreaba echando espuma por la boca de
Belcebú, componiendo ambos una estampa digna de una pintura negra de Goya. Ella
se metió en el cuarto de la plancha y cerró por dentro. Con el oído pegado a la
puerta pudo escuchar claramente el deambular del cabrón por el pasillo, dando
brincos y emitiendo berridos inconfundibles.
La noche fue larga, pero finalmente pudo conciliar el
sueño, más por puro cansancio que otra cosa, pues eran tantas las ideas que
pasaban por su cabeza en oleadas, que en las primeras horas le resultó
imposible ni tan siquiera dormitar un instante, pero cuando se dejaron de oír
los pasos del chivo de su marido, en el silencio del amanecer, cayó rendida. Horas más tarde le
despertaron unos ruidos procedentes de la cocina. Haciendo de tripas
corazón abrió la puerta de la estancia
en que se había escondido y se aventuró poco a poco pasillo adelante. Al
entreabrir la puerta de la cocina y contemplar a su marido quedó aterrorizada:
allí estaba desayunándose unas lechugas, con tal cara de fruición que más
parecía que el manjar fuera caviar iraní. No pudiendo soportar la visión corrió
de nuevo al escondite y esperó a oír cerrar la puerta de la calle. Cuando se
sintió sola volvió a la cocina, esta vez adentrándose en ella, y por más que
rebuscó e indagó todo estaba en su sitio, colocado con la exquisita sutileza
con que el hombre trataba las cosas.
Revolvió toda la casa minuciosamente. Altillos que
hacía años que no se desfondaban, quedaron al desnudo; armarios y más armarios
fueron despojados de sus ropas y naftalinas; cajones de cómodas, cajones de los
bajos de los armarios, cajones de todo tipo en fin, fueron vaciados. Pero nada,
no hubo manera de encontrar el objeto buscado, la cabeza no aparecía por
ninguna parte. ¿La habrá llevado a la oficina metida en la cartera? ¡Como puede
haber tenido semejante ocurrencia! Corrió a la cocina indagando en cada palmo
de suelo el rastro de la sospecha, la gota de sangre u otro humor que diera la
pista exacta, pero no encontró nada. Mas de pronto una idea mágica la hizo dar
un salto de alegría, como si hubiera descubierto algo importante, y abrió la
puerta de la casa precipitadamente. Aquella mujer ya nada joven, con unas
cuantas arrugas surcándole la frente, de ojos diminutos y miopes corregidos con
lentillas no tan invisibles, aquella mujer, efectivamente, había descubierto
justo al borde del ascensor una gota roja, casi coagulada, delatora del camino
que habían tomado sujeto y objeto.
Se sentó a desayunar tranquilamente mientras en el
cuarto de baño el agua sonaba cantarina llenando la bañera con parsimonia. Se
metió en aquella agua purificadora envuelta en sales saludables y relajantes y
perdió unos minutos en la contemplación de su cuerpo, algo que no hacía desde
tiempos inmemorables. ¿Qué tendrá este cuerpo que pueda atraer a un cabrito, a
un chivo, a un cabrón?, se preguntaba a sí misma, sonriendo tontamente, a la
par que se solazaba con verdadera concupiscencia. Es bueno o es malo que este
ser anodino y bobalicón que tengo por marido se entere de que existo, que tengo
cuerpo, que vivo. No era interrogación, tampoco afirmaba, lo era ambas cosas y
ninguna a la vez. Pero esto no puede ser, proseguía en sus soliloquios, no
puedo convivir con un animal en casa, y menos si para colmo quiere poseerme con
tal fiereza. Con tales disquisiciones matutinas andaba aquel señalado día.
Despierta, relajada y limpia, cogió el bolso, metió
las llaves en el fondo del mismo después de cerrar la puerta con dos vueltas, y
marchó a la tienda que tenía en la calle del Sol, una especie de mercería
especializada recientemente en toda clase de ropa íntima que una mujer puede
desear. Vendió en la mañana todas las prendas que se propuso, estando
especialmente habilidosa en los comentarios a las clientas. La trampa estaba en
su imaginación: se veía ella misma con cada sujetador, cada braguita, cada
corsé, paseando y contoneándose ante el chivo de su marido. A medida que
avanzaba la mañana fue ampliándosele la
sonrisa y cuando llegó a casa descargó en una solemne carcajada. Había
compuesto la estrategia definitiva para solucionar el caso.
El marido llegó puntualmente, con la cartera bajo el
brazo, amparándola como si llevara un tesoro para defenderlo de enemigos y
ladrones. La mujer le sirvió una copa de vermouth, su bebida preferida. Él la
miró extrañado, pero como el deseo de beberla era superior a sus reparos, cogió
la copa y tomó el contenido de un solo trago. Fue a la habitación a cambiarse,
siempre con la cartera bajo el brazo, y la mujer esperó unos minutos, hasta que
cuando creyó que había hecho efecto el somnífero entró en la habitación
contemplando a su hombre tumbado en la cama, dormido beatíficamente. Le
arrebató la cartera de entre los brazos sin más contemplaciones, la abrió, sacó
la cabeza de cabrito, que seguía envuelta en papel de estraza, la colocó en una
bandeja de cristal y la metió en el horno. Manipuló los mandos, puso el
artilugio a toda potencia y esperó a que estuviera asada la cabeza del cabrito.
Cuando creyó concluida su labor sacó la cabeza del horno observando complacida
que estaba perfectamente asada. Luego fue a la habitación y comprobó que el
hombre yacía en la cama, aparentemente sin respirar, con la cara amoratada y
los labios escarlata.
El salón estaba engalanado como en las mejores
ocasiones, con la vajilla de plata, la porcelana inglesa y los cristales de
bohemia. Como el caso lo merecía, la mujer había dispuesto todo adecuadamente.
Se sentó con inefable expresión de felicidad y comió la cabeza pausadamente, deleitándose
con cada bocado. Los sesos fueron la parte más suculenta, demorándose en ellos
un buen rato. Cuando ya no quedaba de la cabeza del cabrito más que los huesos,
se preparó un café que tuvo el atrevimiento de acompañar de una copa de ginebra
Xoriguer, su marca favorita. Luego retiró todo, lavó los utensilios y volvió a
colocar cada cosa en el correspondiente aparador.
A media tarde el médico acudió a su llamada. Oyó con
verdadera expresión de autenticidad cuanto le relataba la esposa sobre las
últimas horas del marido, y finalmente, con no disimulado ojo clínico
pontificó: indudablemente se trata de la enfermedad de Creutzeldt-Jacob, sepa
usted que se ha detectado algún caso de esta enfermedad, que es habitual de la
vacas, también en cabras. ¡Es calcado del libro!, decía el galeno mesándose las
barbas. Expidió el certificado de defunción y salió por donde había entrado,
dejando a la mujer sola ante el muerto.
Hacía años que había dejado el tabaco, como casi
siempre por sugerencia del marido, pero se permitió abrir un paquete de camel,
aparecido como por encanto en el cajón de una librería; lo encendió y tras
darle una calada profunda y lenta echó el humo con fuerza, apretando los
labios, y dirigiéndolo hacia la cabeza del cabrito.
Cogió el teléfono, colocó a su lado una agenda repleta
de números de familiares y amigos y se dispuso a comunicar a todos ellos tan
funesta nueva.